PDI revela el perfil del narcoadolescente chileno: escolarizados, distribuidores de drogas y edad promedio de 16 años

Un análisis de la policía civil estudió el detalle de 167 adolescentes detenidos por tráfico de drogas en los últimos cinco años. Sus roles dentro de las bandas, las motivaciones y la difícil rehabilitación son elementos que, por primera vez, salen a la luz.




El 27 de octubre de 2020, en horas de la tarde, la PDI ya contaba en su poder con la autorización judicial para allanar una residencia en la comuna de El Bosque. Según los antecedentes recopilados vía vigilancias y denuncias, se trataba de un centro de venta de drogas. A las 18.00 horas se concretó la diligencia y al interior de la casa encontraron al “encargado” de llevar adelante el negocio. Se trataba de un joven de 15 años de iniciales A. P. P., quien custodiaba 460 papelillos de pasta base de cocaína y tenía una escopeta calibre 20.

La aparición de adolescentes como un eslabón más de las bandas de narcotraficantes es algo que ha ido al alza en los últimos años y fue motivo de un estudio inédito por parte de la PDI: perfilar cómo son estos jóvenes y qué rol cumplen en estas organizaciones. Así, la Jefatura Nacional Antinarcóticos y Contra El Crimen Organizado de la policía civil analizó todos los operativos antidrogas realizados entre enero 2016 a diciembre 2020, que corresponden a 41.577 procedimientos con 36.174 detenidos, incautando 112.524 kilogramos de droga.

La primera conclusión es que “al analizar las características de los menores de edad detenidos por narcotráfico, un primer acercamiento a la muestra permite establecer que –durante el periodo en estudio– se detuvo a 167 adolescentes cuya edad fluctuaba entre los 14 y los 17 años, 11 meses, 29 días”.

El estudio, asimismo, arrojó que la mayoría de estos detenidos corresponde a hombres (77,2% vs. mujeres, un 22,7%), que promediaban los 16,4 años. El análisis, además, concluyó que la mayor parte estaba escolarizado. “Cabe hacer presente que un 55% de los adolescentes se encontraba estudiando al momento de su detención (matriculado en algún establecimiento educacional), situación académica que se replicó en el 63,2% de las mujeres (en comparación con el 52,7% de los hombres)”, señala el escrito.

Los roles dentro de la estructura criminal también salieron a la luz. “Se estableció que su participación se concentra en el microtráfico, en tanto un 81,4% de estos fue detenido bajo esa figura delictiva, en comparación con el 16,8% que fue detenido por tráfico. Con relación al rol de los adolescentes dentro de la organización criminal, se logró establecer que el 35,9% se encuentra abocado a tareas relacionadas con la distribución de la droga a terceros dedicados a la venta minorista, sin embargo, un 58% de los adolescentes no cuenta con un rol específico y/o definido dentro de la organización criminal, y su participación se limita al ejercicio de tareas secundarias o de acompañamiento”, señala el documento.

Añade que “se logró establecer que los adolescentes hombres se dedican mayoritariamente al microtráfico de cannabis sativa (41%), en tanto, las mujeres incurren –en un porcentaje similar (42,1%)– en tráfico de drogas mixto, esto es, cannabis sativa y clorhidrato de cocaína de manera conjunta”.

El análisis arroja que en los últimos años ha aumentado el porcentaje de menores de edad vinculados al delito de tráfico, versus los detenidos por microtráfico. Mientras que en 2020, del total de adolescentes arrestados por la Ley Antidrogas, existía un 82,84% indagado por microtráfico y otro 17,16% imputado por tráfico, las cifras de este año arrojan que el 70,72% fue detenido por tráfico en pequeñas cantidades, mientras que los aprehendidos por tráfico de drogas aumentaron al 29,28%.

¿Y cómo un niño se convierte en parte de una banda narco? El subprefecto Francisco Ceballos Espinoza, psicólogo forense de Estudios Avanzados de la PDI y autor del informe, explica que “los principales factores asociados al ingreso de los adolescentes al narcotráfico se relacionan con condiciones de orden cultural, como los lazos familiares, la búsqueda –bajos sus medios– de superación personal, la identificación con el grupo y las construcciones simbólicas que forman parte de una cultural barrial, lo que además les otorga un estatus derivado del acceso a bienes material básicos que son motivos de ostentación entre sus pares (ropa y zapatillas de lujo y accesorios de alta gama, desde lentes de sol hasta vehículos)”.

El detective añade que también “hemos visto que el narcotráfico se ha posicionado culturalmente entre este grupo etario, replicando elementos simbólicos y pautas de funcionamiento –en menor escala– como las que llevan adelante los grandes narcotraficantes, generando todo un estilo de vida, que se convierte en espacios de interacción y apropiación para los adolescentes”.

Marcelo Sánchez, gerente general de la Fundación San Carlos de Maipo y quien trabaja en ayuda de menores vulnerables, indica que “el narco crea un ambiente de reconocimiento que va fortaleciendo su búsqueda de identidad y la asimilación con ciertos signos simbólicos de poder, como la ropa de marca, la música, etc. El narco sustituye la imagen parental y se va transformando en un referente que le da un espacio en su organización delictiva, aprovechándose de su condición de inimputabilidad cuando son menores de 14 años”.

De acuerdo a Sánchez, el primer oficio que les entrega es el de “sapo”, que cumple labores de vigilancia del perímetro de influencia. Agrega que luego, cuando han hecho “carrera”, es decir, han participado en la comisión de algún delito menor como hurto, le proporcionan el “fierro”, que es un arma de bajo calibre y comienza a participar de delitos contra las personas. “Cuando adquiere notoriedad y confianza, su carrera puede terminar como guardaespaldas del narco o de su familia”, asegura.

¿Qué gana el narco con tener estos “aprendices” en sus filas? El subprefecto Ceballos cuenta que “el adolescente, en muchos, casos carece de una reflexión madura de lo que supone el consumo de drogas y la comisión de delitos, por tanto, ante esa carencia de herramientas puede verse empujado por el entorno subcultural a participar de este tipo de actividades ilícitas”. Añade que “son precisamente estas características las que presentan mayor utilidad al mundo narco, pues son más audaces y temerarios que lo esperable para sujetos en edad adulta”.

El difícil retorno

La tarea de rehabilitación y reinserción, en estos casos, no es fácil. Rosario Martínez, directora nacional del Sename, indica que “hemos estado estudiando programas basados en evidencia para abordar específicamente la temática de jóvenes y adolescentes que participan en bandas delictuales, esto con el objetivo de que sean implementados en el nuevo Servicio de Reinserción Social Juvenil (proyecto de ley que se encuentra en el Congreso)”. Asimismo, cuenta que en estos casos se suele trabajar con el Senda y el Ministerio de Salud, para dar apoyo en casos que exista consumo problemático de drogas.

Marcelo Sánchez, en tanto, cuenta que “la rehabilitación es compleja, porque operan múltiples variables, requiere de un entorno positivo y protector en la familia y la escuela. Tres de cada cuatro niños que delinquen desisten con una familia positiva que los apoye o reingresando al colegio. De allí que es fundamentar fortalecer la familia y el reingreso escolar cuando han iniciado carreras delictivas”.

Agrega que “siempre la mejor alternativa va a ser la prevención social temprana, modelos como Comunidades que se cuidan, de la Universidad de Washington, reducen 5 dólares por cada dólar invertido en el sistema por menor uso de hospitales y cárceles en niños”.

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