Subjetividades desacopladas

FOTO:SAMIR VIVEROS/AGENCIAUNO

Suponer que la rabia por la experiencia de una desigualdad material y de trato se moderará automáticamente con cambios de gabinete, con llamados públicos a abandonar la violencia o por el temor a una profundización de la crisis económica, parece ilusorio.


La biología nos ha enseñado que la realidad existe en tanto experiencia personal. Es decir, su veracidad dependerá de que todos percibamos un determinado fenómeno de la misma forma. El hecho de que vivimos en mundos inter subjetivos permite poner contexto a la disímil manera en que la elite política-tecnocrática ha venido entendiendo el país, por contraposición a como lo ha significado la gran mayoría de la población. Si bien hay matices, considero este desacople entre elite y ciudadanía como parte importante del origen y curso de la crisis social por la que atravesamos como país.

Indicios de ello hubo antes del estallido social, durante su desarrollo y, me temo, los seguirá habiendo, dificultando la convergencia de intereses entre elite y ciudadanía. Antes del 18 de octubre constatábamos que la gran mayoría de la población (73%) sentía que la desigualdad en el país había aumentado en los últimos treinta años. Ello mientras la elite política y empresarial seguía apegada al libreto de que “objetivamente” el Gini mostraba una tendencia a la baja. El punto es que, con bajo crecimiento, con el costo de la vida al alza y un horizonte paupérrimo en cuanto a pensiones, el Gini le da lo mismo a los agobiados. Y consecuentemente, la mirada retrospectiva sobre lo avanzado en relación a generaciones anteriores y a la propia vida pierde todo sentido al confrontarla con los abatimientos del presente y las incertidumbres personales sobre el futuro.

Por otra parte, el mantra de la elite en torno al valor del crecimiento económico como expresión de un consenso social hacía rato que venía siendo rebatida por amplios segmentos de la ciudadanía. No es que no se valore el crecimiento, es que hacía rato se había instalado la idea que éste era usado como apelación de campaña por políticos para conseguir votos y como excusa por los empresarios para negar beneficios u oponerse a proyectos como el de la jornada laboral de 40 horas.

En ese contexto es que para la gran mayoría de la población encuestada por Criteria en la encuesta mensual de abril de 2019, los más beneficiados cuando había crecimiento económico resultaban ser las personas más ricas del país o las de clase alta. Y, a la inversa, cuando el crecimiento resultaba bajo o negativo, las clases altas y adineradas no sufrían ningún efecto adverso como penosamente si le sucedía a la gran mayoría.

Observo indicios de que ese desacople en la percepción de la realidad entre la elite y la mayoría ciudadana parece haberse mantenido tras el estallido, dificultado el encuentro de subjetividades y el diálogo social. Uno de los puntos más complejos en este distanciamiento refiere al rol atribuido a la manifestación y, particularmente, a la violencia. Amplios sectores de la población siguen esperanzados frente a los resultados de las movilizaciones (66%). Además, muchos (49%) entienden -no necesariamente justifican- la violencia como un medio para hacerse escuchar. Sin embargo, las elites han pretendido negar la legitimidad de la rabia como expresión del malestar y agente movilizador de la protesta social. Peor aún, han tendido a minimizar la voluntad de transformación contenida en la demanda ciudadana, ignorando las esperanzas tras las consignas.

Lo anterior es medular de cara a proyectar lo que viene. Si como indica la encuesta Criteria de enero de este año, lo que estamos viviendo en Chile hoy es ante todo una crisis de desigualdad que se expresa en manifestaciones sociales y, lamentablemente, también en violencia y desorden público, suponer que la rabia por la experiencia de una desigualdad material y de trato se moderará automáticamente con cambios de gabinete, con llamados públicos a abandonar la violencia o por el temor a una profundización de la crisis económica, parece ilusorio. Es más, señales erradas en este sentido posiblemente profundicen la desconexión intersubjetiva entre la elite y la ciudadanía.

Por el contrario, si se acepta que la rabia por la desigualdad y la esperanza en los cambios son las emociones primarias sobre lo que estamos viviendo, y se las entiende como energía que busca respuestas y un cauce expresivo, el desafío de la elite dirigente será canalizar esa energía multiplicando y posibilitando los espacios de expresión y participación democrática. Apostar por poner diques atemorizadores a la voluntad de cambios, creo, es seguir desacoplados y bloquear el diálogo.

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