Tercera PM

Presenta:

Daniel Villalobos

Daniel Villalobos

Escritor y Guionista.

La Tercera PM

Una historia de sangre


Ayer se cumplieron 49 años de los asesinatos que los miembros de la pandilla de Charles Manson cometieron en 10050 Cielo Drive en Los Ángeles en 1969. Y hoy se cumple el aniversario del doble homicidio que la pandilla cometiera en 3301 Waverly Drive. En el primer caso, cuatro miembros del clan (tres mujeres y un hombre) masacraron a cinco personas, incluyendo a la actriz Sharon Tate. En el segundo –con la participación directa de Manson- las víctimas fueron el matrimonio de Leno y Rosemary LaBianca.
Sobre las fechorías que la pandilla Manson cometió en esas cuarenta y ocho horas fatídicas se han escrito miles de páginas. El asesinato masivo, al azar, fuera de un contexto bélico, era inconcebible en el Estados Unidos de los ’60. Y si bien en 1969 ya estaba claro que la violencia racial y social formaba parte de la dinámica cotidiana del país, los crímenes ligados al clan Manson sacudieron la conciencia colectiva de otra forma: estos eran homicidios crueles, feroces e indiscriminados.
En el caso de los cinco asesinatos de Cielo Drive, la presencia de Sharon Tate (que fuera muerta a puñaladas con ocho meses de embarazo) llevó a la prensa a suponer que los crímenes estaban de alguna forma conectados a Roman Polanski, el marido de la actriz. Polanski, que se había salvado de ser asesinado por estar de viaje en Europa. Polanski, que el año anterior había estrenado El Bebé de Rosemary, una película de terror sobre una mujer embarazada víctima del complot de un culto de adoradores del diablo.
Durante semanas, los periódicos y revistas de todo el mundo elucubraron si lo grotesco y sanguinario de los asesinatos de Cielo Drive tenía que ver con las películas de Polanski y con la supuesta vida de desenfreno que la pareja llevaba en la casa. Se habló de orgías con satanistas, de ritos con alucinógenos, incluso de un “experimento sexual” que se había salido de control y había desembocado en la muerte de Tate y sus amigos.
Las especulaciones eran grotescas, pero florecían en un suelo fértil: el mundo de la elite hollywoodense de los ’60 había atraído (en su interés por el hippismo y la cultura de las flores) a una sociedad paralela y móvil de estafadores, gurús, predicadores del amor libre, traficantes de poca monta y muchachos perdidos que vagaban por Los Angeles en trabajos callejeros mientras soñaban con triunfar en el cine, en la música y en la televisión para llevar sus ideales de la Era de Acuario a la Norteamérica que los ignoraba o, en muchos casos, les temía.
Ese suelo fértil había sido el coto de caza de Charles Manson. De clase baja, hijo de una madre abusiva y delincuente, Manson aprendió en la cárcel y en las calles la mejor manera de vivir sin trabajar: seducir gente perdida para arrastrarlos a una secta seudo-religiosa, mitad guerrilla y mitad entourage, que giraba en torno a sus fantasías de capear una hipotética guerra de clases llevando a sus seguidores a vivir a una ciudad subterránea bajo el desierto.
La historia de Manson es el ejemplo perfecto de qué sucede cuando un monstruo descubre cómo prosperar en un entorno basado en la buena fe y la supuesta hermandad universal. La matanza de Cielo Drive (y la de Waverly Drive al día siguiente, que Manson comandó para mostrarle a sus seguidores “cómo de verdad se hace esto”) alteraron para siempre la vida de la ciudad. La escritora Joan Didion recordó en un ensayo posterior cómo empezó a sonar el teléfono de su casa con decenas de llamadas de amigos ansiosos de comentar los crímenes o de recordar algún encuentro con Tate y Polanski en alguna cena, fiesta o avant-premiere. Lo peor de todo, escribió Didion, es que nadie sonaba demasiado sorprendido.
A los funerales de Sharon Tate y sus amigos asistieron numerosas celebridades de Hollywood. Algunas, como Steve McQueen, lo hicieron llevando armas bajo la ropa de luto. Algunas estrellas de cine contrataron por primera vez guardaespaldas. Otros compraron perros de ataque y convirtieron sus casas en fortalezas amuralladas. Muchos se fueron de la ciudad.
Polanski, acosado por la prensa y sostenido por el consumo permanente de pastillas, se obsesionó con encontrar a los asesinos de su mujer. Todos eran sospechosos, incluso los más cercanos. Un día, un artista marcial que había trabajado entrenando a Sharon Tate para la comedia de espías The Wrecking Crew, le comentó a Polanski que había perdido sus anteojos. El director insistió en regalarle un par nuevo. Le llevó al oculista, sacó una copia extra de la receta y así pudo cotejarla con un par de lentes encontrados en la escena del crimen y que no pertenecían a ninguna de las víctimas. La receta no coincidía. El artista marcial era Bruce Lee.
Ese era el nivel de demencia general en las semanas posteriores a los homicidios. Cuando la pandilla Manson cayó por fin en manos de la policía, la ciudad descansó, pero –siendo Los Angeles- en vez de abandonar el temor lo puso en pantalla. Los crímenes de Manson y sus seguidores crearon un cliché en la cultura popular que en Chile conocimos a través de multitud de películas y series de los ’70 y ’80: el mundo hippie, el mundo de la contracultura presentado como eterno caldo de cultivo para grupos criminales o subversivos. Hoy día es difícil de creer, pero en series como Area 12, Chip’s e incluso Miami Vice, los hippies de pelo largo y mala higiene cumplieron el rol que los terroristas de origen árabe cumplirían en la ficción hollywoodense posterior a las Torres Gemelas: un enemigo de fantasía en el que se proyectaban todos los miedos.
Desde su juicio en 1971 hasta su muerte en noviembre del 2017, Charles Manson pasó sus días en prisión. Se convirtió en un héroe popular, dio entrevistas, fue citado en series, películas y libros y obtuvo la fama de estrella pop con la que soñaba de niño. Una de las canciones que compuso durante su breve intento por convertirse en estrella de rock fue incluida por los Gun’s Roses en el disco The Spaghetti Incident, en 1993.
Polanski, por otro lado, terminaría huyendo de Estados Unidos en 1978, escapando de un juicio por violar a una menor de edad. Pero siete años antes, con la memoria de los crímenes de Manson todavía fresca en su cabeza, filmó una adaptación de Macbeth. Sigue siendo una de las películas más sangrientas que se haya hecho sobre una obra de Shakespeare. Y una de las historias más horribles del rodaje tiene que ver con el momento en que Polanski (preparando la escena de la masacre de los hijos de MacDuff) maquilla con sangre falsa a una de las niñas actrices. Polanski le explica: debe quedarse en el suelo, con los ojos cerrados, fingiendo estar muerta. La niña asiente, pero está muy nerviosa. Para calmarla, el director le pregunta su nombre. La niña dice: “Sharon”.

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