Ustedes y nosotros

Los candidatos presidenciales de Perú, Keiko Fujimori y Pedro Castillo en un debate que realizaron en Chota. (AP Photo/Francisco Vigo, File)

Creo sinceramente que la solución no camina por esa ruta, que atrincherarse es mucho más fácil que dialogar, que aislarse es mucho más fácil que dar la batalla honesta, que culpar es más fácil que reconocer y significa, además, perder la oportunidad de descubrir aquello que no hemos querido o podido ver (pues no siempre es nuestra culpa).




“Queremos un hombre del pueblo, un campesino, un presidente para nosotros”, se repite en Perú. “Si ustedes tienen malas ideas; bueno, nosotros también”, declara a viva voz un diputado chileno. Ustedes y nosotros, pronombres personales cuya función es reemplazar al sujeto para sustituir personas, animales o cosas sin necesidad de nombrarlos, conformando grupos de identidades difusas que tienden a reconocerse a partir de formas distintas de ser, estar y hacer. Cuando aparece la crisis esa tensión latente emerge, entonces el ustedes y nosotros dan lugar a una inestabilidad brutal que, entremezclando frustraciones, preocupaciones y miedos se transforma en una bomba de tiempo.

Psicológicamente, la activación del enfrentamiento entre el ustedes y el nosotros ocurre cuando la sensación de injusticia, desventaja o impotencia se instala. Y utilizo con propiedad la palabra “instala”, porque desde el binomio en cuestión estas sensaciones también serán controvertidas. Quién no ha vivido en su familia o entorno personal esta divergencia. Si lo pensamos en lo pequeño y cotidiano es más fácil comprenderlo a escala social. Todos/as hemos sido ustedes o nosotros en algún momento. Todos/as hemos sido débiles y fuertes. Todos/as hemos definido nuestra postura a partir de sensaciones que contrastan con una realidad que por alguna razón no nos calza.

El problema tiene lugar cuando ustedes y nosotros se extrapola a buenos y malos, porque en ese escenario las diferentes percepciones, que pueden ser muy legítimas, se moralizan. Y ahí la bomba explota, generalmente en forma de indignación, ira o furia. “La rabia surge de la necesidad de diferenciarnos, de quitarse al otro de encima, de apartarlo de nuestro camino”, porque lo percibimos como amenazante y como consecuencia lleva a distanciarnos.

Las elecciones en Perú dan cuenta de este daño. El voto de Pedro Castillo es un voto contestatario, con un peso identitario y reivindicatorio muy grande. El voto de Keiko Fujimori representa el mal menor. La fractura y la fragmentación están en el centro y pueden convertirse en un polvorín, pues la paz se construye con vínculos y se desarma con lejanía y sospecha. Desde ese lugar el desafío exige la responsabilidad del testimonio personal, exige flexibilizar el ustedes y nosotros. A partir de ahí comenzamos a vivir las diferencias y no solo a tolerarlas.

Estoy segura de que muchos de los que están leyendo estas líneas pensarán que caminar por esta ruta significa renunciar a las convicciones, cualquiera que éstas sean, y que el solo hecho de mirar al otro con apertura a ser persuadido supone una traición a lo que se piensa y que el deber exige no dejar pasar oportunidad para imponer la verdad (esa que lo es para “mí” por cierto). Creo sinceramente que la solución no camina por esa ruta, que atrincherarse es mucho más fácil que dialogar, que aislarse es mucho más fácil que dar la batalla honesta, que culpar es más fácil que reconocer y significa además perder la oportunidad de descubrir aquello que no hemos querido o podido ver (pues no siempre es nuestra culpa).

No podemos evitar los ciclones que ya han tocado tierra, pero podemos afrontarlos mejor y evitar daños irreparables. Nos toca hacernos cargo (a todos, no a algunos) de no perder la esperanza y hacer un profundo autoanálisis que nos permita vivir mejor cuando pase la tormenta.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.