Por Luis Larraín Stieb., fundador y expresidente de Iguales

Crecí con miedo. Recuerdo con terror esos momentos en que alguien sospechó de mi secreto. Era un secreto que me llevaría a la tumba, pensaba. Debido a la burbuja en la que vivía, conocí a alguien fuera del clóset recién a los 22 años. Fue muy revelador: no tenía una vida extraña ni sórdida como lo planteaban las caricaturas. Ese simple hecho me facilitó salir del clóset.

Algo me llamó profundamente la atención entre la gente que conocí: el contraste entre la libertad con que vivían sus vidas privadas y el secretismo con que enfrentaban el mundo laboral y familiar. “Porfa, quédate piola”, decían. Pero si seguíamos en la oscuridad, pensaba, las próximas generaciones seguirían viviendo la traumática experiencia del clóset, donde aprendemos a mentir y a odiarnos a nosotros mismos. Por eso tomé una decisión: nunca le pediría a nadie que se quedara piola. Donde y cuando pudiera, sería visible.

Nunca pensé que esa decisión cambiaría tantas vidas. Ese secreto que me llevaría a la tumba se transformó en orgullo e incluso en mi trabajo. Luego de fundar Iguales junto a Pablo Simonetti y de sumar a cientos de personas, aprendimos a hacer incidencia legislativa, a acudir a tribunales para que reconocieran nuestros derechos y a contar historias que explicaran qué había detrás de nuestras demandas. Capacitamos a estudiantes, docentes, jueces, profesionales de la salud, altos ejecutivos y todo tipo de trabajadores y funcionarios desde Arica a Magallanes. Y el trabajo rindió frutos: el aumento de la aprobación ciudadana y la posta entre los Presidentes Lagos, Bachelet y Piñera permitió que se presentaran y aprobaran cuatro leyes fundamentales que nos protegen: la Ley Antidiscriminación, la Ley de Unión Civil, la Ley de Identidad de Género y la promulgada Ley de Matrimonio Igualitario.

Es necesario seguir avanzando. Las mujeres trans siguen excluidas de los espacios laborales, las personas intersex expuestas a ser mutiladas y toda la comunidad con tasas de suicidio y de violencia callejera que superan ampliamente a las del resto de la población. Para que ese avance ocurra, el 11 de marzo necesitamos un Presidente que siga la posta. Solo uno de los candidatos puede hacerlo.