El mayor pecado en la franquicia de Star Wars sin duda ha sido la forma en que la galaxia tiende a empequeñecerse, Se trata de un proceso que ha dado pie a varias cosas que se han vuelto tan recurrentes, que en más de una ocasión los resultados han dejado mucho que desear.

Ahí están, por listar solo a algunos ejemplos, las apariciones que ya no son tan especiales o las explicaciones de cosas que realmente nunca necesitaron de una explicación, como fue el caso de la funda para pistolas de Leia en la serie de Obi-Wan.

Sumen la forma en que inevitablemente tienen que recurrir a los mismos planetas de siempre (¡Basta de Tatooine!) o, peor aún, la generación de toda clase de parentescos entre los propios personajes, con el tema de la nieta de Palpatine como el peor chiste de todos.

Claro que ya sea por una necesidad de satisfacer a los fans más devotos, flojera creativa o la seguridad de que las sandías caladas no fallan, no existe una sola respuesta para abordar esta suerte de “StarWarización” de Star Wars.

En ese escenario, Andor, la más reciente serie estrenada por Disney+, y que actúa como una precuela de los sucesos vistos en la película Rogue One (que a su vez era una precuela), reluce en pantalla precisamente por evadir en gran parte a todo ese proceso previamente descrito y abrazar a la cada vez más necesaria expansión de la galaxia que no recurre a la fantasía de jedis y elegidos tan presente en la saga central de películas.

Los tres primeros episodios estrenados durante la semana pasada actuaron obviamente como una historia autocontenida que exploró no solo parte del pasado desconocido del personaje principal interpretado por Diego Luna, sino que también en la forma en que se gestan los primeros pasos para su inevitable reclutamiento en la Alianza Rebelde.

Pero de forma más importante, también revisaron nuevos rincones de la galaxia, se abordó a mundos de poca monta bajo un yugo corporativo y exploraron a los nuevos personajes de ese mundo chatarrero, sucio y descontento. Es decir, vimos más de la parte bélica de la saga que de la fantasía de las estrellas que tiende a caracterizar a los productos de la franquicia.

Ante todo eso, la única duda radicó precisamente en la decisión de estrenar tres episodios a la vez y el funcionamiento seriado de todo su armatoste. Aunque en la producción televisiva actual tiende a proliferar la tendencia de generar series que funcionan como “películas largas”, algo potenciado en la era del streaming y las maratones, ese propio foco ha dado pie a múltiples series que son poco memorables y fallan precisamente en la necesaria construcción episódica que requiere una serie para la pantalla chica.

Andor logró evadir aquello estrenando los tres capítulos, pero de todas formas quedó instalada la duda sobre su funcionamiento episódico una vez que se estrenase un solo episodio a la semana.

Pero ahora que ya está disponible el cuarto episodio, estrenado este miércoles por el servicio de streaming, queda claro que de parte del equipo comandado por el showrunner Tony Gilroy existe una decisión de crear segmentos de historia que funcionaran como “mini películas”. Si el primer tramo de tres episodios se centró en el escape de Andor, el segundo estará en la nueva misión que se le encomendó en un planeta usurpado por el Imperio e inevitablemente veremos un siguiente segmento de capítulos que profundizará de forma más concreta en los orígenes de la Alianza Rebelde.

Puestas esas cartas sobre la mesa, el resultado final está resultando en su funcionamiento episódico y, mejor aún, está mucho mejor que las dos series más recientes de Star Wars de las que es mejor no hablar más.

Ahora, centrándonos en Andor, y más allá de que la construcción del personaje principal no esté tan distante de lo que ya conocíamos de él a partir de lo visto en Rogue One, son muchas las cosas que terminan resultando para expandir la galaxia y que van en propio beneficio de la serie. Por ejemplo, aunque en el nuevo episodio inevitablemente recurren a un planeta como Coruscant, lo hacen para profundizar en un organismo burocrático del Imperio que desconocíamos. También escudriña en los vaivenes del Senado galáctico y los problemas que enfrenta un personaje como Mon Mothma, clave en la fundación y posterior auge de los rebeldes.

Pero quizás lo más llamativo está en la misión misma que deberá enfrentar Andor, su rol como mercenario, la desconfianza de los guerrilleros y la forma en que tantean un proceso de planeación propio de las películas de robos. Es ese detalle el que vislumbra un desarrollo en los próximos episodios que podría dar pie a secuencias llamativas y la siempre presente tensión de las misiones en las que simplemente no se puede fallar.

En la raya para la suma, son ese tipo de focos los que están catapultando a Andor a un lugar que se siente más en línea de lo hecho por The Mandalorian, la cual se valió mucho más por si sola que lo que hicieron las últimas series de la saga, construyendo en vez de meramente acoplar lo hecho en el pasado por otras historias. Y considerando el altísimo nivel de producción de la serie, que luce realmente espectacular, es bastante fácil entusiasmarse con lo que está por venir. Claro, a menos que sean realmente de los que prefieran a un Star Wars mucho más cercano y conectado a la saga central. La galaxia pequeña que tantos réditos ha dado.