“Chalecos amarillos” vuelven a la carga pese a medidas de Macron

Los “chalecos amarillos” protestan por el alza de combustibles pero también por las reformas de Macron.

La cuarta jornada de protestas dejó 1.385 detenidos. Las manifestaciones se realizaron pese a que el gobierno suspendió el alza de los combustibles.


El intenso despliegue policial no impidió que miles de “chalecos amarillos” volvieran a salir hoy a las calles de París y de otras ciudades francesas para expresar su “hartazgo” ante un gobierno que, afirman, está “desconectado” de un “pueblo” que no hace más que ver cómo se degrada su nivel de vida. Aun así, el fuerte dispositivo de seguridad, con decenas de miles de agentes que no dudaron en usar gas lacrimógeno y realizar cientos de detenciones preventivas, evitó que se cumplieran los peores presagios: pese a numerosos incidentes y actos vandálicos, la capital no se convirtió en un nuevo campo de batalla, como hace una semana, y el gobierno renovó su llamamiento al diálogo.

El saldo de la nueva jornada de protestas era, al caer la noche, de 125.000 manifestantes en toda Francia, de ellas 10.000 en París, anunció el ministro del Interior, Christophe Castaner. El responsable de la seguridad también se felicitó por un dispositivo policial que resultó en 1.385 arrestos en todo el país. Solo en París fueron detenidas más de 700 personas, de las cuales al menos medio millar fueron puestas bajo custodia en comisaría. La cifra de heridos por el contrario estuvo muy por debajo de las registradas siete días atrás: 118 heridos, 17 de ellos fuerzas del orden, ninguno de gravedad.

“Estamos aquí para que nos oigan, la violencia no va a resolver nada, pero tienen que comprender que estamos hartos”, decía en los Campos Elíseos, Angélique, una desempleada bretona. “Claro que no es una buena idea venir aquí, porque ayuda a los alborotadores. Pero quedarse en casa ayuda a Macron”, resumía Marc, de la periferia de París y para quien el gobierno está “ahogando al pueblo”. El problema de una Francia que “no llega a fin de mes” viene de lejos, reconoció, pero el Presidente Emmanuel Macron “ha hecho reformas demasiado rápido” y sin tener en cuenta a un pueblo “que parece que no está a su altura”.

La tensión marcó una jornada en la que todos se jugaban mucho. Los “chalecos amarillos” debían demostrar que, tras cuatro semanas de protesta, siguen contando con fuerza para presionar al gobierno de Macron, quien dio marcha atrás a su intención de aumentar el precio del combustible, detonante de la protesta, pero al que reclaman más gestos, tanto fiscales como políticos. El “acto IV” fue menos concurrido que el del sábado pasado, pero visible en todo el país.

Las autoridades, por su parte, estaban obligadas a combinar el derecho a manifestarse, aunque muchas marchas no estuvieran autorizadas, con el imperativo de impedir un nuevo armagedón que los pusiera en evidencia.

El despliegue de fuerza fue contundente: 89.000 agentes en todo el país, de ellos 8.000 en París, donde también se desplegaron una docena de vehículos blindados de la gendarmería y fueron retirados 2.000 elementos de mobiliario urbano susceptibles de convertirse en armas o barricadas. También el alto número de detenciones, en su mayoría preventivas, reflejó la presión.

La mano dura no fue disuasión suficiente para los “chalecos amarillos” que viajaron desde todos los puntos de Francia hasta París. Como Antoine, un joven de Bergerac, en el centro, o Donat, de Alta Saboya, en la frontera con Suiza. Ambos coincidieron mientras avanzaban por un París de barricadas y con museos, monumentos como la Torre Eiffel y teatros cerrados. Además del chaleco amarillo que portaban, los unía un sentimiento común: el hartazgo contra un gobierno y un Presidente que, afirman, sigue sin escucharlos y “nos toma por idiotas”.

Lo que comenzó como una protesta organizada en las redes sociales en contra del alza prevista para enero del precio del combustible, se ha convertido en un movimiento nacional cuya lista de reclamaciones no para de crecer. El anuncio de que se suspenderá en 2019 el alza del carburante no aplacó los ánimos. Tampoco el encuentro, el viernes, del primer ministro, Édouard Philippe, con un grupo de “representantes” de los “chalecos amarillos”.

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