Columna de Carlos Meléndez: ¿Cómo (no) mueren las dictaduras?

Foto: EFE

"Aunque existan militares disidentes, mientras puestos claves como los que ostentan Vladimir Padrino (Ministro de Defensa) y Remigio Ceballos (Comando Estratégico Operacional) sigan alineados, la transición resulta inviable".




Los regímenes autoritarios son duros de roer. No caen de la noche a la mañana, mucho menos cuando se sustentan en una jerarquía militar bien establecida. Si bien es cierto que existen factores que suman a la pérdida de legitimidad de una autocracia como la encabezada por Nicolás Maduro –crisis económica, desconocimiento de parte de la comunidad internacional-, la ausencia de división en la cúpula –la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, en este caso-, hace menos probable la muerte de la dictadura.

El elemento fundamental de la persistencia del régimen que dirige Maduro, es la cohesión de la élite militar. La división entre "duros" (aferrados al poder a pesar de la crisis) y "blandos" (proclives a la transición) no escala al nivel de ruptura. Aunque existan militares disidentes, mientras puestos claves como los que ostentan Vladimir Padrino (Ministro de Defensa) y Remigio Ceballos (Comando Estratégico Operacional) sigan alineados, la transición resulta inviable.

Internacionalmente, el régimen no está totalmente aislado. Si bien Estados Unidos y el Grupo de Lima han conseguido que más de 50 países (incluyendo la Unión Europea, salvo excepciones) desconozcan al gobierno de Maduro, sus aliados estratégicos equilibran la correlación de fuerzas mundial (Rusia y China). Además, la longeva dictadura cubana funge de mentor, estratega y socio operativo; es la portadora del "know-how" de la resistencia chavista. La fórmula castrista -la unión de la élite militar, la pulverización de la oposición, el control de los medios de comunicación y la cooptación de la movilización social- es seguida a pie juntillas por los aplicados discípulos venezolanos.

Desde la llegada de su fundador al Palacio de Miraflores, el chavismo ha insistido en neutralizar a la sociedad civil independiente. Organizaciones de masas a nivel local, articuladas en torno al clientelismo y al patronazgo, le han permitido generar un público cautivo. Más fanático de la prebenda que de la ideología "revolucionaria", dicho apoyo muestra lealtad a pesar de la hiperinflación, la rampante violencia, la emigración y la crisis generalizada. A ello se suma la formación y actuación de grupos paramilitares que impregnan de intimidación ilegítima a las más minúsculas articulaciones de la sociedad venezolana.

A estas alturas de los sucesos es difícil discernir la victoria de la Operación Libertad liderada por Juan Guaidó y Leopoldo López. Pero es innegable la resilencia de la dictadura chavista, no solo por la cohesión que aún ostenta la cúpula militar, sino también por la capacidad de actuación del gobierno de Maduro en diversos frentes: interno (movilización social a favor del gobierno) y externo (apoyo de países y sectores hiperideologizados a nivel internacional). La rebeldía democrática civil y la coalición internacional no son suficientes aún para tumbar al Goliat bolivariano.

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