Crónica de la pandemia en Venezuela: caos dentro del caos

Gente caminando en Petare, Caracas, en medio de la cuarentena del país. La escasez de gasolina ha incrementado el uso de bicicletas en el país. Foto: Iván Reyes

La periodista venezolana Mariel Lozada fijó su residencia en Chile hace tres años, pero en marzo viajó a Caracas en plan de visita. Un par de días después de aterrizar, la cuarentena obligatoria decretada por Nicolás Maduro cambió sus planes y hasta hoy no ha podido regresar al país. Su testimonio muestra cómo vive la pandemia el último bastión del chavismo.




Ahora en Venezuela todo es una burbuja. La burbuja de la gente que puede pagar una conexión a Internet por 500 dólares. La de la gente que puede comprar gasolina a 2 dólares el litro. La de la gente que puede cumplir cuarentena en casa. Y la de la gente que puede ir al supermercado y hacer una compra que dure más de un día. Cada vez son más chiquitas.

El fantasma de la escasez, que creímos superar en 2018-2019, acecha y cada vez se siente más cerca. El fondo parece nunca terminar de llegar.

Aterricé en Venezuela el 11 de marzo, con la idea de pasar 10 días con mi familia y luego volver a Santiago, donde he vivido por los últimos tres años. El 13 de marzo, con dos casos importados y localizados de coronavirus, Maduro empezó una cuarentena prematura que ahora pude significar un caos para el país.

En Venezuela donde una de cada tres personas no tiene su comida asegurada, según cifras de la ONU, y donde el 35% de los niños están desnutridos, según datos de la ONG Cáritas, una cuarentena de más de dos meses es sumamente compleja de llevar.

En las calles todo abre, aunque la norma dice que sólo los negocios esenciales pueden abrir: zapaterías, botillerías, tiendas de pintura y electrodomésticos. Dicen que pierden menos con una multa que si siguen cerrados. A los que intentan multar, esperan poderlo resolver dando algo "pa los frescos", como se acostumbra acá. O sea, sobornando.

Una mujer lleva dos baldes con agua durante la cuarentena en respuesta a la propagación del coronavirus en Caracas, Venezuela, 23 de marzo de 2020. Foto: Reuters

Los trabajadores que tienen la opción de seguir con sus funciones desde Internet, luchan contra la infraestructura del país. Lo estoy viviendo. Intento poner todos los compromisos laborales en la mañana, porque es el horario en el que menos se va la luz. Después de la 1 pm los cortes ocurren en cualquier momento, o puede haber un bajón de energía que frustra cualquier intento de conexión. Me ha pasado. He llorado del estrés, de la impotencia de tener una reunión o un texto que entregar y no poder hacerlo.

Se me ha ido la luz a punto de acostarme, a las 12 de la noche y hasta las 3 o 4 de la mañana. Se me ha ido la luz en medio de una llamada. Se me ha ido la luz en pleno mediodía, mientras estoy en un pueblo llanero que siempre está a más de 30 grados. Y cuando se va la luz, toca correr a ducharse porque se sabe que después de que se va la luz, se va el agua.

El celular no cambia mucho las cosas. Aunque tengo un chip venezolano, casi nunca tengo señal. Si dependiera solo de eso, tendría que trabajar después de las 11 de la noche, la única hora en la que cargan las páginas web. Cuando se va la luz, es poco más que un pisapapeles caro. Solo puedo enviar y recibir SMS, y duran varios minutos en salir.

Con una velocidad de conexión de 1MB, he tenido que resolver muchas cosas “por los caminos verdes”. Por ejemplo, si necesito el contenido de algo pesado, tengo que pedirle a mi novio, que sigue en Chile, que lo abra y me pase fotos. Otra vez la conexión estaba tan inestable que solo abría WhatsApp, así que iba copiándole a una amiga las preguntas que necesitaba googlear.

Mientras escribo, siento el cansancio de hacer todo eso. De que siempre todo tenga que ser más complicado, de que a todo haya que buscarle la vuelta y resolver cómo se pueda. De vivir bajo una especie de “ley del más fuerte”. Pero el día a día no se siente así. Es solo cómo se vive acá. Como sé que se vive.

Eso sí, sé que al volver, mis defensas estarán altas como cuando me fui la primera vez. De nuevo estaré pendiente de no dejar que la carga del celular llegue a menos de 50%, porque luego se va la luz. De nuevo querré comprar de más, porque me dará miedo que las cosas estén más caras la próxima vez que vaya al súper.

Con este panorama, está subiendo rápidamente la cantidad de casos: más del 60% de los 882 se registraron apenas en los últimos cuatro días.

El Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, durante un discurso el pasado 30 de marzo. Foto: DPA

Maduro, que siempre quiere desoír a los científicos, ni siquiera menciona en sus discursos los casos que los gobernadores de su mismo partido denuncian. Solo se centra en estigmatizar. Del profesor que se enfermó fuera, dijo que no sabía qué fue a hacer, cuando aquí hay tanto trabajo. El doctor que falleció afuera “murió solo y sin atención”, a diferencia de aquí, donde supuestamente hay miles de camas y ventiladores —pero su gobierno no se pone de acuerdo con las cifras—. Los infectados, parece decir, tienen la culpa de estar infectados.

Pero quizá el peor de todos sus discursos es el que utiliza para hablar de los migrantes que regresan. Gente que se fue hasta a pie para huir de la miseria y se encontró con países cansados de recibir a migrantes venezolanos, donde cada vez es más difícil conseguir trabajo estable. Gente a la que la cuarentena de otros países les deja como mejor opción volver al país donde está el techo familiar.

Maduro, que siempre negó la migración venezolana, ahora vive hablando de los cerca de 50 mil regresados —de casi 5 millones de emigrados, según cifras de Acnur. Esta semana, además, dijo que hay que investigar si a los que están retornando el gobierno colombiano les inoculó el SARS-CoV-19 en el autobús de regreso.

Todo eso se vive con una inflación que en abril alcanzó el 80%, según la Asamblea Nacional. Como forma de intentar palear esto, el gobierno de Maduro instauró un control de precios, que ha cambiado tres veces desde su anuncio el 24 de abril.

Además, con una escasez de combustible que tiene a la gente —incluso al personal médico— haciendo filas con sus autos de dos o tres días. Llegan de madrugada y luego de unas 24 horas, con suerte, les dan un número para volver a la fila al día siguiente y esperar que les surtan entre 15 y 20 litros.

Eso es especialmente grave en un país donde no hay ni un kilómetro de ciclovías -aunque con la falta de bencina la gente ha empezado a rescatar las bicis viejas-, y el transporte público es muy deficiente. Además, tener efectivo para pagar un traslado tampoco es fácil: conseguirlo es una tarea complicada. La inflación ya volvió casi inservibles todos los conos monetarios hechos por el gobierno chavista. El billete más alto es el de 50.000 bolívares, que son, al cambio oficial, 26 centavos de dólar.

El 1 de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, Maduro volvió a aumentar el salario mínimo. Ahora, sumando los tickets de alimentación, quedó en US$ 4.25 (al cambio de hoy CL$ 3.400). O sea, unos dos o tres litros de bencina en el mercado negro.

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