EEUU se enfrenta a la madre de todas las batallas y no es la elección presidencial



La llaman “la sorpresa de octubre”. Un evento inesperado que acostumbra producirse en el mes previo a la elección presidencial de Estados Unidos y que termina siendo decisivo para su desenlace. En los años recientes se recuerdan varias “sorpresas de octubre”. La última afectó a la candidata demócrata Hillary Clinton en las elecciones presidenciales de 2016, cuando el entonces director del FBI , James Comey, anunció que investigaría una nueva filtración de email privados de la exsecretaria de Estado. Donald Trump fue el gran favorecido.

En 2004 el entonces presidente George W. Bush también se benefició de su propia “sorpresa de octubre”, esta vez fue la revelación de un audio de Osama bin Laden reiterando sus amenazas a Estados Unidos. El candidato demócrata John Kerry no tuvo nada que hacer ahí. El temor a un nuevo atentado fue decisivo para que el impulsor de la Guerra contra el Terrorismo lograra cómodamente su reelección, pese a estar lejos de ser un presidente popular.

Por eso, cuando el viernes pasado se supo de la muerte de jueza de la Corte Suprema e ícono de la cultura liberal, Ruth Bader Ginsburg algunos pensaron: “No será que este año la sorpresa de octubre se adelantó para septiembre”. Después de todo 2020 no ha sido un año normal. Pero ¿por qué la muerte de una jueza puede ser tan relevante para el desenlace de una elección y su reemplazo en el máximo tribunal incluso más importante que lo que suceda el 3 de noviembre?

La Corte Suprema, con sus nueve miembros, es el órgano más decisivo en términos culturales para Estados Unidos. Resoluciones clave que han marcado el destino del país se han adoptado dentro sus cuatro paredes, desde el destino de una elección presidencial, como sucedió en 2000 tras la disputada contienda entre George W. Bush y el entonces vicepresidente demócrata Al Gore, que ganó el primero por poco más de 500 votos en el Estado de Florida, hasta la legalización del aborto o el reconocimiento de los matrimonios entre personas del mismo sexo.

Por eso, quien se siente en el sillón que hasta el viernes ocupaba Ruth Bader Ginsburg puede inclinar la balanza hacia un Estados Unidos más liberal o uno más conservador. Hasta ahora la Corte gozaba de una leve mayoría conservadora de 5 a 4, pero con un presidente del tribunal, John Roberts, que en algunos casos, como el del matrimonio igualitario, inclinaba la balanza a favor de los liberales. Pero con la muerte de Ginsburg, estos perdieron a su rostro más reconocido y dejaron a los conservadores con la posibilidad única de ampliar su ventaja a 6 a 3 en la Corte.

Una posibilidad cierta porque tienen a un presidente como Donald Trump en la Casa Blanca y a un Senado con mayoría republicana (53 a 47). Y para ratificar la nominación basta con sumar 50 votos a favor (porque en caso de empate, el voto decisivo lo da el vicepresidente Mike Pence, cuyas credenciales conservadoras no están en duda). Es decir, los republicanos pueden perder tres votos, pero no más. Y si logran sumar a un nuevo juez conservador, muchas decesiones sobre asuntos valóricos como el aborto podrían estar en cuestión. Y varias cosas cambarían.

Pero aquí comienzan los problemas. Nunca antes una jueza o juez de la Corte había muerto a tan pocos días de una elección. Por eso, si los republicanos quieren lograr su objetivo deben trabajar rápido. Lo dejó claro el líder de la mayoría republicana en la Cámara Alta, Mitch McConnell, quien dijo sólo horas después de conocerse la muerte de Ginsburg que había que nominar con prontitud a su sucesor/a. Irónico, porque en 2016 el mismo McConnell bloqueó por más de ocho meses al candidato presentado por Barack Obama para reemplazar al histórico juez conservador Antonin Scalia, asegurando que el nuevo juez sólo podía decidirse después de las elecciones.

Pero en política las decisiones hay que tomarlas cuando se pueden tomar y los republicanos no quieren perder la posibilidad de hacerlo. El asunto es que nadie les asegua que tenga los votos, porque al menos tres senadores han mostrado claras distancias con McConnell y con el presidente Trump, como Mitt Romney. Y otros temen que una decisión como esa, tomada con tan poco margen de tiempo, termine perjudicándolos en sus intentos de reelección. No hay que olvidar que en noviembre también hay elecciones para el Congreso. Por ello, avanzar o no por ese camino es más complejo y sus resultados pueden tener directa incidencia sobre la elección presidencial.

Pero los problemas desatados por la muerte de la jueza Ginsburg no terminan ahí. Hay otro temor. ¿Qué pasa si la Corte es la que termina decidiendo el resultado de la elección, como sucedió en 2000, debido a una elección impugnada? “No podemos llegar al día de la elección con una Corte de 4-4”, alertó el sábado el senador republicano Ted Cruz. En ese escenario, cualquier pelea legal en el máximo tribunal podría terminar bloqueada y el país sin presidente. Pero, para los demócratas el temor es otro, qué pasa si Trump nomina al sucesor de Ginsburg y una nueva Corte con amplia mayoría conservadora es la que deba decidir sobre el resultado de los comicios.

Es eso lo que convierte la elección del sucesor Ginsburg en la decisión más decisiva que enfrenta por estos días Estados Unidos.

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