Georgia, Moldavia y Siria: las otras guerras del líder del Kremlin

Un residente pasa en bicicleta frente a un vehículo blindado carbonizado en la ciudad de Volnovakha, controlada por los separatistas, en la región ucraniana de Donetsk, el 15 de marzo de 2022. Foto: Reuters

Moscú ha utilizado durante mucho tiempo los llamados “conflictos congelados” para extender su alcance más allá de las fronteras rusas. Durante las últimas tres décadas, ha respaldado un régimen prorruso en la región disidente de Transnistria, en Moldavia. En 2008, lanzó una invasión a Georgia y en septiembre de 2015 respaldó militarmente al régimen de Assad en Siria.




A la espera de una nueva gran ofensiva de parte de Rusia, luego de que sus tropas se retiraran del norte del país, Ucrania instó de manera urgente a los civiles a abandonar las provincias orientales de Kharkiv, Donetsk y Luhansk.

Esto ocurre después de que se reportaran ejecuciones, violaciones y otros abusos contra los derechos humanos de civiles por parte de las fuerzas rusas una vez que se retiraron de los suburbios de Kiev. Moscú ha negado los informes y dijo que fueron organizados por tropas ucranianas.

La forma en la que se ha desarrollado la guerra en Ucrania recuerda la forma en la que el Kremlin, bajo el liderazgo del Presidente Vladimir Putin, ha llevado adelante otras operaciones militares. Así, junto con intimidar a países de la exórbita soviética para detener cualquier proceso de acercamiento con Occidente, también se ha involucrado en otros conflictos, como ocurrió con Siria y África Subsahariana.

Por un lado, según explica el portal de France 24, el Kremlin ha utilizado durante mucho tiempo los llamados “conflictos congelados” para extender su alcance más allá de las fronteras rusas. Durante las últimas tres décadas, ha respaldado un régimen prorruso en la región disidente de Transnistria, en Moldavia. En 2008 lanzó una invasión a Georgia en apoyo de los gobiernos separatistas de Osetia del Sur y Abjasia, dos provincias con una gran población de habla rusa. Seis años más tarde, Rusia arrebató Crimea a Ucrania y comenzó a apoyar una insurgencia de separatistas prorrusos en el este del país.

En cada caso, los temores de un alejamiento de la esfera de influencia de Rusia precipitaron las acciones de Moscú, indicó France 24, mientras que la presencia de poblaciones de etnia rusa proporcionó al Kremlin un pretexto para intervenir como protector.

A continuación, los conflictos que preceden a la actual guerra entre Ucrania y Rusia.

Dos guerras sangrientas en Chechenia

A fines de 1994, tras haber tolerado durante tres años la independencia de facto de Chechenia, Moscú hizo intervenir a su Ejército para controlar a esta república del Cáucaso ruso. Al hallar una dura resistencia, las tropas federales se retiraron en 1996.

Sin embargo, en octubre de 1999, bajo el impulso del mismo Putin, que entonces era primer ministro y poco después sería elegido Presidente, las fuerzas rusas volvieron a entrar en Chechenia en lo que se conoció como una “operación antiterrorista”, esto luego de una serie de ataques de los independentistas chechenos contra la república caucásica rusa de Daguestán y sangrientos atentados en Rusia, atribuidos por Moscú a los chechenos.

En febrero de 2000, Rusia retomó la capital Grozny, devastada por la artillería y la aviación rusas. En 2009, el Kremlin decretó el fin de su operación, dejando tras estos dos conflictos decenas de miles de muertos en ambos bandos.

Soldados miran un tanque destruido en Grozny, en Chechenia.

El caso de Moldavia y Transnistria

A mediados de 1990, mientras en Moldavia una mayoría nacionalista rumanohablante alimentaba el deseo de separación de la Unión Soviética, la población rusoparlante de la región de Transnistria se proclamó independiente. Así, establecieron la República Socialista Soviética de Moldavia de Pridnestrovia en agosto de ese año, fijando a Tiraspol como su capital.

Un año más tarde, Moldavia declaró su independencia de la URSS. Meses después, estalló una breve guerra entre las fuerzas moldavas y los separatistas de Transnistria que concluyó con un cese el fuego y con el establecimiento de una zona de seguridad, una suerte de triple frontera resguardada por efectivos de ambos bandos y por una fuerza de mantenimiento de paz rusa. El mismo concepto de proteger a los rusos étnicos, recordó France 24, le daría más tarde a Putin un modelo para justificar las intervenciones en Georgia y Ucrania.

Si bien Rusia no llegó a reconocer la independencia de Transnistria, “ha debilitado la soberanía moldava y congelado su integración occidental durante los últimos 25 años”, escribió Erik J. Grossman en el US Army War College Quarterly. “Esta incertidumbre ha servido para atrapar a Moldavia en una zona gris geopolítica entre el Este y el Oeste y la obligó a actuar como vehículo para la corrupción y el lavado de dinero de Rusia”, añadió.

Actualmente, más de 1.000 soldados rusos se encuentran en Transnistria. Si bien las élites tanto en Moscú como en Tiraspol insisten en que estas tropas son fuerzas de paz, algunos temen que puedan usarse para desestabilizar Moldavia o el suroeste de Ucrania.

Aunque las autoridades de Transnistria son indudablemente prorrusas, todavía tienen que respaldar oficialmente el reconocimiento por parte de Moscú de las Repúblicas Populares de Donetsk y Luhansk en el este de Ucrania, o la subsiguiente invasión de ese país. Algo que no ha ocurrido.

El primer día de la invasión, el 24 de febrero, el presidente de facto de Transnistria, Vadim Krasnoselsky, en un comunicado, ni respaldó ni condenó la guerra. Simplemente afirmó que la situación en Transnistria se mantuvo estable y aseguró a los ciudadanos que no se implementaría un estado de emergencia.

Un militar ucraniano camina sobre un tanque abandonado del Ejército ruso en Andriivka, el 5 de abril de 2022. Foto: AP

Como sacado de un manual: Georgia en 2008

Georgia ha estado en problemas por las regiones Abjasia y Osetia del Sur desde que declaró su independencia en 1991. Tras grandes enfrentamientos armados con el Ejército de Georgia, Abjasia y Osetia del Sur declararon su independencia en 1992 y 1994, respectivamente. Ambas repúblicas separatistas no fueron reconocidas por la comunidad mundial durante décadas.

Sin embargo, el conflicto nunca se resolvió por completo. En agosto de 2008, las tensiones en la región aumentaron nuevamente y las fuerzas separatistas de Osetia del Sur bombardearon varias ciudades georgianas, violando efectivamente el acuerdo de alto el fuego de 1992.

Luego de nuevos enfrentamientos armados, el entonces Presidente de Georgia, Mikheil Saakashvili, inició una acción militar contra los separatistas en Osetia del Sur el 7 de agosto de 2008. Las fuerzas georgianas lograron tomar la ciudad de Tskhinvali en cuestión de horas, pero luego enfrentaron una ofensiva de las fuerzas regulares rusas desplegadas en secreto en la región antes de la acción militar georgiana.

De manera similar a la campaña de guerra de información contra Ucrania en 2022, Rusia acusó a Georgia de atrocidades contra civiles de Osetia del Sur y desencadenó “una operación de imposición de la paz”. Las fuerzas separatistas rusas combinadas avanzaron en Osetia del Sur y Abjasia, derrotaron al Ejército georgiano y avanzaron más, acercándose a la capital, Tiflis.

Luego, el Kremlin reconoció la independencia de Osetia del Sur y de Abjasia, otra provincia separatista, y mantiene desde entonces una fuerte presencia militar. Occidente denuncia una ocupación de hecho.

Según el diario Kyiv Independent, todo lo que se ha visto en los últimos días en el Donbás, en el este de Ucrania, desde la “amenaza a la población civil” agresivamente escenificada por los medios de propaganda hasta los líderes locales patrocinados por Rusia que hicieron sus “solicitudes oficiales de reconocimiento”, sucedió durante la guerra ruso-georgiana en 2008.

Como resultado, Rusia atacó a Georgia en todos los dominios, incluido el ciberespacio, y también lanzó ataques aéreos en las profundidades del país. Desde 2008, Rusia ha conservado su presencia militar directa y oficial en ambas “repúblicas” de Georgia. Hasta 8.000 soldados están desplegados en las Bases Militares 7 y 4 de Rusia en Abjasia y Osetia del Sur. Georgia considera legalmente esto como la ocupación rusa de su territorio soberano.

Luego de la invasión a Ucrania, Georgia se postuló para ser miembro de la Unión Europea.

Conflicto en Ucrania

En 2014, tras el movimiento pro-Unión Europea en Ucrania y la huida a Rusia del Presidente Viktor Yanukovich, Moscú anexionó la península ucraniana de Crimea, medida no reconocida por la comunidad internacional.

Los movimientos separatistas prorrusos emergen en el este de Ucrania, en Donetsk y Luhansk, provincias del Donbás fronterizas con Rusia. Se autoproclaman repúblicas, generando un intenso conflicto armado con las fuerzas ucranianas.

Kiev y Occidente acusan a Rusia de apoyar a los rebeldes enviando efectivos y material. Algo que Moscú desmiente, y solo reconoce la presencia en Ucrania de “voluntarios” rusos. Los enfrentamientos en Ucrania han causado más de 14.000 muertos desde 2014.

El conflicto disminuyó en intensidad a partir de 2015, tras la firma de los acuerdos de paz de Minsk.

Pero desde fines de 2021, Moscú lleva a cabo grandes maniobras terrestres, aéreas y marítimas en torno al territorio ucraniano, desplegando hasta 150.000 hombres en sus fronteras. Tras meses de tensiones, en febrero Putin dio la orden a su Ejército de desplegarse en las “repúblicas” separatistas de Donetsk y Luhansk, horas después de haber reconocido su independencia.

La guerra en Siria

Rusia apoyó políticamente al gobierno del Presidente Bashar Assad, de Siria, desde el comienzo del conflicto en 2011. Moscú contaba con una base naval rusa en Tartus desde 1971, la cual es la única instalación de Rusia en la región del Mediterráneo.

En marzo de 2012, los críticos vieron en la posición de la base naval en Tartus un factor motivador principal para que Rusia hablara a favor de que el gobierno de Assad mantuviera la estabilidad en la región.

Vista de edificios destruidos en el este de Alepo, en Siria. Foto: AP

Luego, en septiembre de 2015, el respaldo pasó a ser militar, justo en momentos en el que el régimen de Assad se veía muy disminuido por la guerra. Se trató de la primera vez desde el final de la Guerra Fría en 1991 que Rusia entró en un conflicto armado fuera de las fronteras de la antigua Unión Soviética. El apoyo de Moscú le permitió a Damasco obtener victorias decisivas en el conflicto.

Muchas de las tácticas desplegadas en Ucrania se basan en las batallas de Rusia en Siria, donde probó sistemas de armas y adquirió una experiencia de combate vital. “Para Rusia, Siria es un campo de entrenamiento para hombres y equipos”, dijo el analista Fabrice Balanche a France 24.

Rusia ha sido acusada durante mucho tiempo por grupos de derechos humanos de apoyar al régimen de Siria en el asedio de la población civil y el bombardeo de la infraestructura para sacar a los rebeldes de áreas clave.

Para reforzar a Assad, “el primer objetivo de Rusia en Siria fue reconquistar las grandes ciudades”, incluido el centro económico de Alepo y los distritos controlados por los rebeldes alrededor de Damasco, dijo Balanche.

En Ucrania, el impulso de Rusia hacia las principales ciudades, incluidas Kiev, Kharkiv y Odesa, sigue un patrón similar, pero está destinado a deslegitimar a las autoridades allí, comentó.

Según Balanche, el bombardeo indiscriminado de hospitales y escuelas por parte de Rusia es otro aspecto del conflicto sirio que se desarrolla en Ucrania como parte de una estrategia para “aterrorizar” a los civiles.

La presencia en África Subsahariana

En medio del deterioro de las relaciones con los países occidentales, luego de la anexión de Cimea en 2014, Moscú inició una campaña diplomática para ganar nuevos amigos y socios en África con el fin de buscar nuevas alianzas para reforzar su influencia geopolítica global.

Desde Argelia hasta Uganda, Rusia fue ganando influencia en África, brindando apoyo a los hombres fuertes en conflicto, asumiendo proyectos de recursos naturales en países asolados por guerras y posicionándose como un nuevo agente de poder.

El diario Financial Times señaló que si bien carece del poder de fuego financiero de China o de las relaciones comerciales de larga data de las antiguas potencias coloniales, Rusia ha tratado de utilizar sus exportaciones militares, su aparato de seguridad y sus empresas de recursos naturales controladas por el Estado para afianzarse en todo el continente.

En toda África, Moscú ha desplegado equipos de instructores militares para entrenar guardias presidenciales de élite, enviado armas y ayudado a autócratas inestables con estrategias electorales. También ha prometido construir plantas de energía nuclear y desarrollar pozos petroleros y minas de diamantes.

Manifestaciones contra Francia y en apoyo de Rusia en el 60º aniversario de la independencia de la República de Mali, en Bamako, el 22 de septiembre de 2020. Foto: AP

Si bien en tiempos de Guerra Fría, la Unión Soviética estrechó lazos con varios movimientos de liberación africanos, la caída del Muro de Berlín abrió un período de ausencia hasta el año 2015. En los últimos cuatro años, las exportaciones de armas rusas al continente africano han aumentado un 23% en comparación al período 2011-2015 y Moscú ya es el mayor exportador de armas a África Subsahariana, según el Instituto Internacional de Investigación por la Paz de Estocolmo (Sipri). Casi el 20% de las armas que Rusia vende en el mundo terminan en manos africanas.

Otro aspecto clave de la presencia rusa en África está envuelto en sombras, dice el diario La Vanguardia. Los miles de mercenarios del grupo ruso Wagner -blanqueado como empresa de seguridad privada desde Moscú, pero sobre la que la UE ha decretado sanciones por abusos y torturas- han sido desplegados en el último lustro en países en conflicto como Libia, República Centroafricana o Mali. Estos soldados, que oficialmente no son enviados por Rusia, son un instrumento del Kremlin para estrechar relaciones diplomáticas con las cúpulas de estas naciones y abrir una puerta discreta a acuerdos de explotación de recursos naturales.

Para la investigadora sudafricana Cayley Clifford, del Instituto Sudafricano de Asuntos Exteriores, la presencia rusa en contextos movedizos no es casual y avisa de futuros movimientos. “Las intervenciones de Rusia en el continente parecen prosperar en situaciones de inestabilidad, por lo que pondría atención a las señales de movimientos hacia Estados frágiles”. El enorme protagonismo de Rusia en la tormentosa transición hacia la democracia de Sudán, Guinea o Zimbabwe o su creciente presencia en el Sahel apuntan en esa dirección.

Por ejemplo, poco después de que se produjera un golpe de Estado en Burkina Faso, el pasado 23 de enero, en una manifestación en apoyo a los golpistas, se enarbolaron banderas rusas y gritaron insultos contra Francia, a quien acusan de ser incapaz de detener a los yihadistas. Una situación similar ocurrió en Mali cuando conmemoraron los 60 años de su independencia en 2020.

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