La chilena que salva inmigrantes de la crisis en Estados Unidos

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Rebeca Cartes junto a dos menores inmigrantes centroamericanos en Tucson, EE.UU.

La situación generada a raíz de la política de "tolerancia cero" contra la inmigración ilegal del gobierno de Donald Trump provocó una de las crisis más mediáticas del último tiempo en ese país. En conversación con La Tercera, la voluntaria chilena Rebeca Cartes cuenta su historia y lo que debe observar a diario en Tucson, Arizona. "Es realmente muy duro ver tanta tragedia", dice.


"Yo soy atea, pero de verdad te digo que la gente que llega a Tucson es dejada de la mano de Dios, porque vienen en un estado espantoso. Es realmente muy duro ver tanta tragedia", cuenta entre lágrimas a La Tercera, Rebeca Cartes (71), chilena que hace 44 años llegó a vivir a esa ciudad en el estado de Arizona y que desde hace cinco años se ha dedicado a trabajar como voluntaria para ayudar a los inmigrantes.

Cartes es una de los más de 40 colaboradores de Casa Alitas, establecida en 2014 por la Comunidad de Servicio Católico como albergue para centroamericanos que buscan asilo entre la frontera de Estados Unidos y México. La crisis desatada a raíz de la política de "tolerancia cero" contra la inmigración ilegal, promovida en abril por el fiscal general estadounidense Jeff Sessions y el Presidente Donald Trump, provocó un gran impacto en la demanda de este tipo de establecimientos, frente a la ola de familias que dejan su país natal para viajar de forma indocumentada hacia Estados Unidos.

El centro en el que trabaja Cartes cuenta con cinco dormitorios con camarotes, tres baños, y tiene capacidad para atender a 15 familias. "Nosotros les llamamos familias a madres acompañadas de su hijo, a mujeres embarazadas o a padres con un niño. La mayoría de los que vienen son de Guatemala, El Salvador y Honduras, y por supuesto también de México", explica Cartes, y agrega que ante la grave situación actual, el establecimiento se repleta rápido y muchos de los albergados tienen que dormir en el living o algunos voluntarios "se llevan gente a su casa cuando no hay dónde ubicarlos".

De lunes a sábado, Rebeca va todas las noches hasta la terminal de la línea de buses Greyhound para cumplir el turno de las 00.30, para prestar asistencia a los inmigrantes que se entregaron voluntariamente en la frontera tras ingresar a Estados Unidos.

"Al entregarse, ellos son detenidos en migración, donde les ponen las famosas tobilleras para que no se escapen y después se les exige que algún familiar o conocido les compre un pasaje de destino, ya sea a Nueva York o cualquier parte del país, para que esperen su cita y pidan asilo. Los otros casos son los que, además de entrar ilegalmente, no se entregan pero son detenidos y separados de sus hijos. Esos permanecen presos hasta que son deportados", cuenta.

Frente a los ojos de esta chilena ha pasado la versión más cruda de la actual crisis migratoria, pese a ser un problema que arrastra la frontera desde hace varias décadas. "Empecé a colaborar poniendo agua en el desierto, y ahora solo lo hago los domingos porque una vez casi me desmayé del calor", sostiene.

Camino hacia la frontera, los voluntarios llenan con agua unos tambores que están marcados con un banderín azul, para que inmigrantes que lograron traspasar "el muro" puedan saciar la sed y la fatiga. "Muchas veces los coyotes que los ayudan a pasar los dejan botados, hemos visto muertos en el camino y por eso ponemos las banderas, y como se ha corrido el boca a boca ya saben que hay agua. Pero algunos no alcanzan a llegar".

Según Cartes, muchos inmigrantes son traídos actualmente a Tucson porque en Texas ya no dan abasto. Además, la mayoría de ellos son de origen muy humilde y casi no hablan español, especialmente aquellos que son de Guatemala, donde conviven más de 20 lenguas originarias. En esos casos, son los niños los que cumplen el rol principal porque se convierten en traductores. "Les explicamos cómo seguir al siguiente autobús, qué paradas tendrán en el camino, les pasamos carteles que dicen 'no hablo inglés', les damos comida, ropa y lo que yo llamo consejos de abuela", dice la voluntaria chilena.

"Es horrible"

El pasado 20 de junio la Casa Blanca dio pie atrás y Trump firmó un decreto que pone fin a la separación de familias en la frontera. Sin embargo, más de 2 mil menores todavía continúan distanciados de sus padres, al tiempo que la presión sobre el Ejecutivo aumenta para solucionar este problema.

"La situación es horrible, es demasiado el sufrimiento que se ve de parte de estas personas, que a pesar de que les cuesta reconocerlo, huyen de sus países porque ahí se están muriendo de hambre, son víctimas de la pobreza y la delincuencia hasta que los matan, pero acá los siguen rechazando. No sé cuál es la solución, porque una cosa es que Trump diga que ahora se van a juntar las familias y otra es que eso suceda", comenta Cartes.

Entre los casos más emotivos, Rebeca recuerda el momento en que el gobierno de Estados Unidos anunció el endurecimiento de la ley, que básicamente era para que la gente dejara de viajar en masa hacia ese país, "pero eso no sirvió de nada", según ella. Cartes conoció a Guillermo e Hilda, su hija de 14 años. Ambos venían escapando de Guatemala, donde las pandillas habían asesinado a varios de sus cercanos y la inseguridad los estaba torturando psicológicamente. "Ellos tenían amistades en Miami, y a pesar de haberse entregado en la frontera engañaron a Guillermo y se llevaron a su hija a otro lugar. Inmediatamente se dio cuenta de que se la habían quitado y que probablemente no la iba a ver nunca más. Él me decía 'nadie puede imaginar el dolor que se siente cuando te quitan a tu hijo y no tienes idea dónde está ni por lo que está pasando, es una locura, el dolor más grande'". Después de cuatro meses alejados y gracias a la ayuda de un grupo de abogados voluntarios que llegaron a colaborar a la zona, Guillermo tuvo la suerte de reencontrarse con su hija Hilda. "Los trajeron a Tucson, y llegaron al mismo tiempo a Casa Alitas. Fue una emoción increíble que volvieran a verse. Pero además a través de ellos se conocen testimonios sobre el horrible trato en los centros de detención, a las mujeres les gritan, también se ha oído casos de abuso contra niños, aquí solo sabemos que la maldad puede llegar a lugares ilimitados", afirma.

Las historias de Cartes están siendo recopiladas en un libro que espera lanzar en los próximos meses, donde a través de una serie de relatos busca dar a conocer una de las crisis migratorias más mediáticas y trágicas de los últimos años en la región.

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