Los complejos días en el 10 de Downing Street

A la salida del máximo asesor del premier, Dominic Cummings, se suma una serie de conflictos que han provocado las críticas de funcionarios. A esto se agrega el rol de la novia Johnson, la crisis económica por el Covid-19 y el plan tory de transformación.




Si desde hace dos semanas los británicos han rememorado el período de transformación -para bien o para mal- que vivió su país bajo el gobierno de Margaret Thatcher (1979-1990) y el drama de la familia real con la serie The Crown, el gobierno de Boris Johnson ha vivido su propia teleserie por varios conflictos al interior del número 10 de Downing Street, al tiempo que el Partido Conservador prepara una suerte de revolución estatal, que ya ha despertado cierta preocupación.

El drama estalló el viernes 13 de noviembre cuando “Bojo” despidió a su más alto asesor, Dominic Cummings, el estratega de la exitosa campaña del Brexit en 2016 y las elecciones generales de diciembre del año pasado. Su salida habría sido orquestada por el triunvirato compuesto por Allegra Stratton, la secretaria de prensa del premier; Munira Mirza, jefe de políticas y la novia de Johnson, Carrie Symonds, quienes no solo rechazaban los modales de Cummings, sino que también su “radicalismo”. Además, se especula que su renuncia se debió a una pelea para asegurar el máximo acceso al primer ministro con el fin de influenciar la dirección política del gobierno.

En medio de este torbellino incluso se señaló que era Symonds, de 32 años, quien alguna vez fue la directora de comunicaciones del Partido Conservador y asesora de varios políticos, quien realmente mandaba en Downing Street.

Como ejemplo de la mala relación en el gobierno, la prensa local dio a conocer que Cummings y sus aliados utilizaban tres emoticones para referirse a ella: la cabecita de una princesa rubia seguida de dos manís, como diciendo la “princesa loca” (el plural de nut o frutos secos significa “loco” en inglés). O la mencionaban usando el seudónimo de Cersei (Lanister), en alusión a la malvada reina consorte de la serie Juego de Tronos.

Dominic Cummings. REUTERS/Peter Nicholls

En general la salida de Cummings, que fue muy celebrada al interior del Partido Conservador, fue interpretada como la voluntad de un nuevo comienzo. Johnson se comprometió a reconciliarse con los miembros del partido, recuperar la identidad de la colectividad y terminar la guerra contra las instituciones, como el cuerpo de funcionarios públicos, e incluso la cadena BBC. En esa línea, el jueves nombró a Dan Rosenfield, exfuncionario del Tesoro, como su nuevo jefe de personal.

Pero las cosas no han ido bien: el gobierno tuvo que hacer frente a las acusaciones de acoso laboral contra su ministra del Interior, Pitri Patel, pieza clave del ala dura de los tories.

Brexit y coronavirus

A ello se suma que las negociaciones con la Unión Europea por el Brexit se encuentran en la cuerda floja. Mientras el plazo final del 31 de diciembre para conseguir un acuerdo está cada vez más cerca, Johnson debe elegir entre aceptar concesiones o una ruptura, con el riesgo de un choque económico devastador en plena pandemia.

Como si no fuera suficiente, el ministro de Hacienda, Rishi Sunak, fue el encargado el miércoles de anunciar lo que nadie quería escuchar: Reino Unido se enfrenta a una gigantesca “emergencia económica que apenas acaba de comenzar”. El gobierno terminará el año con un nivel de endeudamiento (440 mil millones de euros en 2020) como no se conocía desde el final de la Segunda Guerra Mundial, una caída del PIB de del 11,3% (nunca visto en 300 años) y los efectos de la crisis perdurarán hasta 2025. Sunak fue el encargado de explicar que las promesas electorales del Partido Conservador tendrán que esperar y que ya comenzaron los recortes, como el del sector de ayuda al Desarrollo Exterior, de unos 4.500 millones de euros, que se destinará a paliar los estragos que el coronavirus ha ocasionado en el norte de Inglaterra. En esta región -conocida como la muralla roja- Johnson prometió inversiones en infraestructuras y tecnología, y a nivel electoral fue clave porque en 2019 le permitió obtener la mayoría parlamentaria.

El primer ministro británico, Boris Johnson, observa una máquina de diagnóstico por PCR con la científica biomédica Jodie Owen, a la izquierda, en un laboratorio durante una visita al sitio de Public Health England en el parque científico Porton Down cerca de Salisbury, en el sur de Inglaterra, el viernes 27 de noviembre de 2020. ( Adrian Dennis / Pool vía AP)

La transformación tory

A su vez, las tensiones con Edimburgo han ido en aumento luego de que el premier afirmara que la descentralización de Escocia fue “el peor error de Tony Blair” (que impulsó el proceso conocido como Devolución, que entregó poderes a Gales, Escocia e Irlanda del Norte). Esto no cayó bien entre los escoceses y muchos temen que ayude solo a encender los ánimos independentistas. Es más, uno de los mayores problemas que “Bojo” enfrentará el próximo año serán las elecciones parlamentarias escocesas del 6 de mayo, en las que se espera que el Partido Nacional Escocés consiga la mayoría, demandado un nuevo referendo secesionista.

Como broche de oro, está la gran revolución tory, maquinada por Cummings y que el partido piensa llevar adelante. En su edición de la semana pasada, The Economist da cuenta de este plan delineado en el manifiesto de 2019 y que busca “debilitar los límites judiciales, políticos y administrativos que han puesto en el Poder del Ejecutivo”. Según la publicación, en las próximas elecciones, los ministros tendrán control sobre más políticas, disfrutarán de más discreción y enfrentarán menos restricciones. A juicio de Meg Russell, directora de la Unidad de Constitución del University College London, se trata de un “retroceso democrático”.

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