El condominio de Bilz y Pap: Cómo uno de los proyectos emblemáticos de Las Condes enfrenta la polémica por las viviendas sociales

Tienen más de 27 años y están ubicados a unas cuadras de donde hoy se desarrollan las protestas contra la construcción de departamentos para familias vulnerables. Los habitantes de Bosques de la Villa I no cuelgan la ropa en la ventana ni “se toman” las calles aledañas para escuchar música. Pero aunque han logrado convivir en armonía con sus vecinos más acomodados, su mundo sigue siendo muy distinto.


El condominio Bosques de la Villa I, ubicado en Vital Apoquindo con Alexander Fleming, es uno de los proyectos de viviendas sociales más emblemáticos de Las Condes. En sus 22 bloques viven más de 1.500 personas distribuidas en 445 departamentos de no más de 43 metros cuadrados. Pintados de color rojizo y mostaza, se ganaron rápidamente el apodo por el que se les conoce hoy entre sus mismos vecinos y quienes prestan servicios en el sector: los edificios “Bilz y Pap”.

En buena medida, es un ejemplo de lo que podría pasar con el proyecto que el alcalde Joaquín Lavín pretende edificar en el sector de la rotonda Atenas: un conjunto habitacional que está emplazado en medio de las principales calles de la zona oriente de Santiago, en una ubicación privilegiada bien conectada con otros puntos de la capital, y que comparte barrio con otros condominios cuyas propiedades les quintuplican en el precio.

Pero a la vez, es también una postal que revela el contraste socioeconómico que existe en Las Condes, y que cada tanto sale a luz visibilizando a los vecinos más vulnerables de la comuna.

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Diez personas distribuidas en 43 metros cuadrados.

Durante más de 20 años Angélica González, dirigenta vecinal del condominio Bosques de la Villa I, vivió en condición de hacinamiento junto a sus familiares. Desde la inauguración del proyecto habitacional, en 1991, hasta hace unos pocos años convivió junto a su madre -propietaria del inmueble- hermanos, hijos y sobrinos.

Entre todos se las arreglaron para compartir sus sueldos, pero también las dos habitaciones, el único baño, la cocina y el living comedor de su departamento ubicado en el block 5. “Nos arreglábamos con camarotes”, dice la dirigenta, restándole cualquier dramatismo a la situación.

-Nuestra familia es súper unida pero hoy se han ido varios. Quedamos apenas cinco y eso se siente raro- agrega.

Angélica nunca ha sentido rabia al ver, por ejemplo, que a unos pocos metros de su departamento, arriba de los cerros, hay casas de más de 250 metros cuadrados donde las familias viven con todas las comodidades.

Porque, como ella misma menciona varias veces, es nacida y criada en Las Condes y en muchas ocasiones, por sus trabajos esporádicos, le ha tocado ver de cerca la realidad de los vecinos más acomodados.

Pero, además, porque más allá del tamaño de la vivienda, para ella el solo hecho de ser parte de la comuna es un motivo de orgullo, por la lucha familiar que representó.

-A mi mamá le costó casi 10 años que le saliera este departamento. Me acuerdo que se puso tan feliz porque nos íbamos a quedar en Las Condes. Es que acá tenemos muchas garantías, muchos privilegios-, explica Angélica.

-¡Cuántas veces nos tuvo que dejar encargados a mí y a mis hermanos para salir a trabajar!- agrega.

Angélica enumera rápido los beneficios de los que goza los vecinos: la Nueva Clínica Cordillera -donde pueden acceder personas en situación de vulnerabilidad social, debidamente acreditadas- y consultorios de primer nivel, colegios municipales con excelencia académica como el Liceo Santa María de Las Condes que promedió 592 puntos en la PSU 2017, buena conectividad con distintos puntos de la capital, áreas verdes, seguridad ciudadana, una farmacia popular conocida como el Botiquín de las Condes, y oportunidades laborales bien remuneradas.

Condiciones que han permitido encabezar a Las Condes, por tres años consecutivos, el Índice de Calidad de Vida Urbano elaborado por la Cámara Chilena de la Construcción y la Pontificia Universidad Católica.

En todo caso, eso no significa que todo sea perfecto, o que quedarse en Las Condes tenga sólo puntos positivos. Por ejemplo, el supermercado puede ser hasta un 50% más caro en algunos productos sólo por estar instalado en la comuna, un obstáculo que duele especialmente a familias que ganan el sueldo mínimo.

Esto perjudica a las familias de menores ingresos. La Encuesta Casen 2015 reveló que en la comuna existe un 0,6% de pobreza por ingresos y un 4,8% de pobreza multidimensional (que considera salud, educación, trabajo y previsión social, vivienda y entorno y redes y cohesión social).

-Uno apenas alcanza a comprar un par de cosas-, dice Mirtha, una vecina que improvisadamente se suma a la conversación, y que se ha dedicado a comparar los precios entre distintos supermercados de Santiago.

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-Mire, éste es el reportaje del que le hablé.

Angélica González se para y camina hasta el diario mural que está instalado en una de las paredes blancas de la sede social en la que está conversando. Con uno de sus dedos indica una hoja de diario amarillenta. Corresponde a una nota titulada “Compartir el Barrio”, que en 2015 publicó La Tercera, y en la que relató cómo dos grupos sociales opuestos coexisten sin mayores inconvenientes en la comuna.

Una realidad que hoy está siendo cuestionadas por algunos vecinos que se oponen a que se construyan nuevas viviendas sociales y cuyo caso más emblemático es el de la Rotonda Atenas.

Pero Angélica casi no habla del texto. Le interesa mostrar la foto.

-Mire ahí esas casas

Los protagonistas de la imagen son los 22 edificios que componen el condominio Bosques de la Villa I. Atrás de estas construcciones apenas se divisa el cerro.

Pero es a ese cerro donde Angélica quiere dirigir la atención. Con su dedo, indica unas propiedades que al mirarlas de cerca destacan por su grandes ventanales.

-Esas casas cuestan más de 400 millones de pesos-, asegura.

Angélica González, presidenta de la junta de vecinos Bosques de la Villa I

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-“¡Se van a adueñar de las calles!” “¡Vamos a tener ropa tendida por todos lados!”

La frase la dijo ante las cámaras de televisión un furioso vecino de Las Condes mientras respondía al periodista por qué estaba en desacuerdo con la construcción de viviendas sociales en Rotonda Atenas.

Pero los vecinos del condominio Bosques de la Villa I no tienen esa práctica. Lo acordaron en 1991 cuando establecieron el reglamento interno que rige hasta el día de hoy la convivencia entre los propietarios.

Un recorrido rápido por el condominio permite ver instalado en el primer piso -escondido detrás de un árbol- un tendedero de ropa de forma circular.

Carlos Díaz (54), dirigente del primer comité de allegados de Las Condes, participó en varias de estas primeras decisiones que tomaron en conjunto.

Díaz conoce bien el proyecto: no sólo organizó a los vecinos para que postularan a este proyecto habitacional, sino también inspeccionó personalmente las obras de construcción antes de que fuera entregado.

A él no le sorprende que algunos propietarios de la comuna estén temerosos con la llegada de nuevos vecinos. Dice que en 1991 ocurrió lo mismo, cuando los habitantes de un condominio de calle Fleming tampoco miraron con buenos ojos que se instalará el conjunto Bosques de la Villa I a unas pocas cuadras de sus casas.

-Nos veían como delincuentes. Pero con el tiempo les demostramos que nosotros no éramos así-, recuerda.

Como los vecinos sentían presión sobre sus espaldas, acordaron rápidamente un reglamento que,entre otras cosas, prohíbe poner la música fuerte después de las 2 de la mañana.

En paralelo organizaron su junta de vecinos y varios comités para comenzar a postular a distintos proyectos sociales que han mejorado las condiciones de vida de sus habitantes. Los cambios entre 1991 y hoy son notorios.

Actualmente el condominio está rodeado por rejas y cuenta con conserje, guardias de seguridad -o patrulleros-, un administrador de edificio, una sede social, y cuenta con financiamiento para realizar numerosos talleres para los vecinos. También tiene luminarias y cámaras de seguridad para evitar los robos. Proyectos que son subsidiados principalmente por el municipio.

-Aquí se paga una cuota mensual de $10.000, pero no alcanza para costear todos los gastos, por eso postulamos a las iniciativas de la municipalidad- explica la dirigenta Angélica González.

Para muchos de los vecinos, pagar significa un esfuerzo importante en su economía familiar.

-Acá hay familias que apenas llegan a fin de mes porque ganan el sueldo mínimo-, sostiene la presidenta de la junta de vecinos.

Pese a eso, su balance es que la organización ha funcionado.

-Les hemos dado una lección a todos los que no creían en nosotros-, agrega Carlos Díaz.

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María de los Ángeles Morandé es socióloga, máster en Desarrollo Urbano de la Pontificia Universidad Católica, y autora de la tesis publicada en 2007 que tomó al condominio Bosques de la Villa I como un caso de estudio de las posibilidades de integración de grupos sociales distintos en una ciudad segregada como Santiago.

Este estudio fue el que citó La Tercera en la nota periodística que publicó en 2015 y que la dirigenta vecinal Angélica González exhibe orgullosa en su diario mural.

-Los vecinos de Bosques de la Villa I y los otros condominios sociales que se encuentran en este sector de Las Condes están insertos en una red de beneficios que les entrega la ciudad que se llama “geografía de oportunidades” que les brinda vivir cercanos a grupos de altos ingresos y en una comuna de altos recursos-, señala Morandé.

La socióloga concluyó que la convivencia en esta comuna era posible por las condiciones que proveía la municipalidad, como los guardias o conserjes antes mencionados, pero también, de los subsidios al hermoseamiento de la zona, la buena calidad del mobilario urbano y la estética de los condominios sociales que no es muy distinta a la de otros edificios de altos ingresos.

-Creo que estos factores se están tomando en cuenta en el proyecto de vivienda de Rotonda Atenas, por tanto debiera ser exitoso en ese sentido, así como tradicionalmente ha sido la convivencia de grupos de bajos y altos ingresos en la comuna.

Aunque los habitantes de viviendas sociales -como Angélica González y Carlos Díaz- sienten que tienen los mismos privilegios que sus vecinos más acomodados, la interacción que mantienen estos grupos es sólo funcional.

-Es a través del trabajo o del consumo, pero no hay una vida de barrio o instancias de interacción comunitaria en el sentido de pertenecer a un mismo grupo. Y aunque se encuentren con el otro en el supermercado, en el mall, o en la calle, esa no es una condición suficiente para tener una identidad en común o sentirse parte de una comunidad-, plantea Morandé para ratificar su punto.

Por eso a la socióloga no le sorprende el rechazo de un grupo a la construcción de nuevos proyectos sociales en Las Condes.

-Me parece que es parte del miedo al otro que persiste en nuestras ciudades, al considerar a grupos de menores ingresos como una amenaza y también el temor a que se devalúen las propiedades. Ambas cosas, en esa comuna, la evidencia ha demostrado que son reversibles-, sentencia.

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Laura Tobar (26) se suma a la conversación de manera improvisada. Junto a su pequeña hija, Fernanda (3), y su madre Mirtha llegaron a cobrar el arriendo del departamento que funciona como sede social de la junta de vecinos, donde se desarrolla esta entrevista.

Mirtha lo adquirió en 1991 -como casi todos en el condominio- pero hoy lo arrienda a la junta de vecinos, que a la vez lo costea a través de un subsidio municipal.

Luisa se integra rápido a la conversación. Está molesta por las declaraciones que han salido en la prensa en contra del proyecto que el municipio levantará en la Rotonda Atenas porque es una de las postulantes.

Es técnica en párvulos, pero dejó de trabajar hace algunos meses porque su hijo mayor, Francisco (6), fue operado del corazón. Para no seguir teniendo problemas por su recurrentes ausencias en el jardín infantil donde se desempeñaba, optó por renunciar y vivir junto a su madre e hijas en la casa de su abuela.

-Yo no podría irme a vivir a otro lado. Acá tengo las mejores oportunidades laborales de todo Santiago. Además está mi red de apoyo ¿Quién me cuidará a mis hijos?- se pregunta.

Laura no quiere que le pase lo mismo que a su hermano mayor, ingeniero en geomensura, que no logró que ningún banco le otorgara un crédito hipotecario porque sus trabajos son esporádicos. Postuló a un subsidio y le entregaron en otra comuna.

-Uno no quiere ni destruir ni tirar para abajo la comuna. Es una de las que tiene mejor nivel de vida y aunque hay robos o portonazos, los delincuentes no son de acá. Vienen de otros lados- aclara.

La técnica en párvulos no entiende los prejuicios. Laura siente que es tan vecina de Las Condes como las personas que se quejan por la construcción de viviendas sociales.

-¿Quiénes son ellos para dejarnos afuera a nosotros?- se pregunta.

-Es absurdo que a uno no le den las oportunidades de surgir- agrega, mientras se pregunta por qué hoy los vecinos más acomodados cuestionan una realidad que ha existido en su comuna durante años, pero que parecía ser invisible, más allá de que existiera en un espacio tan nítido como los edificios con los colores de Bilz y Pap.

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