“Soy una esponjita de todo” y la pelea a muerte con su madre: El manifiesto de Nicolás López en mayo de 2015

Autor: Tamy Palma

El hoy cuestionado director de Cine abordó diversos temas, como la relación con las mujeres, en las páginas que Reportajes publicó el 10 de mayo de 2015. Revive las frases del realizador.


En las páginas impresas del suplemento Reportajes del 10 de mayo de 2015, el protagonista de la sección Manifiesto fue Nicolás López, quien hoy está en la mira por las acusaciones de acoso laboral y abuso sexual en su contra que se revelaron este sábado. Y en aquella oportunidad, el director de cine abordó diversos tópicos: desde su relación con las mujeres hasta varios eposodios polémicos como aquella vez en que se peleó con su madre siendo niño.


En 1995 me peleé a muerte con mi mamá. Ella siempre me llevaba comida al colegio, pero yo quería ser parte de los cool que comían en el casino. Un día quedamos en que nunca más me llevaría termo. Acto seguido: mientras hacía la fila en el casino con mis compañeros, una auxiliar me dijo frente a todos que mi mamá me estaba esperando con termo a la entrada del colegio. Enojado, fui y le pregunté por qué me llevaba el termo y por qué me había mandado a buscar. Ella me dijo que le había dado pena no llevarme comida. Discutimos un rato, hasta que enfurecido tomé el termo, lo abrí y se lo di vuelta en la cara. Le dije que me dejara tranquilo. Fue una cosa horrible. Ese mismo día me regaló Woody Allen en imágenes y palabras, que es un libro de fotos y frases de Woody Allen. Eso cambió mi vida. A los 12 estaba leyendo cosas de sexo, política, de cómo entender el amor. Mi mamá entendió que yo era más agudo nomás, y se lo agradezco. Ella siempre me apoya en todo.

De chico busqué diferenciarme. Era fanático de la subcultura y me gustaba escuchar discos que no eran los que vendían en la Feria del Disco. El Cine Arte Alameda y el Portal Lyon fueron lugares donde pasé gran parte de mi adolescencia. Me gustaba leer cómics y ver películas que no tenían que ver con el circuito comercial de esa época. A los 12 años entré a la Zona de Contacto. Me sirvió, porque descubrí que había gente -que yo veía como héroes- que hablaba mi mismo idioma. Al poco tiempo empecé también a hacer mis primeros cortos. Ahí encontré mi lugar en el mundo. Me formé en una época de pre-internet, donde uno se esforzaba por conseguir contenido interesante.

Voy a terapia desde que tengo uso de razón. Empecé a ir porque no me juntaba con mis compañeros y estaba encerrado en la biblioteca del colegio leyendo. La terapia es maravillosa, horrible y todo a la vez, pero encuentro que uno tiene que hacerse cargo de lo que le pasa en la cabeza. También he ido cambiando de terapeuta y de métodos. He pasado por casi todos los tipos de terapia que se pueden hacer. Es por esos dramas que hago comedia, porque para mí siempre ha sido una forma de entender las relaciones amorosas, entender los problemas, entender que cuando una cosa es horrible en la vida me voy a poder reír de lo que está pasando.

Nunca me ha pasado algo tan terrible. Nunca me violó Karadima, por ejemplo, pero cuando uno es distinto en términos de sensibilidad y de que te interesan otras cosas, hay un tema fuerte con sentirse solo, y a veces eso es más terrible que algo que te pueda pasar de manera más concreta. Cuando no existía el mundo de las redes sociales y de conexión tan veloz, la soledad se vivía de una forma mucho menos digital y más tangible, y eso fue lo que me tocó vivir a mí: tener que arreglármelas solo.

El mayor fracaso de mi existencia ha sido Santos, mi segunda película. Fui el mayor perdedor en la historia del cine en español. No existe más fracaso después de eso. Fue duro, porque cuando tienes 25 años y todos te dicen que eres exitoso y un genio, el golpe es mucho más fuerte. Además, vi a mucha gente esperando mi caída. Pasar de ser eso a ser la mayor basura y porquería fue, contradictoriamente, maravilloso. Quiero mucho más mis fracasos que mis éxitos. Finalmente, el éxito sólo significa que estás haciendo las cosas bien. Es como que te encuentren bonito o simpático, pero no vas a aprender nada de eso.

El problema que tuve cuando me dio por tuitear cuánto me cobraba Roxana Miranda por hacer el aseo en mi casa me hizo reflexionar sobre los tiempos demasiado políticamente correctos en que vivimos. Todo el mundo se siente con la necesidad de enjuiciar valóricamente cualquier tipo de comentario. Uno puede hacer cualquier chiste mientras sea bueno. Este no fue particularmente bueno, pero hice los mismos chistes de Matthei, Bachelet y Sfeir. Estaba viendo el debate y escribiendo estupideces. No entiendo cómo alguien puede tomar en serio a alguien tan tonto como yo. No puede ser que te tomes en serio un tuiteo. Si yo pensara esas cosas de verdad, nunca las diría.

Nunca he ido a votar. No tengo ninguna razón de peso más allá de que soy un tarado. Sé que debería hacerlo, pero no lo hago. Tampoco es que esté ni ahí con asuntos públicos, porque me importan las cosas que pasan, pero nunca me ha llamado la atención ir a votar. Es totalmente políticamente incorrecto asumirlo, porque ahora todos quieren estar súper comprometidos con todo, pero prefiero decir la verdad: no voto.

Soy extremadamente tierno, casi como un osito. Soy muy pareja de mis parejas. He tenido dos relaciones largas: una de dos años y medio, y otra de cinco años. Con ellas he sido muy cariñoso. A mí me interesa mucho la dinámica que se da entre hombre y mujer, y me interesa cada vez empezar a trabajar en esos temas que para mí terminan siendo propios. Es que soy muy, pero muy sensible; siento mucho, soy una esponjita de todo. Tengo que controlarlo, porque si te tomas todo en serio es brutal, sobre todo si estás en un negocio donde estás constantemente pidiéndole a la gente que te quiera.

Soy súper egocéntrico. No creo que sea de una forma negativa, porque el ego es uno: si no creo en mí nadie más lo va a hacer por mí. Antes me importaba y me dolía mucho lo que se pudiera pensar o decir de mis películas, de lo que hago, de si soy o no talentoso o si era un imbécil. Eso lo he soltado totalmente. Desde que descubrí que era feliz, ya no son cosas que me importan. No tengo ninguna razón para ser infeliz. Puedo estar con el corazón roto, puedo estar despechado, pero esos son sentimientos pasajeros, no perturban mi felicidad.

No consumo drogas. Me cuido de esas cosas, porque tengo una personalidad adictiva. Probablemente, si probara la cocaína terminaría como Lindsay Lohan. Tampoco fumo marihuana, porque me dan crisis de pánico. Soy sano. Trato de cuidarme de cosas en las que puedo caer con locura. Y con el copete, que es algo no tan terrible, no tengo mucha relación. No tomo mucho, porque me da lata andar borracho. Tomo en algunas circunstancias, pero tampoco en exceso. Es que me obsesiono con las cosas. Hoy en día, por ejemplo, mi gran obsesión es el gimnasio.

Pasé por muchos procesos para de dejar de ser una vaca. Fui, realmente, un drogadicto de la comida. Eso tuvo mucho que ver con mi vanidad, con hacer un quiebre y un cambio de vida. Soy vanidoso, obsesivo; súper obsesivo. El peso para mí siempre fue un tema, porque no entendía por qué no podía bajar de peso. Los que logran naturalmente bajar es porque se sienten mal o las minas no los pescan, y yo no tenía esos problemas, todo lo contrario. No entendía por qué yo no me podía ganar a mí mismo. No entendía por qué yo, que podía filmar una película de cinco millones de dólares, no podía bajar ni un solo gramo. Ahí decidí hacerme una manga gástrica. Por un lado pensé que era lo más loser del mundo, pero ahora me siento un bacán.

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