¿A quién le importa la ciencia en Chile?

Autor: Gabriel León


EL AÑO 2007 se puso en funcionamiento el Large Hadron Collider (LHC), uno de los instrumentos científicos más sofisticados y costosos que el hombre ha construido. Con un costo total cercano a los US$ 6.400 millones, fue financiado con dinero de los impuestos de varios países de Europa. Durante la conferencia de prensa en la que se dio a conocer la entrada en operaciones del LHC, uno de los periodista realizó una pregunta bastante incómoda: ¿Cuál es la utilidad del LHC y cómo se justifica el gasto de tal cantidad de dinero? El Dr. David Kaplan, director del proyecto, contestó con toda sinceridad: “No lo sabemos”.

Efectivamente, ese proyecto no tenía como objetivo generar energía o mejorar la vida de las personas; se trataba de un proyecto de ciencia fundamental que pretendía averiguar más sobre el origen y composición de la materia en el Universo. ¿Qué utilidad tiene saber más sobre esto? Bueno, es parte fundamental de la naturaleza humana querer saber más. Sin embargo, muchas veces hemos encontrado las respuestas a ciertos problemas sin estar buscándolas. Basta mirar a la NASA: decenas de inventos que fueron concebidos para la carrera espacial se han convertido en “subproductos” que ahora forman parte de nuestra vida cotidiana, como filtros de agua, termómetros digitales, detectores de humo y aislantes térmicos, entre muchos otros. Es justamente la curiosidad por entender mejor a la naturaleza, la que ha llevado al hombre a buscar soluciones para los problemas que se ha topado en el camino y, de paso, han impactado de manera positiva en la vida cotidiana. En este contexto, es muy probable que en algunos años usemos tecnologías que originalmente fueron concebidas para el funcionamiento del LHC.

De esta forma, es necesario que quienes toman las decisiones sobre el gasto en ciencia se den cuenta de que se trata de una inversión necesaria y útil: cultivar la curiosidad puede ayudar a resolver las preguntas más fundamentales del hombre y, de paso, mejorar nuestras vidas. Algo que parece justificar largamente la inversión, sobre todo cuando se piensa que Brasil gastó US$ 14.000 millones en organizar el mundial de fútbol del año pasado: dos mil millones por cada gol que Alemania le convirtió en semifinales. En este contexto cabe preguntarse si al Estado de Chile le interesa resolver los problemas que la economía, la medicina, el medioambiente y la sociedad, en general, enfrenta. Seguimos dependiendo fuertemente de la extracción y venta de recursos naturales casi sin valor agregado; tenemos problemas de salud propios cuya solución no saldrá de laboratorios en EE.UU., Europa o Japón. Nuestra agricultura enfrenta desafíos enormes asociados al cambio climático y nos hemos propuesto ser una potencia agroalimentaria, pero poco hacemos al respecto. ¿Podemos cambiar esto? Será muy difícil, considerando que somos el país de la OCDE que menos invierte en I+D (sólo un 0,38% del PIB).

En este preocupante escenario, la renuncia del presidente de Conicyt no es más que la última señal de alerta. Llegó la hora de tomar en serio a la ciencia y a los investigadores, los que podrían ayudar a resolver los desafíos que Chile enfrentará en el siglo XXI.

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