Antonio Skármeta: "Hoy me siento un escritor como tantos otros que trabaja en privado"

Un día después de recibir el Premio Nacional de Literatura, el autor habla de su trayectoria y sus nuevos proyectos.

Dice que no tenían nada preparado. Ni un canapé. Se lo habían dicho varias veces, era el favorito, pero Antonio Skármeta (73 años) sospechaba que otros cinco postulantes también podrían haberse quedado con el Premio Nacional de Literatura. La noche del viernes terminó improvisando un asado en su casa con 50 amigos que llegaron para celebrar el triunfo. El autor de El cartero de Neruda ha recibido muchoos premios, de la Medalla Goethe en Alemania al Medicis en Francia, pero este, dice, fue especial. 

“Para un escritor el reconocimiento simbólico del estado de su país es una sensación muy agradable. Es como que se sellara un pacto de cariño mutuo y le hace muy bien a los escritores, que generalmente somos personas sensibles”, dice Skármeta ante un capuccino en el restaurante Le Flaubert. 

Minutos antes, el escritor tuvo un encuentro inesperado en la librería Qué Leo de Pedro de Valdivia. Después de hablar con TVN, se encontró de frente con el Nobel sudafricano J. M. Coetzee, que pasa por Santiago para visitar Chiloé. Se saludaron, pero el parco autor de Desgracia no se unió a los saludos y felicitaciones de la gente. Varios les dieron las gracias, muchos le pidieron fotos. En el ambiente literario, sin embargo, lo halagos han sido escasos y las críticas abundantes (ver recuadro). El responde haciéndole honor a su reconocido entusiasmo.  

“Es absolutamente legítimo que la gente tenga opiniones distintas, que le guste un autor más que otro”, dice Skármeta. “Es fantástico que haya una variedad de expresiones y me interesa y me gusta la pasión con la cual los lectores defienden a sus autores preferidos”, agrega cerrando el tema. 

Lo más cerca que ha tenido Chile a la celebridad cultural desde los 90, sobre todo por su rol El Show de los Libros, Skármeta recuerda que en esos días en televisión lo movía una función cívica: “Sentía que mi función ciudadana era ampliar los espacios de la pantalla. En ese momento estaba tan cerrado el espacio público”, dice. Y al instante asegura que no lo han llamado a la TV y que tampoco volvería. “Ahora me estoy expresando literariamente, con la paz que da la literatura, todo lo que agita mis pensamientos. Hoy me considero un escritor como tantos otros que trabaja en privado”. 

En esa calma, el autor de Desnudo en el tejado ha escrito en los últimos años dos volúmenes de cuentos y trabaja en la novela que cerrará la trilogía de La boda del poeta (1999) y La chica del trombón (2001). No está apurado, no tiene fechas para publicar. Está entusiasmado con la adaptación al cine que hará el actor brasileño Selton Mello de su novela Un padre de película. “Se va a filmar en 2015 en Brasil. En el rol protagónico seguramente va a estar un actor norteamericano”, cuenta.

No es la primera vez que Skármeta llega al cine, la más famosa terminó como Il Postino (1994), de Michael Radford, casi por una casualidad: en 1993 le llegaron simultáneamente tres propuestas para adaptar al cine la novela que en ese entonces se llamaba Ardiente paciencia. Una fue de un director estadounidense poco conocido, el otro de un brasileño que proponía en el rol de Pablo Neruda a Anthony Quinn. Skármeta prefirió el proyecto de Radford porque le gustaba su obra.

¿Qué tan importante ha sido en su carrera esa película? 

Tiene harta importancia, tuvo divulgación internacional. Tuvo cinco nominaciones al Oscar y una crítica deslumbrante. Y, lo más importante, fue una película que se quedó grabada en la gente. Pero pongamos las cosas en su justa proporción. Cuando la película se hace mis libros estaban traducidos a 15 idiomas, incluido El cartero de Neruda. El efecto que tuvo la película fue muy grande y muy inmediato: al año siguiente los idiomas saltaron a 25. Fue una tremenda vitamina, pero sobre una atleta que ya estaba corriendo. 

¿Qué tan cercana fue su relación con Neruda?

No abundante, pero cálida, de mucho humor, con mucho juego de palabras. Lo visitaba en la playa, comíamos, no hablamos ningún tema profundo o pedante. Esa relación concreta que yo tenía con Neruda contagia el ambiente de El cartero de Neruda. 

En esos años, fines de los 60, usted encabezó una nueva camada de narradores que cerraron el ciclo de la Generación del 50, de Donoso, Edwards, etc. 

La generación de los 50 tiene múltiples méritos. Su sello es más culto, un espacio solemne. Sus grandes asuntos eran el deterioro, la decadencia corporal, la debilidad física o mental, la tormentosa diferencia de clase entre servidumbre y patrones. En mi generación se mezcla todo, tiene una múltiple cabida democrática. Usando una imagen sencilla, su espacios eran opacos, encerrados, atormentados y lo que yo sentía a mi alrededor era un mundo vibrante, que inauguraba algo nuevo. Lo mío era una literatura de la acción y de la libertad, y su lenguaje era alborotado. Nada formal. 

Pero ese mundo vibrante terminó con el Golpe de 1973. Usted luego sale al exilio. 

Mi experiencia que culmina en esta libertad literaria viene del deseo de profundizar la democracia de Allende, de la influencia del movimiento hippie… Todo eso era otra cosa. Que eso haya conducido a la tragedia que condujo claro que me golpeó. Pero yo parto al exilio nutrido de Chile. De la infancia, del amor, de mi generación que adoré, de mi debut literario, del Premio Casa de Américas. Me voy con la sensación de que mi confianza ilimitada en el ser humano se relativizaba. Había mucho pato malo que yo no había visto. 

¿Cómo se tradujo eso en sus libros?

En el exilio se me crea una conciencia aguda a las personas más vulnerables. Grupos masivos de inmigrantes de diferentes exiliados, argentinos, uruguayos, brasileños, africanos, de los socialismos reales se encontraban en Berlín occidental, donde yo vivía. Hervía una sociedad que había sido expulsada fuera de sus patrias. Cambió mi sensibilidad. Es en esas circunstancias que nace la emoción de escribir El Cartero: recuperar emocionalmente el modesto paraíso que yo había perdido, que era el Chile democrático. Nada más significativo, pensé, que hacer esta locura de unir un simple joven sin mayor cultura, pero con el ímpetu democrático chileno, con un gran poeta de fama universal. Dije, voy a relacionarlo y ver si de esta relación saltan chispas. Creo que saltaron. 

¿Qué ha cambiado en la sociedad chilena para que un programa como El Show de los Libros hoy sea impensable en la televisión?

Es un tema complejo. Creo que en la concepción del mundo hay tipos de imaginación: la imaginación política, la empresarial, la comunicacional y hay una imaginación artística. Y esa está desplazada o muy menguada por quienes llevan los canales de televisión. La televisión es un invento relativamente nuevo, pero actúa como un anciano achacoso. En TVN prima la imaginación política, que dice que lo esencial es buscar la objetividad, darle voz a todos los partidos políticos. Y en ese enredo, algo tan necesario como la libertad para imaginar está acotada por distintos tipos de temores. Está inhibido el aparato cultural expresivo. 

Más allá de la situación televisiva, ¿no cree que el libro y la literatura ha perdido importancia en el país?

Creo absolutamente que no. El libro en manos de los jóvenes, de los universitarios, de los secundarios, es un objeto inmensamente apreciado.  Aquellos que leen no lo hacen para estar instruidos, sino que buscan en la literatura inspiración para vivir más intensamente. El libro, independientemente de su presencia en la televisión, está encontrando sus caminos. La oferta salvaje comunicacional actual tiene una réplica en las generaciones más jóvenes, que tienen una necesidad de intimidad, de pausa, de tregua, de autoconocerse, una ansia de espiritualidad, algo de esto alienta al movimiento estudiantil, y el libro es un compañero de ellos. El libro está bastante vivo. 

A estas alturas, tras este premio, ¿qué le ha dado la literatura?

Es como que me preguntaras qué me ha dado el corazón: la vida, po’. Es una vocación a la que tengo que servir con humildad y afecto.

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