Una banqueta plegable, pequeñita, como para ir de acampada.

Eso va en la parte exterior de todas las mochilas de las fuerzas especiales Jungla de la policía de Colombia que están en la base número 6, cerca de Necoclí, en la región de Urabá, en el noroeste del país.

Hasta allí viajé para ver de primera mano el operativo para dar con Dairo Antonio Úsuga David, alias Otoniel, uno de los más buscados criminales de Colombia.

Comenzó hace algo más de un mes y participan de él unos 1.200 hombres.

"Eso es una herramienta fundamental", me dice enjuto uno de los oficiales a cargo cuando pregunto con cara de sorpresa y media sonrisa acerca de la banqueta.

"En la selva no hay donde sentarse y estos muchachos pueden pasar muchas horas allí, esperando".

Esperando sentados. Una metáfora de la paciencia que es primera dama en este juego del gato y el ratón.

Otra: la larga fila de morrales siempre listos, alineados en la parte de fuera de la barraca de los comandos Jungla, como para que los hombres no pierdan un minuto cuando la espera se quiebre por la llegada una información, de algún dato, que pueda conducirlos a Otoniel.

Y otra más, el nombre de la operación: Agamenón.

"En griego antiguo significaba persistencia y decisión", explica el general Ricardo Restrepo, director de Antinarcóticos de la Policía y uno de los altos oficiales a cargo.

"Eso es lo que tenemos nosotros aquí".

Tres incursiones
La persistencia fue evidente mientras estuve en el caluroso y húmedo Urabá.

En una sola mañana realizaron tres incursiones en el terreno, quebrado, frondoso y falto de infraestructura.

Urabá es el hogar de Otoniel y de su clan, los Úsuga.

Primero fue un vuelo hacia un descampado para destruir una pista de aterrizaje clandestina y luego un allanamiento en una casa rural, en la parte alta de una colina, donde el helicóptero no pudo tocar tierra para dejarnos bajar y apenas se mantenía con un movimiento pendular, a metros de una arboleda.

Finalmente, una visita a la finca de uno de los lugartenientes de Otoniel, para buscar evidencia y tratar de recoger inteligencia. Cualquier información que sirva como pista para capturar a los miembros del clan.

La evidencia la buscaban los de la DIJIN, con sus chaquetas verde fluorescente, de la que no todos los agentes están convencidos por su pobre capacidad de camuflaje.

Son la policía que trabaja para la Fiscalía de Colombia en la recolección de pruebas para los casos judiciales.

Infiltraciones
La inteligencia, en tanto, está a cargo de la DIPOL.

Uno de sus agentes más experimentados habló con BBC Mundo bajo condición de que no se revelara su identidad.

Contó cómo uno de sus hombres terminó entrenando en el mismo gimnasio que la hermana de Otoniel, en la ciudad de Medellín, lo que les permitió indagar sobre las finanzas del grupo.

"Pudimos también obtener una persona muy cercana a ellos, que nos dijo cómo ellos estaban guardando la plata", contó.

Así lograron las capturas de más de 100 miembros del clan y la incautación de armas, granadas, toneladas de cocaína y dinero.

La casa de "El Indio"
En la finca requisada al final de la mañana se hizo evidente el dinero que maneja el clan, así como su contraste con la relativa pobreza de la zona.

Silencio: eso genera la mención de los Úsuga entre los locales.

"Yo conozco como dueño a don Eleazar, ese es mi patrón", me aseguró la mujer que decía ser la cocinera, mientras un hombre enmudecido no quitaba la vista de un televisor de LCD donde transmitían un partido de fútbol local.

La hacienda es enorme, con varias habitaciones y hasta un sauna, una idea poco atractiva con el calor y la humedad que ya de por sí otorga esta región.

En el gran terreno sobre el que se erige hay tres caballos, uno de ellos un pony que, de acuerdo con la policía, es un animal de raza que puede costar hasta 20 millones de pesos colombianos (más de US$7.000).

"Esta es de alias El Indio", me dice uno de los responsables de la operación. "Es el segundo cabecilla financiero de la organización".

"Está también huyendo, al igual que Otoniel. El gobierno ofrece por él hasta 550 millones de pesos, es decir hasta 250 mil dólares".

Según la policía, el hecho de que El Indio no pueda prácticamente estar en su finca tras haberse dado a la huida es prueba de que las autoridades tienen cercado al clan.

Lo mismo dicen de Otoniel.

Humo
Pero él conoce bien este terreno, se mueve sigiloso en la noche, evita usar medios electrónicos para comunicarse.

Como estrategia evasiva, los Úsuga también encienden fuegos para que el humo dificulte la visión desde los helicópteros y para cortar el acceso a ciertas zonas.

De acuerdo con la policía, esta técnica la aprendió Otoniel en su paso por la desaparecida guerrilla maoísta EPL, el Ejército Popular de Liberación.

Pero la estrategia fundamental es la colaboración de pobladores locales.

La clave son los llamados "puntos", que son personas ubicadas en lugares de buena visibilidad, generalmente en altura, que dan aviso cada vez que la policía se está acercando.

"A cada punto le pagan entre 200 y 400 dólares por mes", me dice uno de los oficiales.

Pero la policía colombiana también está invirtiendo fuerte en este operativo.

El general Restrepo estima que en los primeros 35 días ya habían gastado unos US$3 millones.

Un costoso y muy real juego del gato y el ratón.