Columna de Ernesto Ottone: Perdidos en la oscuridad

“Sperduti nel buio” (Perdidos en la oscuridad) era el nombre de una vieja película italiana de posguerra, dirigida por Camillo Mastrocinque y actuada por Vittorio De Sica, película dramática en la cual los personajes no encuentran una salida a sus tormentos.

En esa situación veo yo, por lo menos hasta ahora, a los partidos que conformaron la efímera Nueva Mayoría, pero lo más triste es que salvo contadas excepciones, tampoco sus dirigentes parecen buscar seriamente una salida a su inconfortable situación.

Los partidos políticos de la centroizquierda deberían después del aciago resultado electoral proponerse a pensar en grande, revisar las prácticas políticas que los hundieron, sus focos de atención, sus definiciones ideales, sus modos de actuar, incluso su lenguaje.

Pero no es eso lo que ha destacado en los foros partidarios, sino más bien una autocrítica casi burocrática y una ansiedad por crear rápido un nuevo armado a como dé lugar para hacer más bulto.

El gobierno, a su vez, podría inspirarse en la bella canción de Charles Aznavour “Il faut savoir” (Hay que saber), que en una de sus estrofas dice: “Hay que saber levantarse de la mesa cuando el amor se retiró”.

Es verdad que en este periodo demasiado largo de interregno es necesario seguir gobernando, pero tomando en cuenta que el soberano ya se pronunció y lo hizo de manera categórica, sería aconsejable que el gobierno no se agitara como coctelera legislativa antes de emitir el último suspiro.

Sería más prudente preparar un traspaso sereno y ordenado y reflexionar sin poner edulcorantes en la dimensión de la derrota.

En vez de ello estamos viendo gestos destemplados en los partidos de la difunta coalición, ajustes de cuentas que provocan desgarraduras, más cálculos aritméticos que discusiones de fondo y una preocupación exacerbada por los nombres de quienes podrían ocupar los cargos de dirección. Todo ello acompañado de súplicas de amor hacia la izquierda radical, que reacciona con altanería e indiferencia.

En vez de esa algarabía que sólo puede ahondar la imagen decaída de la centroizquierda, quizás sería mejor reconocer el fracaso, entender que el ciclo político virtuoso que se inició con la victoria democrática en los 90 terminó, en parte, por las mismas transformaciones experimentadas por la sociedad chilena, sumado a la incapacidad de cuidar y gestionar dichos cambios por quienes debían hacerlo.

Reina entonces tal confusión que es difícil hablar de la existencia de una centroizquierda, al menos tal como la conocimos.

Hoy parecen ser difíciles de superar las diferencias que existen en su interior frente a temas tan fundamentales como el concepto del método reformador, la relación entre ámbito público, mercado y sociedad civil, y las definiciones sobre que es ser en el siglo XXI de izquierda o de centroizquierda, socialdemócrata o socialcristiano.

Tales diferencias es mejor explicitarlas y expresar con coraje las distancias que existen sobre inspiraciones teóricas, visiones políticas y el tipo de sociedad que se quiere en el futuro, y admitir la existencia de identidades diferenciadas, aun cuando abiertas y no antagónicas entre sí y en base a esa claridad buscar acuerdos y establecer desacuerdos.

Tengo la impresión de que estas confusiones atraviesan todos los partidos políticos que se reconocen en el área de la centroizquierda.-

Ello me lleva a concluir que para que mañana puedan existir entendimientos quizás hoy se requiere más bien separación.

Existen muchos equívocos acumulados, hay quienes tienen una visión demasiado acrítica de nuestra economía de mercado y pasan por alto sus disfuncionamientos; otros tienen una confusión patagüina entre capitalismo y neoliberalismo, y consideran neoliberal todo lo que se mueve, convirtiendo esos conceptos en sinónimos.

Es muy legítimo que existan sectores de una izquierda radical que aspiran a terminar con el capitalismo, y que considerando que las experiencias del socialismo real terminaron muy desprestigiadas ya no hablen de revolución socialista, sino de algo más fumoso e indeterminado que llaman “posneoliberalismo”, cuyo contenido es más laxo, desconocido y vacío, pero que resulta más sexy y tranquilizador.

El reformismo clásico y moderno no se plantea la superación del capitalismo, le reconoce para el horizonte histórico que somos capaces de avizorar un rol necesario para la generación de riqueza y el dinamismo económico.

Sin embargo, se distancia de la doctrina neoliberal al considerar que el puro mercado no puede generar equilibrio económico, evitar crisis recurrentes y estructurar a través de su lógica el conjunto de la vida social, menos aún que es capaz de generar una sociedad con niveles de igualdad e inclusión aceptables.

Por ello, plantea su regulación desde el ámbito público, la generación de esferas en que predominen otras lógicas que ayuden a morigerar las desigualdades y su reproducción intergeneracional.

Para lograrlo se requiere un ámbito público moderno, con visión estratégica y una sociedad civil pluralista y activa, capaz de expresar sus aspiraciones.

Es con esta visión que el reformismo se separó históricamente de los proyectos revolucionarios y construyó el Estado Social europeo en sus varias versiones, el liberal, el corporativo y el socialdemócrata, de acuerdo a las ya clásicas categorías de Gøsta Esping-Andersen.

Más allá de las dificultades que enfrentan dichas experiencias, debido a los cambios en la economía mundial, los fenómenos demográficos y las turbulencias geopolíticas, sus realidades económico-sociales están por encima de todas las experiencias revolucionarias que terminaron, sin excepciones, en dictaduras políticas y bancarrotas económicas, teniendo que reinventarse en dictaduras con capitalismo como China o en democracias muy aproximativas con capitalismos algo atorrantes como en Rusia y algunos países del Este.

Las versiones del populismo neojacobino contemporáneo también han fallado en materia democrática o económica, o en ambas, constituyendo copias menos crueles del viejo socialismo, pero también más hechizas.-

Es necesario, entonces, que quienes se sitúen en el campo reformador defiendan con más orgullo sus convicciones y el valor de la reforma gradual, la necesidad de privilegiar los acuerdos sin renunciar al uso de la mayoría democrática frente al conservadurismo inmovilista.

Señalar con fuerza que prefieren que los inevitables conflictos sociales deben ser resueltos de preferencia a través de dialogo, y que la historia contemporánea muestra que este es el mejor camino para avanzar.

Esa posición reformadora existe en todos los partidos de la centroizquierda y también fuera de los ámbitos partidarios, en nuevas generaciones que no se sienten interpretadas ni por la derecha ni por la izquierda radical, pero que son muy críticas de las actuales prácticas partidistas.

Este debate u otros similares deberían alentar la reflexión actual para alcanzar definiciones más claras y desde allí ver cuáles son los acuerdos posibles para desarrollar caminos de progreso económico y social, capaces de impulsar nuevas prácticas políticas y construir mayorías durables.

Sin dudas que eso es más difícil que armar una nueva mazamorra con calculadora en mano y sumatorias de ambiciones de poder huérfanas de ideas.

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