El desconocido cerebro detrás del Ballet Azul

Hernán Carrasco (88) formó a la mayoría de los jugadores que integraron el equipo más emblemático de la U, además de crear la escuela de fútbol del club. Luego, en Colo Colo, descubriría a Chamaco Valdés y sería campeón como entrenador con apenas 32 años. También dirigió a El Salvador en el Mundial de México 70’.

Antes de convertirse en un entrenador improvisado de fútbol, Hernán Carrasco fue récord regional en salto con garrocha, velocista aficionado y jugador de básquetbol. También fue estudiante de una escuela normal de Chillán y estuvo dos años en el Instituto de Educación Física de la Universidad de Chile.

Más tarde comandaría las divisiones inferiores de la U y tendría bajo su tutela a Leonel Sánchez, Sergio Navarro, Carlos Campos y Luis Eyzaguirre. Saldría campeón como DT con Colo Colo, descubriría a Chamaco Valdés y dirigiría a El Salvador en el Mundial de México 1970. Pero antes, mucho antes de eso, Hernán Carrasco (Arauco, 1928) se graduaba como profesor normalista y hacía un curso fugaz de entrenador de fútbol con el mundialista y campeón de América argentino Alejandro Scopelli.

Era 1951 y Carrasco, hasta ese momento, no era un hombre de fútbol. Pero ese año comenzaría a convertirse en uno: después del curso, la U le ofreció reemplazar a Luis Álamos en las divisiones inferiores unos meses, lo que duraría una gira del equipo juvenil a centroamérica. Carrasco asumió y no se movería del club durante los próximos ocho años.

Junto a Washington Urrutia y Pepe Ruiz secundaron a Álamos en las juveniles azules, en un proyecto, dice, pionero en materia de formación de jugadores. “La directiva que presidía don Víctor Sierra tuvo la visión y nos dijo ‘los quiero contratar, pero no se nos mueven por cinco años’. Entonces formamos un comité que tenía entrenadores, asistentes sociales, sicólogos. Ahí se empezó a gestar el famoso Ballet Azul”, dice Carrasco desde San Salvador, la capital de El Salvador, donde vive hace 31 años. Pero para el Ballet aún faltaba mucho: apenas Leonel Sánchez y algunos más entrenaban en el club. Al resto de las futuras glorias había que reclutarlas.

Y ahí empezó la peregrinación de Carrasco y el resto de los entrenadores por las canchas de barrio de Santiago, buscando nombres nuevos. A Pedro Araya, alias Chico, lo encontraron en La Reina: “Nos dijeron que en la selección de esa comuna había un chico muy bueno y lo fuimos a ver. Pero trabajaba en la parcela del papá y no podía jugar. Entonces fui a hablar con su papá y le ofrecí pagarle a otro chico para que hiciera su trabajo. Así llegó al primer equipo y no salió más”. Entre 1961 y 1969, Araya ganó cinco títulos con la U y jugó el Mundial de Inglaterra 1966 con Chile. Después partió a México, donde vive hasta el día de hoy.

Evoca, también, los casos de Luis Eyzaguirre (“lo seleccionamos en el Estadio Nacional como entre 200 niños”) y Alfonso Sepúlveda (“lo vimos jugando en un club de la Gran Avenida, un torneo de barrio”). También el de Sergio Navarro, futuro capitán de la U y de la Selección durante el Mundial 62. “Navarro era seleccionado de hockey patín y lo fui a buscar muchas veces a la cancha de Ferrobádminton. Tenía muchas condiciones,  pero no venía porque prefería el hockey, hasta que lo convencimos”, dice el ex entrenador.

Carlos Contreras, Pluto, en cambio, llegó él mismo a probarse a la U. Y Carrasco, al recordarlo, evoca una máxima inmemorial: “Contreras confirma que el jugador de fútbol no nace, se hace. Lo pusimos a patear al arco, pero no tenía muchas condiciones. Pero estábamos buscando gente alta y él era fuerte. Así que lo tuvimos que pulir con machete”.

Fue en esa década cuando la U convirtió sus divisiones inferiores en una de las más fuertes de Chile. En los veranos, además, viajaban todas las categorías -de la Sub 12 a las Sub 17- a la academia que el club tenía en Quintero. Ahí concentraban por un mes, unos 100 niños. “Se les enseñaba hasta a comer. Teníamos profesores de matemáticas, de castellano. Leonel y un par más no andaban muy bien, entonces les hacíamos clases”, dice Carrasco.

De todos los que formó, o ayudó a formar, entre 1951 y 1958 -sus años en la U-, ocho jugadores integrarían más tarde la Selección que fue tercera en el Mundial. La U aportó la base del equipo. Los mismos que serían los cimientos del Ballet Azul, que entre 1959 y 1969 ganaría seis títulos.

Carrasco hoy tiene 88 años, pero habla claro, fuerte, y usa Whatsapp y correo electrónico. Evoca fechas y nombres, siempre de memoria, y no falla casi nunca. No ha perdido, tampoco, el acento chileno, aunque su señora, sus tres hijos y el último tercio de su vida sean salvadoreños. Está totalmente lúcido, pero no parece obstinado en demostrarlo. Sólo responde y rememora.

En la U, además de liderar las divisiones inferiores por casi una década, fundó la primera escuela de fútbol del club. Hasta ese entonces, los niños se integraban desde los 12 años al equipo. Con las escuelas empezaron a llegar niños de hasta cinco años. La primera en abrir fue la de Quilín: “Repartimos panfletos por toda la comuna y a la semana ya teníamos 200 niños inscritos. Eso debe haber sido por el 54 o 55”. Más tarde nacerían las filiales de Recoleta -comuna en la que la U entrenaba en esa época- y Quinta Normal.

La otra vereda

Aunque Carrasco conoció y se enamoró del fútbol en la U, su primer gran éxito -al menos uno tangible- lo consiguió con Colo Colo en 1960. Dos años antes, la dirigencia alba le ofreció hacerse cargo de las divisiones inferiores a cambio de un sueldo de 140 mil pesos de la época, cuatro veces lo que cobraba en la U. Y aunque primero intentó renegociar su contrato con los azules, terminó aceptando.

Ese año, 1960, Flavio Costa -entrenador de Brasil en el Maracanazo de 1950- renunció a la banca de Colo Colo y Carrasco asumió como interino. “Me pidieron que me quedara uno o dos meses hasta que consiguieran un técnico de categoría”, dice. Los resultados lo mantuvieron en el cargo y terminó ganando el torneo nacional, superando por cuatro puntos a la U -que todavía no se hacía llamar el Ballet Azul-. Tenía 32 años y marcó un hito: se convirtió en el segundo entrenador más joven en salir campeón, sólo superado por Arturo Torres, que conquistó el título de 1933 con Magallanes a los 26 años, oficiando de DT y jugador al mismo tiempo.

En ese entonces, también, Carrasco, adicto a ver partidos de juveniles, se fijó en un volante virtuoso de la tercera infantil de Green Cross. Francisco Valdés, que ya era Chamaco, se convirtió en una especie de obsesión para Colo Colo, que intentó ficharlo varias veces. Así fue como llegó a los albos, según la versión de Carrasco: “Era tan bueno que le dije a un dirigente ‘por qué no nos traemos a este chiquitito de Green Cross’. Y lo trajimos a cambio de unos 10 balones de fútbol. Después, cuando pasé al primer equipo, me lo llevé y lo hice debutar con 17 años contra Botafogo, me parece”.

Después de Colo Colo, Carrasco se convirtió en un itinerante: pasó a Audax Italiano y después, en 1964, fue contratado por la selección de El Salvador. Dice que llegó una invitación de la federación para que técnicos chilenos enviaran su currículum, pero nadie se interesó mucho. Él mandó el suyo y terminaron contratándolo. Ahí, sin embargo, duró poco y se haría cargo luego de los clubes locales Alianza y Atlético Marte. Ganó una serie de títulos y se convirtió en un hombre reputado dentro del poco afamado fútbol salvadoreño. En 1970, 12 días antes de que comenzara el Mundial de México, la selección de El Salvador estaba sumida en una crisis y recurrió a Carrasco. El entrenador dirigió los primeros tres partidos del equipo salvadoreño en la historia de los mundiales. Perdió los tres.

Al rato volvería a Chile, dirigiría a Antofagasta y por unos meses al primer equipo de la Universidad de Chile. Y en 1985 volvió, esta vez para siempre, a El Salvador. Ahí, apelando a un lugar común, hizo escuela: fundó la Asociación de Entrenadores de El Salvador, ganó en total seis veces la primera división y fue, según él, el primero en alinear un 4-4-2.

En El Salvador, también, formó su familia, se casó y tuvo tres hijos. Cada tanto, dice, viene a Chile. Pero poco. Hoy dirige una escuela de fútbol y todavía, con 88 años, se deja ver en una cancha. A veces, cuando alguien quiere escucharlo, cuenta su vida: sus años en la U, el Ballet, Chamaco y Colo Colo. Habla y cita fechas y lugares. Casi con verborrea. Despedirse resulta inútil: Carrasco, incluso después de cortar, seguirá contando su historia.

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