Columna de Ascanio Cavallo: El espectro del malestar

Autor: La Tercera

El ex Presidente Sebastián Piñera ha sacado de la chistera una propuesta muy singular: crear un tejido de medidas para proteger a la clase media de los peligros de retroceso derivados de lo inefable. Clase media es hoy la mayoría del país, y una gran parte de esa mayoría llegó hasta allí hace muy poco y está expuesta a perder tal logro con un mínimo cambio en sus condiciones de vida.

Esto es exactamente lo que estuvo haciendo la Presidenta Michelle Bachelet en su primera administración, cuando desarrolló la “red de protección social”, por la cual probablemente será mejor recordada. La dejó incompleta, por supuesto, porque una red como esa es tan amplia, que en cierto modo siempre está abierta a nuevas necesidades. Eso fue antes de que ella misma decidiera que todo eso era muy largo, muy poco y muy lento y se embarcara en un proyecto más “estructural”.

Este último proyecto construyó la Nueva Mayoría y también la destruyó: hizo el ciclo completo. La raíz intelectual de esa destrucción se encuentra 19 años atrás, cuando el primer informe de desarrollo humano del PNUD vino a alimentar la primera discrepancia importante dentro de la entonces Concertación, la que enfrentó a “autoflagelantes” con “autocomplacientes”. En forma resumida, los primeros eran los que creían que lo que hacía la Concertación era poco y lento, mientras que los segundos estimaban que el rumbo y el ritmo eran correctos. Los gobiernos de Frei y de Lagos no dieron protagonismo a los “autoflagelantes”, pero su herencia regresó encarnada en plenitud en la Nueva Mayoría.

Durante todo ese período, el PNUD ha mantenido la idea central del informe de 1998, aunque ya han pasado casi dos décadas. Esa idea sostiene que en Chile existe un alto malestar social y una tensión subyacente que podría estallar en algún momento, todo ello debido a la desigualdad. Como ha hecho notar Eduardo Engel en estas mismas páginas, a pesar de que todas las formas de medición indican que Chile ha logrado reducir la desigualdad, el PNUD ha conservado su tesis inicial con una tenacidad sin requiebros (y con un tono parecido al de “un fantasma recorre Europa…”). El PNUD ha llegado a ser con la desigualdad como un instituto de medicina especializada: sólo diagnostica una enfermedad. Su último reporte se llama, cómo no: Des-iguales. Y es un bestseller.

Ya en 1998, José Joaquín Brunner –uno de los líderes intelectuales de los “autocomplacientes”- puso en duda ese diagnóstico y vio en los estudios en que se basaba “un cuadro matizado y complejo de percepciones y opiniones”, con “un señalamiento claro y concordante de problemas prioritarios, los cuales tienen que ver, principalmente, con acceso a servicios esenciales y con las condiciones de vida en la esfera privada”. La palabra clave aquí es “complejo”. La complejidad de los asuntos sociales siempre aconseja huir de las explicaciones sencillas.

Pero, al revés de eso, en 2013 la candidata presidencial Michelle Bachelet hizo el tránsito conceptual desde la inseguridad, pasando por el malestar, hasta el enojo. La sociedad chilena sería una sociedad enojada. Y esto, dijo, “se manifiesta como desconfianza en las instituciones”. Hay que recorrer un largo y enrevesado camino psicológico para igualar la desconfianza con el enojo. Pero así se hizo, y esa fue la base intelectual de la Nueva Mayoría.

A la larga, el predominio de esa interpretación está en la base de la destrucción de la Nueva Mayoría. La causa inmediata, desde luego, es la decisión de la DC de separar aguas en la candidatura presidencial. Pero el motivo de fondo de la DC, que comparten dirigentes o grupos que han perdido la hegemonía de sus partidos, como es el caso del laguismo, es la discrepancia sobre el ritmo, los alcances y los énfasis que se imponen al proceso de reformas sociales, decisiones que parten de un supuesto sobre el estado de la sociedad.
Las tesis del PNUD, con sus silenciosos pero extensos implícitos, terminaron por dinamitar al único grupo con peso político que podía hacerse cargo de ellas con cierta simpatía, aunque también -todo hay que decirlo- con bastante poco espíritu crítico.

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