La historia de la religiosa que ayuda a las mujeres en la cárcel de San Joaquín

Desde hace 12 años, Nelly León (58) es la capellana del Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín. Una vez dentro, creó Mujer Levántate, fundación que trabaja en la reinserción –desde dentro y fuera de la cárcel– de las mujeres que quedan en libertad o están con beneficios carcelarios. Hoy está trabajando para visibilizar la desprotección de los niños que quedan solos cuando sus madres se van presas. “Una mujer es capaz de soportar una condena, pero un niño no es capaz de soportar un abandono”, asegura.

Hace algunos años, nadie recuerda cuándo exactamente, una mujer -cualquier mujer entre las tantas que hay ahí- fue apuñalada en medio de una riña en el patio del Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín. No tenía más de 30 años. Esa tarde alcanzó a ser trasladada a un centro asistencial cercano, pero no sobrevivió. Lo ocurrido fue rápido y poco trascendente para casi todos, excepto para Nelly León, que cumplía uno más de 12 años haciendo de capellana de la parroquia de la cárcel de mujeres.

Esa fue la primera muerte que le tocó ver a la capellana dentro del recinto.

En 12 años la religiosa ha visto morir, en total, a cinco mujeres. Escribir que las “ha visto” es literal. Cuando una de las internas que Nelly León ha acompañado en su condena está muriendo, la llaman para que rece a un costado de su cuerpo para forzar algún milagro divino o para que éste, dice la religiosa, vuele.

Esto último ocurrió con Tania Jiménez (30) -a quien Nelly pidió cambiar el nombre para resguardar a su familia-, una joven madre de dos niños que tenía una vida familiar constituida de manera tradicional fuera de la cárcel. Su condena era de más de diez años y las visitas de su madre, pareja e hijos se fueron haciendo cada vez más esporádicas.

“En la cárcel ella se hizo lesbiana y comenzó a adoptar una actitud más varonil que femenina”, recuerda León. Cuando Jiménez le contó a su mamá que era homosexual y que incluso tenía pareja, ella tomó la decisión de no hablarle más y cortar las visitas que realizaba dos veces por semana junto a sus nietos. Entonces, Jiménez se acercó a la capilla de centro penitenciario. “Se empezó a preparar para los sacramentos y primera comunión, tal como pidió ella”, cuenta León. El catequista a cargo le dijo en una oportunidad a Jiménez que era evidente que cargaba con una gran pena. Ella le contestó que era porque sus hijos no asistirían a su primera comunión, al igual que su madre. La señora estaba enojada y no iba a cambiar de opinión hasta que Jiménez se retractara de su orientación sexual. Nelly, mientras, la acompañaba en su propio proceso de aceptación.

—La Iglesia Católica pone resistencia a la unión entre dos personas del mismo sexo. ¿Cómo se trata el tema dentro de la cárcel?

—Es que no soy como ellos. Yo me saco todos los prejuicios y, por lo mismo, no soy homofóbica. Siempre les he dicho a las chiquillas que son decisiones de vida y muy personales donde no debe intervenir el resto. Aquí he aprendido que las mujeres a veces ni siquiera tienen relaciones que van por lo sexual, sino que más de afecto, de sentir que hay otra persona que se preocupa de ti, alguien que se hace tu compañera de vida aquí. También pasa que hay muchas mujeres que tienen relaciones homosexuales en la cárcel, pero una vez fuera dejan esa orientación. Es bien extraño eso. Hace poco una mujer que tenía pareja mujer dentro de la cárcel, me mandó una foto de un hijo que tuvo con su nueva pareja fuera de la cárcel, que es un hombre.

—En el caso de Tania, ¿cómo trataron el tema para ayudar a sopesar la ausencia de su madre e hijos que se alejaron como consecuencia de su orientación sexual?

—Explicándole que los chilenos somos prejuiciosos, homofóbicos y para mucha gente el pecado más grande es el pecado sexual. Pero yo siento otra cosa: el pecado más grande son las faltas de respeto por el otro, la falta de dignidad del otro, la discriminación, la injusticia, la inequidad social que vive en nuestro país. Jiménez sufrió todo eso desde que empezó a venir más seguido a la parroquia.

Con el apoyo del catequista, las reclusas que son parte del círculo más íntimo de la parroquia, y la “hermana Nelly” como la llaman dentro, todo marchó en orden con los protocolos religiosos: la primera semana de diciembre de 2015 Jiménez hizo su primera comunión dentro de la cárcel. Como le advirtieron, no fue nadie de su familia. La pena fue contenida por la hermana Nelly, el catequista y el cobijo seguro que tenía en la pareja que tenía dentro, con la que compartía el día y la noche.

El 22 del mismo mes, dos gendarmes la encontraron ahorcada dentro de su celda. A Tania Jiménez la sacaron aún con vida. Inmediatamente, la bajaron a enfermería para que una paramédico le hiciera reanimación y llamaron a la hermana Nelly, que compartió con ella poco más de un año, para que la acompañara. “Luego de un largo rato de intervención, la paramédico me miró y me dijo: ahora es suya”, recuerda la religiosa.

Tania Jiménez murió dentro de la cárcel pocos minutos después de haber sido asistida.

Nelly León cree que la joven “se mató porque se sentía sola, porque estaba abandonada por su madre y sus hijos”. Esa es una de las muertes que más le ha impresionado. Días después, recordó a un anciano que a raíz de su trabajo en distintas cárceles del país, le comentó: “Madrecita, en la cárcel nadie muere de frío ni de hambre, porque siempre alguien te va a compartir el pan y siempre alguien te va a prestar algo para arroparte, pero sí en la cárcel uno muere de soledad”. La capellana, tras el flashback, reflexiona:

—Y aquí he aprendido que eso es cierto.

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La primera cárcel que conoció Nelly León -que creció en Peralillo, Sexta Región- fue la de Santa Cruz, a 22 minutos de su casa. Fue a finales de los 70, plena dictadura. Ella tenía 17 años y cursaba tercero medio. El ingreso al centro penitenciario, que hoy se hace tras un complejo protocolo en el que incluso revisan la ropa interior de los visitantes, para entonces era aún más estricto, siendo recibidos por personal evidentemente armado. La visita fue por una gestión del colegio de formación católica en que estudiaba.

Aquella experiencia definió lo que seguiría haciendo posteriormente por casi veinte años: “Quedé muy impresionada por cómo vivían los presos y presas. A raíz de eso, pensé en ser gendarme, para trabajar con la gente de la cárcel”.

Tras terminar sus estudios escolares, se trasladó de Peralillo a Santiago para estudiar pedagogía. Durante esos años en la capital, donde llevaba una vida más solitaria, se nutrió espiritualmente por sus largas estadías en iglesias hasta que fue enviada a un colegio en Pudahuel para hacer su práctica profesional. “Yo vengo de una familia sencilla, pero ahí conocí la pobreza dura, la vulnerabilidad de los niños y la miseria. Quedé súper cuestionada”, recuerda.

—¿Qué hizo que se decidiera por la vida religiosa?

—El abuso sexual de una niñita en el colegio. Ella se me había escapado de la sala y había un tipo que trabajaba ahí y fue quien la abusó. Yo denuncié eso, pero como pasó hace 33 años atrás, entonces no era delito y nadie tomaba en cuenta esas cosas. Nadie hizo nada en términos judiciales, aunque el tipo no fue más al colegio. Desde ahí me empecé a cuestionar mi vida. Yo decía: a mí me gustaría hacer algo más por estos niños o estas niñas, aunque tenía proyectos personales como casarme y tener hijos. Con todo revuelto, le conté un día a un sacerdote lo que me estaba pasando y él fue claro: era el llamado del señor para la vida religiosa.

El cura la llevó a dos congregaciones con las que no se sintió identificada y que rápidamente superó. Mientras tanto, seguía haciendo clases en el colegio de Pudahuel. En una mañana, se le acercó una novicia de la Congregación del Buen Pastor que fue especialmente para invitarla a conocer su congregación. Le regaló un libro de la fundadora, Santa María Eufrasia, y encontró el sentido de lo que estaba buscando para su vida. Sus compañeras de comunidad trabajaban en intervención dentro de las cárceles y a ella le tocó hacer su postulado a cuadras de la cárcel de mujeres, por lo que visitaba seguido a las internas. “Fue la vuelta de tuerca perfecta en mi vida, porque volví a trabajar en lo que tanto me impactó cuando era adolescente”, recuerda.

—¿Tuvo algún prejuicio que pudo derribar o confirmar con el tiempo antes de ser la capellana de la cárcel de San Joaquín?

—Ninguno. Yo entraba y me sentaba con las señoras a conversar, había muchas que eran analfabetas y querían comunicarse por carta, porque en ese tiempo no había la tecnología que hay hoy, y yo se las escribía. Hacíamos cosas entretenidas. Eran espacios bonitos, como lo que tengo hoy.

Posterior a su práctica profesional, hizo sus votos y se dedicó al trabajo social hasta 1999, cuando se reencontró con la cárcel. En la cárcel de Valparaíso, donde se estableció, le encomendaron la coordinación de la pastoral. Ahí abrió una casa de acogida y se reunía con el módulo de los hombres y mujeres que trabajaban dentro del centro penitenciario. Ahí duró seis años. También trabajó con hombres que habían sido abusadores sexuales y su reflexión, más que castigadora por el delito, tenía que ver con la infancia de aquellos internos. “Creo que un 90% había sido abusado también en su infancia”, recuerda.

Tras dejar establecida la casa de acogida -coordinada por la Congregación del Buen Pastor- para los internos que iban quedando en libertad o con beneficios que implicaban salidas, fue trasladada en marzo de 2005 a Santiago.

Su misión, esta vez, era ser la capellana del Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín, donde había cerca de 1200 mujeres cumpliendo condena al interior de la cárcel. “Recuerdo que al llegar me encontré con un hacinamiento terrible. Vivían en indignidad absoluta”, recuerda León. Hoy, según cifras de Gendarmería, la cifra es de 598.

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La primera observación que hizo al llegar a la cárcel de San Joaquín era que muchas de las mujeres que quedaban en libertad reincidían. Tuvo tres años para observar antes de intervenir definitivamente en la cárcel. La comunicación, en un inicio, tuvo dificultades: “Yo venía a dar un mensaje de buena nueva de Jesucristo y a decirles que él las amaba, pero en esas condiciones es imposible decirle a alguien que Dios la ama”, expresa.

—¿Cuál fue su primera conclusión sobre cómo viven la condena las internas durante esos tres años?

—Que quizá en términos judiciales hay cosas que no se pueden considerar, pero que yo sí podía hacerlo y lograr un acompañamiento y empatía detrás de cada caso. En ese tiempo conocí a una chiquilla que bajo los efectos de la droga mató a su madre, y la noticia en prensa fue que era porque quería seguir consumiendo y, por tanto, quería plata para salir. Pero cuando empecé a trabajar esos años con ella, la conocí en profundidad y me di cuenta que esa chiquilla también tuvo una historia de abandono absoluto de esa mamá y que incluso hubo abuso en todos los términos de la palabra “abusada”. Esa mujer creció con un resentimiento y un desamor a su madre que era profundo. Luego llegó el momento en que bajo los efectos de la droga, el inconsciente actúa.

—Suena como si la exculpara.

—No. En ningún caso estoy justificando el delito, a lo que voy es a las historias cíclicas y que falta agarrar a la gente que ha pasado por situaciones de vulnerabilidad mucho antes para evitar consecuencias graves en sus vidas.

—¿Y qué ha logrado en estos años?

—Gracias a la intervención de la Pastoral, hay mujeres que dejan de consumir, que van a la comunidad terapéutica y después las apoyamos en Mujer Levántate que es la fundación de la que soy fundadora y presidenta y que se concreta en una casa de acogidas, acompañamiento profesional y talleres para las internas.

La fundación Mujer Levántate tiene una casa en San Joaquín que facilitó, en un inicio, Caritas Chile. Luego, Nelly León pidió una reunión de urgencia con la presidenta Michelle Bachelet en abril de 2008, cuando ella realizaba su primer periodo de gobierno, para pedirle una casa propia a la fundación.

El fin de ese espacio era que mujeres que no tienen dónde ir cuando salen presas tengan una estadía en la casa mientras les hacen un seguimiento psicológico, social e intentan integrarlas socialmente consiguiéndoles trabajo o ayudándolas a terminar sus estudios. El 5 de noviembre del mismo año, la presidenta facilitó la compra de la casa de acogida.

—¿Cómo surgió la idea de crear Mujer Levántate?

—Por algo que es evidente, pero que nadie ve: hay mujeres que una vez que quedan libres salen a trabajar a la calle, pero quedan solas. Son mujeres por las que quizá una no se atreve a apostar mucho, pero ellas te demuestran que pueden cambiar. El caso emblemático es María Alé, una mujer de 73 años que pasó casi 60 años consumiendo y vendiendo drogas y que hoy está un 90% rehabilitada.

En la casa se recibe principalmente a internas extranjeras para esperar ser expulsadas a sus países una vez cumplida la condena y algunos casos de chilenas. Desde el 2008, han pasado alrededor de 400 mujeres por el lugar. “Todo se dio muy rápido. La espiritualidad de este proyecto está concentrada en la congregación del buen pastor que es inspirada en la frase de mi fundadora, Santa María Eufrasia: ‘Una persona vale más que un mundo’”.

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A las ocho y media de la mañana, la capellana llega a la Centro Penitenciario de San Joaquín. Hace el protocolo de mostrar qué cosas trae dentro de su cartera, saluda a las internas que la esperan en la capilla y empieza la rutina diaria: desayunar, atender problemas, resolverlos o intentar resolverlos, almorzar, dedicarse a las encomiendas, cartas y pertenencias que las presas le piden que entregue fuera de la cárcel. “Hay días en que no me paro de esta oficina porque no dejan de venir las internas. Y a mí no me gusta decirles: no vengan o vengan mañana, porque ellas necesitan atención inmediata, porque en general son siempre postergadas”, dice.

La hermana Nelly pasa la mayor parte del tiempo dentro de la pastoral del centro penitenciario de San Joaquín. Ahí tiene un espacio especial casi al principio de la cárcel al que llegan todos los domingos las internas de distintos módulos que asisten regular o inicialmente a misa. Es la única instancia donde se juntan mujeres de diferentes módulos en un mismo lugar. Incluso, asiste María del Pilar Pérez quien en 2011 fue condenada a presidio perpetuo calificado por los crímenes de tres personas en distintas fechas. Pese a estar en el módulo de Alta Seguridad, es acompañada en privado por personas de la pastoral que la visitan semanalmente en su celda. Ahí, compañeras dicen que pasa la mayor parte del tiempo sola, pero “como sigue siendo muy creyente va constantemente a misa”, aclara León.

La capilla desde donde habla es amplia, ruidosa y habitada. Ahí es la líder del espacio: todo ocurre por su palabra final. Por fuera, el lugar, tiene una reja de color negro y la fachada es roja. El interior es un círculo enorme de color blanco con decoraciones coloridas que vienen, generalmente, de actividades que hacen en el módulo Mandela que está a cargo de la hermana Nelly y gendarmería. Ahí, pasa el resto del tiempo en que no está dentro de la pastoral ayudando a las internas. “A veces necesitan que las escuche porque tienen algún problema que contarme en el que quizá las puedo ayudar, como la muerte de un familiar, la enfermedad de un hijo o incluso asisten porque necesitan desodorante o una toalla higiénica”, dice León.

La religiosa se encarga también de enviar encomiendas, cartas, dinero o mandar a hacer anteojos a quienes le piden socorro. Lo que más la ha movilizado son las campañas de útiles de aseo, ya que gendarmería otorga comida y techo, pero no provee artículos de higiene. Generalmente, las más carentes, son las que a nadie visitan o quienes provienen de familias -que son la mayoría- más pobres. A ellas, cuenta León, muchas veces les llevan champú, jabón, pasta y cepillo de dientes, pero las mujeres prefieren devolver dichos artículos sabiendo que sus familiares pueden necesitarlos también.

Además, coordina a un grupo de voluntarias que van a la cárcel y hacen talleres de desarrollo humano, habilidades sociales, yoga y teatro. También, hay un grupo de agentes pastorales que van de a dos en dos a los patios, una vez a la semana, para a anunciar la buena noticia de Jesús desde el Evangelio y la palabra de Dios. “Intento ser un aporte en todos los aspectos posibles: ayudando concretamente, escuchando, organizando personas que sean una red de apoyo para las internas. Y creo que lo he logrado”, dice León.

—¿Cuál es el criterio para entrar al programa de la fundación Mujer Levántate?

—Que no sean intervenidas por el área técnica y que estén alrededor de dos o tres años en salir. El área técnica es de Gendarmería tiene aquí un área técnica que son profesionales, psicólogos y asistentes sociales que tienen que aplicar procesos de intervención. Y no podemos sobreintervenir a las mujeres, entonces si ellos no las están tratando, ahí entramos nosotros. Nos vamos repartiendo los casos

—¿Quiénes pueden accedes a vivir en la casa de acogida?

—Ojalá todas las mujeres que salen en libertad, nos fijamos en las que tienen menos apoyo afuera. Eso se hace a través de varios análisis familiares, ver si tienen casa donde llegar y mirar el ambiente al que llegan. Actualmente, por ejemplo, tenemos muchos casos de extranjeras a las que cuidamos porque no pueden irse si no han terminado la condena. A veces salen con libertad condicional y tienen que quedarse en Chile firmando una vez a la semana hasta que termine su condena. En este momento tenemos a dos extranjeras con libertad condicional: una colombiana y una república dominicana en la casa de acogida. También está una paraguaya que sale solo los viernes de la cárcel. Y también hay tres chilenas. Ahí hay todo tipo de condenas, pero en Mujer Levántate no juzgamos eso.

—Es un grupo bien selecto, entonces.

—Es que la casa es chica y además entre menos, se trabaja mejor. Pero entre la casa y la cárcel, estamos trabajando con 51 internas. Ella, en el hogar que les brindamos, ahí se autogestionan: se cocinan, hacen las cosas de la casa, hacen las compras de lo que necesitan a diario. Como dice mi fundadora, hay que demostrarles mucha confianza, pero no tenerles tanta confianza; hay que empoderarlas, pero hay que estar orientando y sosteniendo, como a los arbolitos que se les pone el palito para que no se enchuequen.

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La capellana Nelly León es querida. Cuando sale de su oficina, todas gritan su nombre para tener parte de su atención. Recorriendo los patios de la cárcel, se corea el nombre de la religiosa y todas las gendarmes la saludan. Parece una celebridad en un mundo aparte al que hay fuera de la cárcel, que se divide en cubículos. Ella sigue mirando atenta el lugar donde las internas comen, confirmando que está todo en orden, mientras explica que la caseta roja de madera que se ve inmediatamente al costado derecho del comedor es para el horario de visitas especiales: el lugar donde entran las parejas de las internas para tener relaciones.

Frente a ese lugar, está el colegio, donde María Alé, la interna de más de 70 años que está bajo el cuidado de León, sacó cuarto medio hace dos años. Un poco más adelante, a pleno sol, debe haber cien internas encerradas en un patio, enfiladas bajo el sol. “Están pasando lista”, le grita una a la hermana Nelly que saluda desde lejos.

La capellana está en su hábitat.

—¿Cómo se puede ayudar a alguien que está recién en etapa de reinvención de vida?

—Es difícil, porque a las traficantes las meten presas por vender droga, pero salen de la cárcel y las están esperando para seguir vendiendo drogas. María Alé, por ejemplo, dice que la voluntad de dejar el tráfico y el consumo la adquirió gracias a Mujer Levántate. Ella ya lleva dos años con libertad condicional y ahora se dedica a lo que hacía en los talleres de costura dentro de la cárcel. Esa es una historia bonita de lo que hemos logrado. Otra de las cosas lindas es que tengo un grupo pastoral con gendarmes. Eso ha servido mucho para humanizar el trato que hay acá dentro.

—¿Se sigue sorprendiendo con cosas dentro de la cárcel?

—Me sorprenden muchas cosas todavía. Siempre me he dicho a mí misma, y en mis procesos de acompañante, y con las personas que hago feedback de lo que estoy haciendo acá, que hay cosas que me impactan. El día en que eso deje de pasar, yo me voy a ir de acá porque ya voy a ser insensible al dolor y yo no quiero que eso me pase. Yo todavía puedo llorar con una mujer cuando tiene una pena muy grande, todavía me sorprende que haya tanta odiosidad en televisión con respecto a los privados de libertad, que haya tanta discriminación respecto a ellos. Estoy en contra de que se lucre con el dolor y lucharé hasta donde pueda llegar para que nunca más se muestre la morbosidad de lo que pasa en una cárcel a través de los programas de televisión.

—¿Y cómo se puede combatir la oposición que existe de muchos ciudadanos para que presos se reinserten socialmente?

—Complejo. Chile es un país muy discriminador. Es muy difícil que los presos encuentren trabajo, pero también hay otros temas que tienen que ver con reinserción social y que no pasa solo con las internas, sino que igual con sus familias.

—¿A qué se refiere?

—A mí me gustaría que los jueces al momento de dar una condena pudieran tener al frente el expediente de la mujer junto a todos los hijos que tiene ella, porque siento que muchos de los menores que hoy andan robando, asaltando y en las cárceles del Sename -que están llenas- son hijos de mujeres privadas de libertad, porque los círculos se replican, porque las mujeres caen presas y los niños quedan solos. Es un tema súper complicado. Nadie apoya a esos niños que se quedan solos.

La capellana toma aire, contesta uno de cinco llamados que recibe en menos de 40 minutos, y termina la idea:

—¿Sabes? Una mujer es capaz de soportar una condena, pero un niño no es capaz de soportar un abandono.

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