Fernando Guzzoni, director de cine: "No quería hacer una película con afanes pedagógicos"

El realizador chileno estrenaba anoche en Toronto Jesús, filme con Nicolás Durán y Alejandro Goic que guarda semejanzas con el caso Zamudio.

Horas antes de iniciar con Jesús un recorrido internacional que lo tiene estos días en Toronto y que luego lo llevará a la competencia de San Sebastián (donde ya lo premiaron por Carne de perro, en 2012), Fernando Guzzoni (33) espera con calma y acaso un poco de ansiedad. Tempranamente lo apañan, en todo caso, desde uno de los principales diarios canadienses, el Globe and Mail de Toronto, que en una guía festivalera le puso 4 estrellas de 5, la describió como una versión sudamericana de Kids, pero sin el Sida, y juzgó que el perfil neorrealista de su reparto le da a la cinta una solidez teñida de autenticidad y pesimismo.

No debe haber extrañado al director y guionista, documentalista de origen, la observación respecto del casting. Tampoco lo del neorrealismo. Para el rol protagónico, por lo pronto, entrevistó a cerca de 400 candidatos antes de quedarse con Nicolás Durán. Y no pocos miembros del reparto son jóvenes a los que conoció durante más de un año de investigación  entre los bailarines de pop coreano y otras tribus juveniles. Este cruce da origen a un color singular en esta película que en paralelo despliega un naturalismo más bien temerario.

Jesús trata de un chico que baila k-pop, que no estudia ni trabaja, que es huérfano de madre y cada tanto se topa con su papá (Alejandro Goic), que ve videos chocantes para tener emociones fuertes, que se borra en plazas y parques a punta de droga y alcohol, que intima con chicas y chicos. Y que se verá envuelto en un hecho violento que guarda semejanzas con el que terminó, hace cuatro años, con la vida de Daniel Zamudio. Eso sí, advierte Guzzoni, “el caso Zamudio no fue el motor inicial de esta película en ningún caso”. 

Su idea, agrega, era “construir un relato sobre un papá y un hijo. Sobre esta figura fantasmagórica que te da la identidad, pero te la puede quitar. Y justo apareció lo de Zamudio y yo hice mi propia investigación y llegué a esta idea de que tanto la víctima como el victimario tenían una figura paterna ausente o intermitente y esto se fue cruzando de forma bien orgánica. Yo extraigo elementos de forma  arbitraria, con infinitas licencias, sin muchas ganas de hacer una película con afanes pedagógicos, históricos o periodísticos”.

¿Cómo evalúa la conjunción de películas chilenas basadas en hecho de alta connotación pública: Rara, Aquí no ha pasado nada y Nunca vas a estar solo (inspirada también en Zamudio)?

El cine, en general, tiene una vocación de crítica o de poner la mirada en hechos que sacuden, que emplazan o que indignan. En el caso de Chile, creo que el documental se había hecho cargo de eso, más que la ficción, pero los realizadores estamos inquietos, estamos conectados con la realidad, en el amplio sentido de la palabra, y me parece positivo que surjan películas que van mirando lo que pasa y le toman el pulso a la sociedad. Ahora, me parece interesante crear la propia interpretación, la propia imaginería. 

¿Cómo se conecta Jesús con Carne de perro? 

Son muy distintas en la forma, pero ambas reflexionan sobre el panorama social chileno o sobre algunos hitos. Creo que Jesús es una película mucho más abierta, que no elude la emoción en ningún momento y que para mí significa un desafío de dirección mucho mayor: es una película con más personajes, con escenas de mayor complejidad, donde además tuve que trabajar con actores jóvenes, con poca experiencia. 

“El cine chileno le teme a la emoción”, dijo una vez Orlando Lübbert. ¿Concuerda? 

Adhiero, en términos de que a veces el cine es hermético o apela a lo formal. Y si bien ese es un camino por el que yo mismo he optado a veces, en esta película tenía ganas de construir un relato sobre la crisis de las relaciones y eso tuvo que ver estrechamente con la emoción, con plantear personajes que sienten y que expresan emociones. Tampoco se trataba de volver herméticos a los personajes, sino exponer lo que les pasaba desde la sexualidad, desde la violencia, desde lo doméstico. 

Hay algo en la película con borrarse, con vivir sensaciones o situaciones límites…

La película no tenía ninguna intención de pontificar ni de satanizar ni de construir un relato generacional nihilista. Se trata de una generación que, en términos de hábitos, no es muy diferente de la mía o de otras. Cuando uno es joven es un poco temerario, cruza límites y está cerca de los excesos, pero las particularidades que yo veía tenían que ver con cosas que quizá en otras generaciones no eran tan patentes y que me parecían interesantes. Por ejemplo, el uso de los espacios públicos. La plaza, esta suerte de nueva polis donde los jóvenes su juntan, donde tienen sexo, donde bailan, donde se encuentran, donde se reconocen y donde también, eventualmente, se pueden cometer excesos. 

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