Harmony Lane: la ruta de Manuel García hacia el folk y el country norteamericano

El solista lanza mañana su sexto álbum, grabado en Pennsylvania junto a músicos locales. El disco, que funde el folclor de ambos países, busca profundizar el lazo del ariqueño con Estados Unidos.

Jo Lawrry, la talentosa corista que secundó a Sting en su último paso por el Festival de Viña, entona una línea dedicada a Violeta Parra, mientras el experimentado tecladista Cliff Starkey acompaña con un elegante arreglo de piano la voz de Manuel García. De nombre Violeta, el sexto track del nuevo disco de Manuel García, consigue resumir en cerca de cuatro minutos la mayoría de las intenciones que llevó consigo el ariqueño en su última visita al estudio. Tal como indica su título en inglés, Harmony lane, grabado en el noreste de Estados Unidos junto a ilustres músicos sesionistas de ese país, busca tender una suerte de “ruta de la armonía” entre la música de raíz chilena y la norteamericana.

“Es una influencia honesta, que no se esconde debajo de la alfombra”, dice el cantautor, quien esta noche liberará al público las 14 canciones de su sexto trabajo solista, el primero que edita sin la distribución de un sello tras el cierre de Oveja Negra y CHV Música, con quienes editó sus últimas dos producciones. Y si en Acuario (2012) el cantautor sorprendió al incluir sintetizadores y secuencias en sus composiciones, para dos años después alcanzar el Disco de platino con un álbum doble de 19 temas (Retrato iluminado, 2014), esta vez el músico presenta un LP que profundiza en los referentes del folk y el country norteamericano que han marcado su carrera.

“Esto no nace de un entusiasmo antojadizo o forzado. Con el tiempo me he ido dando cuenta de lo emparentado que está el nacimiento del blues en Estados Unidos, por ejemplo, con el nacimiento de nuestras propias músicas chilenas en los campos. Son las mismas necesidades, las mismas temáticas”, explica García, quien cita como punto de partida de este nuevo disco su encuentro con el guitarrista y productor estadounidense Craig Thatcher, hace dos años.

Por ese entonces, el solista ya tenía la intención de darle un rol más protagónico a las guitarras en su próximo álbum, y tras su primer concierto con Thatcher, como parte de un ciclo de la marca de guitarras que ambos representan, surgió la idea de llevar sus nuevas composiciones al estudio de éste último en Harmony Lane, en las afueras de Bethlehem, Pennsylvania. Una húmeda zona rural rodeada de verde donde García terminó de dar forma a sus canciones, y cuyos paisajes ilustran la carátula más “dylaniana” que ha presentado el ariqueño, guitarra en mano y observando la carretera junto a un perro.

Allí, en dos temporadas en el estudio y junto a los sesionistas del lugar -como Lawrry, Starkey, el baterista Don Plowman y el percusionista Héctor Rosado-, se produjo lo que el autor de Medusa define como un “doble juego”: un intercambio entre su cantautoría y el bagaje blusero de los intérpretes, que se traduce en canciones como Extraño animal, un folk rock dedicado al fallecido líder de Nirvana, Kurt Cobain (“una de las últimas grandes historias del rock tal y como se sentía en la era clásica”, dice); o en Sobre los campos y El rancho, dos temas de clara base country cuyas letras sobre el mundo rural suenan universales.

“Por un lado invité a los músicos a cantar sobre los campos, como en Un hombre, un caballo y una guitarra, que recuerda a Johnny Cash y cuya voz está inspirada en la forma de cantar de Leonard Cohen, a quien tuve la suerte de ver en vivo. Pero además, los implico como artistas a tocar el bolerito Diamante; a cantar un tema sobre Violeta Parra o Maniquí, que tiene un ritmo latino directo”, explica García.

Si bien desde su primer disco solista, en 2005, se le ha vinculado por sobre todo con la trova, su música siempre ha incorporado elementos del rock. ¿Buscaba dejar en claro esos referentes con este nuevo disco?
Yo antes pensaba que eso era un conflicto que tenía que resolver el artista, el tema de las influencias y eso. Pero ahora creo que es algo que tiene que resolver el medio cultural en general en Chile, porque esos cuestionamientos también los podrían haber sufrido los Beatles al tomar algo de ellos como Blackbird, una canción absolutamente “dylaniana”, muy folk, y Sgt. Pepper’s, una pelada de cable rocanrolera tipo Jimi Hendrix y preguntarles “¿qué les pasa a ustedes?”, “¿en qué se definen?”. En que hacen música, nada más, y esas son preguntas que a estas alturas del siglo XXI están como resueltas. Incluso pensando en la figura de Silvio Rodríguez, el más importante compositor de la nueva trova, él también tiene muchas experimentaciones folk que van más allá del folclor cubano, como Soltar todo y largarse o Cierta historia de amor. Los músicos a veces somos como un animalito en un corral, que te restringe hasta dónde puedes llegar.

¿Este trabajo ayuda también a insertarse en el circuito estadounidense?
Por supuesto, de eso se trata. De hecho ya lo hemos presentado con Craig en Filadelfia y Nueva York, por ejemplo, y nos hemos sentido muy bienvenidos allá, ha funcionado bien. Tenemos ganas de seguir visitando ese país, lo importante es que no perdamos nuestra identidad allá.

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