La trastienda de las dos décadas de crecimiento en altura en Santiago

Hace 20 años explotó en la ciudad la construcción de torres de oficinas acristaladas y altos edificios de departamentos. Para eso hubo que capacitar a una nueva generación de obreros y aprender otras técnicas constructivas.

Levantar rascacielos en la capital no ha sido sencillo. Para instalar los cristales de la fachada de la Torre Santa María, la más alta de la ciudad entre 1980 y 1994, los fabricantes de este material, PPG Industries, viajaron desde EE UU para capacitar a obreros. “Nunca antes se había trabajado a 110 metros sobre el suelo”, cuenta Yves Besançon, socio de ABWB Arquitectos, oficina que junto a la de Carlos Alberto Cruz firmó esta obra.

Cuando los santiaguinos se enteraron de la llegada de una torre de 200 metros en los terrenos de La Portada de Vitacura, para dar paso a un rascacielos del arquitecto Abraham Senerman, no  supieron del trabajo previo para materializarla. El también empresario fichó como revisor de su obra a Joseph Colaco, el calculista del Burj Khalifa, la torre más imponente del mundo, erigida en Dubai, con 828 metros de alto.

Cuando se creía que la  fiebre por alcanzar el cielo se había detenido, el presidente de Cencosud, Horst Paulmann, anunció la Gran Torre Costanera, la más alta de Latinoamérica y que hoy se eleva por sobre los 300 metros.  

Besançon cuenta que trabajar en lo alto de ese edificio ha sido casi una odisea. Partiendo por los implementos que hubo que importar para erigirla. Desde Alemania llegaron sofisticadas grúas, las más altas utilizadas alguna vez en Santiago. 

Y para ver cómo se comportaría la estructura y los cristales que lo cubrían a esa altura, con vientos que pueden llegar a 60 km/h, fue necesario hacer pruebas inéditas en la ciudad. “Se usó un avanzado sistema: se introdujo una maqueta en un túnel que simulaba fuertes vendavales. Eso se hizo en Canadá, uno de los tres países donde existe esta tecnología. Después de eso, se comprobó que el edificio respondía bien”, dice Besançon.

Esas innovaciones adaptadas a rascacielos se han comenzado a practicar desde hace dos décadas, cuando la capital empezó a posicionarse como la ciudad chilena donde más se construye en altura. Según un informe de la consultora Arenas y Cayo, este año se aprobaron 865 proyectos de más de 15 pisos en la capital, mientras que en Antofagasta (otra de las que lidera el crecimiento por el boom de la minería) sólo fueron 86. 

REALITY DE LAS ALTURAS

Pese a que el primer rascacielos (Torre Santa María) se inauguró en 1980, el skyline que hoy luce la urbe se empezó a delinear recién a mediados de los 90. Alberto Texidó, académico de la Facultad de Arquitectura de la U. de Chile, explica que en esos años “comenzaron a formarse Sanhattan y a levantarse edificios de departamentos en la zona  oriente y en el centro”. 

Con este boom se introdujeron una serie de innovaciones en la construcción de torres. Manuel Brunet, coordinador técnico de la gerencia de Estudios de la Cámara Chilena de la Construcción (CChC), sostiene que son varias, “desde los elevadores para trabajadores hasta el sistema de bombeo de hormigón”. Como el que se usó para llevar ese material hasta los pisos superiores de la Gran Torre Costanera.

Si bien desde los años 70 las mutuales de seguridad capacitan para faenas en alturas -como las de los postes de luz-, esta preparación tomó fuerza en los 90. En estos cursos, carpinteros y albañiles, entre otros, aprendieron a manejar las condiciones de seguridad en lo alto.

En la Escuela Tecnológica de la CChC las clases teóricas y prácticas se imparten en las mismas obras, en los pisos superiores. “Los obreros aprenden mejor ahí”, afirma su gerente, Andreas Breit.

Este año, además, debutaron dos centros de entrenamiento donde se simulan faenas en altura, con instalaciones parecidas a las de las pruebas de los reality shows. Uno de esos lo abrió en Pudahuel la Asociación Chilena de Seguridad. Se trata de un domo de 3.000 m2, donde se practica en torres metálicas de 12 metros y postes de luz sin electrificar. “Ahí aprenden, entre otras cosas, a desplazarse por un andamio y a anclarse (afirmarse de la estructura). A quienes sufren de vértigo también les enseñamos a confiar en sus equipos de protección personal. Y pese a que no pierden el miedo altiro, logran sentirse más seguros”, dice Mario Cárdenas, uno de los instructores.

El otro recinto de entrenamiento en alturas lo instaló la Mutual de Seguridad en Peñaflor y cuenta con estructuras similares al de Pudahuel.

CIUDAD ACRISTALADA

En estos centros se capacitan también personas que limpian vidrios a más 100 metros. Precisamente ese es uno de los rubros que se crearon con el desarrollo de polos financieros como Sanhattan y Nueva Las Condes, donde las torres siguen la tendencia internacional del revestimiento de cristal. 

A fines de los 90 había en Santiago un par de empresas que aseaban esos vidrios. “Hoy, bordean las 20”, dice Roberto Hueraman, quien creó una compañía especializada en este rubro. 

Quienes se dedican a esa compleja labor necesitan una preparación especial y un examen sicológico. “De todos modos, a muchos les atrae la idea de subir”, sostiene Andrés Alcalde, gerente de GNF Servicios, otra de las empresas de este rubro.

Un santiaguino amante de las alturas, Juan José Illmer, vio en los rascacielos capitalinos un buen negocio. Esto, porque para aprovechar su experiencia como andinista, montó en 2008 una compañía que ofrece servicios especiales en grandes alturas, como la instalación de publicidad. De hecho, esta fue la que en 2010 colgó una enorme bandera chilena en la fachada de la Torre Telefónica, que a mediados de los 90 fue  la más alta de la ciudad.

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