Las dos caras de la economía colaborativa

Compartir o arrendar entre personas en vez de comprarles a las grandes compañías. Esa es una de las premisas que mueven a la economía colaborativa, una nueva forma de hacer negocios que ha crecido aceleradamente en el mundo y da sus primeros pasos en Chile. Pero aunque puede ser muy beneficiosa para los clientes, también tiene su lado feo, tal como demuestran las polémicas en torno a Uber o Airbnb.

“Compartir recursos o productos o servicios que muchas veces están subutilizados. De eso se trata”. La definición es de Boyd Cohen, especialista en temas de emprendimiento de la Universidad del Desarrollo y promotor de la muy en boga economía colaborativa. La misma que tiene a mucha gente pagando por dormir en casas de desconocidos en vez de hoteles o prefiriendo compartir traslados con otros conductores antes que pedir un taxi. 

Este nuevo modelo se sustenta en personas que ofrecen sus propios bienes y servicios a cambio de una compensación económica y que utilizan como intermediario un servicio web o aplicación móvil. Se transan desde cosas muy concretas, como el taladro propio por un día o la tabla de surf por un fin de semana, hasta otras más abstractas, como dinero.  

La tecnología, las crisis que han experimentado varios países y la desconfianza que generan entre muchas personas los negocios establecidos o las grandes corporaciones han permitido que este sistema, que en lo medular se parece a formas de intercambio antiquísimas, desde los favores hasta el trueque, se esté expandiendo con gran fuerza y velocidad. Un reciente informe de la consultora PwC calcula que mueve al año 15 mil millones de dólares y para el 2025 podría llegar a los 335 mil millones. Eso es cuatro veces lo que mueve la industria del cine en el mundo. 

Su inmenso potencial, los beneficios que trae a los consumidores, pero también las amenazas a los negocios establecidos  y lo desregulados que pueden estar estos intercambios persona a persona hacen que medio mundo esté hablando de ella. Para bien o para mal. 

Dos editoriales ha publicado ya este año el The New York Times advirtiendo de los riesgos que puede tener Airbnb, que se ha convertido en un emblema del consumo colaborativo. A través de este servicio, personas comunes ponen en arriendo desde una pieza hasta su casa completa a viajeros. Su crecimiento ha sido explosivo y le ha quitado una tajada importante a los hoteles, que se quejan de que es competencia desleal, ya que no están normados ni regulados como ellos. El diario también plantea que podría reducir la ya escasa oferta de vivienda permanente que hay en Nueva York, porque a los propietarios podría resultarles más rentable este modelo de arriendos de períodos cortos.     

En respuesta, el vicepresidente de la Asociación de Consumidores Electrónicos de Estados Unidos dio un argumento que aparece recurrentemente: “Las quejas más grandes no vienen de los consumidores sino que de las industrias establecidas (hoteles, taxis, entre otras) que repentinamente están enfrentando nueva competencia”.

Pero según la BBC eso no es cierto: “No son solo los magnates de hoteles y del transporte los que están siendo afectados. Los pequeños propietarios, taxistas y otros profesionales están sintiendo el impacto”, dijo en un artículo que mostraba el lado oscuro de la economía colaborativa.

Pero el debate en los medios está abierto. Por ejemplo, el influyente semanario The Economist, que fue uno de los primeros medios que le dedicó una portada al ascenso de la economía colaborativa, defiende el sistema cada vez que puede. 

Desafiando lo establecido

La tensión con el mercado tradicional se está volviendo pan de cada día para empresas colaborativas de alcance global, a las que se les acusa de no ceñirse a las reglas y obligaciones del mercado formal. La más enjuiciada es Uber, oriunda de San Francisco, cuna de los más exitosos proyectos colaborativos.  El principal responsable es su servicio Uber X (que aún no ha llegado a Chile), que permite que cualquier persona pueda trasladar a otros en su auto y ganar dinero, lo que la ha enfrentado con los taxistas en muchos países. Entre ellos, Alemania, México y particularmente España, donde a causa de la crisis se utilizan mucho estos servicios. Los taxistas se han ido a huelga en Madrid, Valencia y Barcelona, donde incluso apareció quemado un auto particular que trabajaba para Uber.

Boyd Cohen es crítico con esta empresa, básicamente porque cree que ya no es colaborativa ni menos sustentable, otra cualidad que para él deben tener este tipo de emprendimientos. “Pasó a competir directamente con el servicio de taxis, con conductores que ofrecen lo mismo y evitando las reglas y normas que rigen a los taxistas”. 

Quien ha seguido de cerca el caso de Uber es Carolina Rossi, fundadora de Yeba.me, un sitio chileno de transporte compartido que, como la gran mayoría de los emprendimientos colaborativos en Chile, está recién partiendo. Su empresa opera especialmente entre universitarios, puesto que detectaron que allí había un nicho interesante para comenzar. 

“Hay una diferencia gigantesca con Uber y es que funcionamos con aportes voluntarios. Además, estamos enfocados 100% en lo colaborativo, en que los usuarios puedan decir llévame a la universidad y te pago la mitad de la bencina”, afirma. Eso sí, está consciente de que se mueve en un ámbito que tiene roces con el mercado tradicional. “Tenemos dos abogados asesorándonos para poder estar lo más legales posibles”, dice. 

El argentino Germán Rimoldi creó en Santiago el 2013 el sitio Arriendas.cl. Su plataforma permite el arriendo de autos entre personas (llaman a la gente a sacarle partido al auto estacionado) y dice estar consciente de que hay fricción con los negocios establecidos. 

Asume que es un sistema alternativo y que además debe adaptarse a las particularidades del mercado local. Por lo mismo, no exige tarjeta de crédito, solo transferencia por cuenta bancaria, lo que le abre las puertas a un interesante número de clientes.  “Dos tercios de la población adulta acá no tiene tarjeta. Hertz te pide mil dólares congelados en tu tarjeta de crédito. ¿Quién tiene esa plata?”, dice.

Otro fenómeno interesante son las empresas que en vez de luchar contra la economía colaborativa, se suman. Un ejemplo es BMW, dice Cohen. “Tiene un servicio de autos eléctricos compartidos en 20 ciudades del mundo, porque se han dado cuenta de que a muchos jóvenes de hoy no les interesa ser dueños de sus autos”, explica. 

Sus promotores en Chile

El espíritu colaborativo que hay tras este nuevo sistema también reina entre sus promotores locales, quienes han empezado a reunirse y organizarse para promoverla o protegerse en conjunto. 

Boyd Cohen organizó hace algunas semanas el primer mapeo que se hizo en Santiago de este tipo de iniciativas para un proyecto global denominado MapJam que está disponible en línea (tinyurl.com/mapjamsantiago). Se incluyeron algunas que no necesariamente involucran la tecnología, como las ferias libres, se detallaron sitios físicos de naturaleza colaborativa, como estacionamientos compartidos o espacios de coworking y paralelamente se elaboró un listado de los emprendimientos virtuales que han surgido en Chile y que hoy son cerca de cuarenta. Hay sitios de alojamiento, de transporte, de venta de productos, de finanzas. 

En esa última categoría está Cumplo.cl, uno de los primeros proyectos colaborativos de Chile y que es un ejemplo de que este tipo de servicios generan interés por un lado, y tensiones por otro. Nació el 2011, basado en el modelo del sitio Prosper.com, iniciando localmente un sistema que permite a las personas pedir o prestarse dinero entre ellas a tasas más atractivas que en el sistema financiero tradicional. 

Su creador, Nicolás Shea, fundador y exdirector de Start-Up Chile (icónico programa de emprendimiento de la administración Piñera), por estos días está lanzando la Asociación Chilena de Financiamiento Colaborativo (AFICO), en conjunto con Broota.com, plataforma similar pero que une a emprendedores con potenciales accionistas. La idea es poder dar a conocer, defender y eventualmente promover una regulación particular para este tipo de empresas, que según Shea son totalmente diferentes a los bancos. 

La Superintendencia de Bancos opina diferente. El 2012 puso una denuncia en la Fiscalía contra Cumplo por presunta captación de dinero sin ser banco. El conflicto llegó hasta The Economist, que en un artículo apoyó el emprendimiento de Shea y criticó el acoso del órgano regulador. 

“Que alguien que no es banco se ponga a hacer lo que hace un banco, eso tiene que ser prohibido, no puede ser. Los bancos prestan dinero ajeno”, dice Shea.  “Pero los créditos entre personas no son dinero ajeno. Y esa es la gran diferencia. Como no existe la regulación y se trata de algo nuevo, se hace algo parecido a ese juego en que los niños tratan de meter un cuadrado dentro de un círculo y no calzan”.

La Superintendencia ha seguido pidiéndoles antecedentes pero la denuncia no se ha resuelto. Mientras eso no ocurra, desde el organismo prefieren no emitir opiniones. Por su parte, Cumplo ha seguido funcionando y acaban de alcanzar los 34 millones de dólares transados a través de su plataforma. 

Shea cree que es importante hacer una distinción entre empresas que respetan las reglas del mundo offline, con las que no. “Si tu empresa propone una acción que en sí no es legal, entonces vas a tener un problema”, afirma. 

El uso es la nueva propiedad

Con leyes hechas en la era predigital y emprendimientos que desafían lo establecido uno de los grandes desafíos para los países es regular estos nuevos emprendimientos. En algunos estados de Estados Unidos, como San Francisco y Oregon, Airbnb ha empezado a cobrarles impuestos a los huéspedes de piezas o departamentos particulares. Y en varios países se les está exigiendo una licencia especial a los particulares que comparten sus traslados. 

En Chile, de este fenómeno se está comenzando a encargar incipientemente el Ministerio de Economía a través de un consejo consultivo. “Su propósito es generar una política que fomente con medidas concretas este tipo de economía”, dice la subsecretaria Katia Trusich. “Además, trabajaremos en una ley y una institucionalidad apropiada que permita avanzar en esta temática”. Respecto al tema regulatorio, apunta: el principal desafío es no responder con esquemas antiguos a fenómenos emergentes. 

Donde ya hay algo más concreto es en España. Allí el máximo ente regulador  (la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia) puso este mes en marcha una consulta pública para ver las opiniones de los actores involucrados. Lo que quieren es encontrar formas de armonizar este modelo, que describen como altamente beneficioso para los consumidores, con la competencia efectiva con los sectores tradicionales. Para ellos, responde a un cambio cultural: que hoy “el uso” es cada vez más importante que “la propiedad”. 

Confianza, factor crucial

Lo sabíamos, pero un informe de la OCDE lo dejó más que claro: los chilenos tenemos altos niveles de desconfianza. Sólo un 13% de la población dice confiar en los demás. El dato no es menor cuando se trata de hablar de este tiempo de servicios, que en la mayoría de los casos funcionan bajo el modelo persona a persona. 

Horacio Morales, de CrowdyLab, organización que asesora a empresas y personas en este tema,  sostiene que es vital: “Al final, la economía colaborativa se basa en un resurgimiento del sentido de comunidad apoyado por las tecnologías de información. Y en una comunidad lo más importante es la buena comunicación”.

Carolina Rossi, de Yeba.me, cree que ese tema obliga a pensar estos modelos a nivel local. “Los latinos exigen más redes de confianza. Y hay que materializarlo en cosas como confirmar números de teléfono de los usuarios o mostrar sus amigos de Facebook”. 

Nicolás Shea acota su observación al tema de las finanzas. Reconoce que han tenido casos de morosidad en los préstamos entre personas, problema que han ido solucionando con reglas más estrictas. Pero no lo atribuye a la falta de confianza, sino a un problema de información de deudas, que está monopolizada por los bancos. “Es mentira que el problema esté en la cultura chilena. La gente se comporta de acuerdo al sistema que tenemos. Y si tenemos un sistema con incentivos raros, que premia los atrasos, el no pago, porque para las empresas financieras en Chile es muy rentable tener un cliente que se atrase, eso hace que lleguemos a esos índices de desconfianza”, añade.

Ignacio Irarrázaval, director del Centro de Políticas Públicas de la UC, se encuentra preparando allí un estudio  sobre la confianza, convencido de que es indispensable para el desarrollo. Pero lejos de ver un problema en los emprendimientos colaborativos, vislumbra un potencial. “Probablemente la ventaja que tienen es que pueden lograr confianza a través de un estímulo como lo es el servicio a los demás, a pesar de que algunos tengan lucro, esa palabra tan perversa hoy en día”. 

Cree también que algunos proyectos pueden encarnar un despertar del espíritu que alguna vez representaron las cooperativas. Aunque deja también un buen consejo: “Ojo, que la confianza se construye lento y se pierde rápido”.

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