Las huellas de Luis Vargas Rosas, el primer pintor abstracto en Chile

Fundador en los años 20 del grupo Montparnasse, el pintor se adelantó incluso a Roberto Matta en el desarrollo de las formas abstractas.

“Mi amiga… Con Camilo Mori nos hemos juntado, y estas andanzas por tierras de Europa se nos hacen menos aburridas. Artísticamente, somos unos defraudados, de arte moderno no hay nada, ni maestros ni academia ni ambiente. Trabajaremos solos aquí, para a fines de este año irnos a París, al París que aún soñamos con el pensar de América…”, escribía, en 1920, Luis Vargas Rosas a su amiga, la pintora chilena Enriqueta Petit, que siete años después se convertiría en su esposa.

Un año antes, el artista había salido de Chile dispuesto a vagar por Italia y Alemania, en busca de un nuevo destino artístico. Fue en Francia donde tuvo su más fructuosa estadía, que marcó para siempre su pintura. Allí, Vargas Rosas conoció a Picasso, Leger y De Chirico, estudiando en las academias de moda Grand Chaumiere y Colarossi. También se reunió con Vicente Huidobro, otro asiduo a la bohemia parisina, quien le presentó a Juan Gris y Jean Arp.

Para su regreso al país, en 1923, tenía la cabeza cambiada. Sus naturalezas muertas de antaño habían evolucionado a escenas cada vez más cezannianas y muy cercanas a la abstracción. Quería enfrentar los círculos más conservadores del arte local y ese mismo año fundó el grupo Montparnasse, junto a los cinco amigos que lo acompañaron en su periplo por Europa: Enriqueta Petit, José Perotti, Mario y Julio Ortiz de Zárate. El resultado: los pintores fueron rechazados por el círculo cultural de la época. Nadie compró sus cuadros y fueron acusados de degenerar el arte. Sólo el pintor Juan Francisco González, antiguo maestro de ellos, los incentivó a seguir, junto al escritor Juan Emar, quien creó la sección Notas de Arte en el diario La Nación, propiedad de su padre, Eliodoro Yáñez, donde defendió el trabajo de sus amigos.

A pesar de la resistencia a su obra, Vargas Rosas logró introducirse en el sistema público y en 1946 se convirtió en el director de Museo de Bellas Artes. Al mismo tiempo, abandonó para siempre la pintura. Atrás dejó un legado único y poco conocido, que hoy se analiza como antecedente de la abstracción en Chile. Así lo demuestran las 15 acuarelas que desde hoy se exhiben en la galería Stuart de Providencia. Se trata de bosquejos preliminares que Vargas Rosas hacía antes de pintar sus óleos, y que por primera vez salen a la luz. “Todos los chilenos que estuvieron en París se acercaron a lo abstracto, pero siempre desde la realidad. El único deliberadamente abstracto fue Vargas Rosas, mucho antes que Matta”, dice el curador y director de la Facultad de Arte de la UDP, Ramón Castillo, quien ha estudiado por 10 años la obra de Vargas Rosas y que hará una exposición en el Centro Cultural Las Condes para 2012.

Dejar la pintura
Las obras de Vargas Rosas son casi imposibles de pesquisar. En el Bellas Artes hay alrededor de 20, mientras que otras pertenecen a colecciones privadas, como los ingleses Rita y David Hugues, quienes possen cuatro óleos del pintor. “A los chilenos no les gusta la figura abstracta y no se dan cuenta de que Vargas Rosas es un individuo único, que está a la par de los abstractos como Mondrian o Kandinsky. Incluso, tiene elementos hacia el surrealismo, una paleta más suelta y de más colores”, dice David Hugues, quien durante 25 años dirigió la prestigiosa galería Withford and Hugues, en Londres, dedicada al arte moderno.

Junto a su esposa, Vargas Rosas siguió viajando por Europa, pero en Chile expuso con poco éxito. La primera vez fue en 1923, en la sala Rivas y Calvo, y luego para el Salón de Junio de 1925, donde causó escándalo. En los años 30, su mano se volvió más abstracta, enriqueciendo su obra al estudiar grabado en el famoso taller 17, de Billy Hayter, donde también estuvieron Jackson Pollock y Matta.

El pintor volvió a Chile en 1939, antes del estallido de la II Guerra Mundial. Una de sus últimas obras fue el mural Las tres Marías, que permanece en mal estado en una casa de Macul que hoy funciona como garaje y que fue realizado en 1946, mismo año en el que asume como director del Bellas Artes. “Su gestión fue conservadora. Aunque se adquirieron muchas obras del grupo Montparnasse, pocas se expusieron. Tuvo algunos gestos, como la primera exposición de arte moderno que se hizo en Chile, en los 50, con obras del Pompidou o la exposición De Manet a nuestros días, de 1968”, cuenta Ramón Castillo. “Las preguntas quedan dando vueltas: por qué quedó aislado, por qué se transformó en funcionario de un museo, por qué casi nadie adquirió su obra, por qué nunca formó escuela”.

Una de las últimas veces que se supo de Vargas Rosas fue por una entrevista en revista Paula, en junio de 1977, realizada a Enriqueta Petit: “Ya no estamos vinculados al arte, vivimos enfermos, no vamos a ninguna parte. No se atraven a venir, porque Lucho les dice que está mal y que no los puede recibir. Yo tampoco hago nada, no puedo escribir ni pintar, porque tengo las manos malas”.

A los tres meses, en septiembre, Vargas Rosas falleció. Su esposa lo siguió cinco años después.

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