Olivia Jaras: Correr en su memoria

Para esta chilena que vive hace más de diez años en Estados Unidos, el triatlón tiene un significado más allá de lo deportivo. Aquí lo cuenta ella misma en primera persona.

“Mi vida ha sido privilegiada en muchos aspectos, pero la verdad es que me ha pegado muy duro también. 

Nací en Estados Unidos, mientras mi papá hacía un posgrado, por lo que siempre supe que podía estudiar acá. Éramos una familia sin problemas de plata, pero cuando yo tenía 13 años mi papá se enfermó y tuvo que viajar a realizarse un trasplante de corazón, ya que en Chile ese procedimiento era muy inusual. Mi hermano Benjamín y yo nos quedamos por un largo tiempo solos en Santiago, con la nana, mientras él se recuperaba junto a mi mamá.

En esa época Benjamín se metió en problemas, estuvo super involucrado en drogas, lo internaron e incluso estuvo preso. Fue una etapa muy difícil y oscura. Cuando entró a la universidad conoció a su gran amigo, Carlos Cremaschi, un triatleta muy reconocido, quien realmente dio vuelta su vida, lo entusiasmó y lo transformó en deportista. 

Al salir del colegio postulé a varias universidades en Estados Unidos y estudié Relaciones Internacionales en Tufts University. Me vine pensando que la vida iba a ser igual de fácil que en Chile, pero me equivoqué porque estaba muy sola. Benjamín me recomendó que intentara entrenar triatlón. Para mí el deporte era algo más bien lejano. Jugaba un poco de hockey en el colegio, pero era más bien rellenita y sedentaria. Me cargaba trotar y sólo sabía ‘salir a flote’ en una piscina, pero de a poco comencé a mejorar y me sirvió mucho para combatir la soledad. Además, a través del ciclismo conocí a mi marido, Paul Turveville, que en ese entonces era militar.

Un mes antes de graduarme se murió mi papá. Fue un golpe durísimo, yo era su niñita. Con Paul decidimos casarnos aunque sólo llevábamos algunos meses juntos. A las pocas semanas de nuestro matrimonio se murió mi suegro y días después mi marido debió partir a Irak por doce meses. Me quedé sola recién casada, viviendo en Fort Knox, una base en Kentucky rodeada de residencias militares, prostíbulos y casas de empeño. Fue muy duro, me moría de miedo cada vez que me tocaban la puerta o recibía una llamada de un número desconocido, porque Paul no sólo estaba en una zona de guerra, sino que en la primera línea de una tropa que desactivaba minas antipersonales.

De ese período lo que rescato es que me metí muy fuerte en el triatlón. Benjamín me invitó a que entrenáramos, me ayudó a ponerme metas y terminamos corriendo juntos un medio Ironman. Cuando mi marido regresó quedé embarazada de mi primera hija (Maya, nombre en honor a la joven que le donó el corazón a mi papá) y subí 30 kilos. Me saqué la mugre para bajarlos. Para su primer cumpleaños lo había logrado y ahí mismo me di cuenta de que estaba esperando guagua otra vez (de Lucía, hoy de dos años y medio). Llamé inmediatamente a mi hermano, realmente éramos almas gemelas,  él había viajado a China a estudiar mandarín y me dijo: ‘Relájate, te prometo que vamos a hacer juntos otro Ironman. Primero acá y después en Pucón’.

Esa fue nuestra última conversación. Dos días después Benjamín murió, creemos que de un ataque al corazón. Tenía 33 años y en China hacerle una autopsia habría demorado tres meses más el traslado de su cuerpo… Con mi mamá sólo queríamos que llegara, así que nos quedamos con el diagnóstico de los paramédicos.

En su funeral me di cuenta de que era mi decisión morirme de pena o que él me sirviera de inspiración. Apenas nació mi hija empecé a entrenar en su memoria. Me demoré casi dos años en recuperar el peso y el estado físico, pero lo logré. El año pasado hice de nuevo el medio Ironman y crucé la meta llorando a mares, porque sentí que él estaba todo el tiempo conmigo.

Para mí competir es pensar en Benjamín. Después de que él murió encontré en su casa una nota que decía “Yo en mi vida quiero dar el cien por ciento, porque quizás algún día seré un ejemplo para alguien, como lo fueron para mí quienes me rescataron de lo más oscuro”. Con la ayuda desde la distancia de sus amigos, Carlos Cremaschi y Cristián Bustos, comencé a entrenar más duro. El domingo recién pasado volví a correr la misma carrera y bajé mi tiempo en veinte minutos. Rompí por mucho mis propios récords.

Ahora lo que viene es Pucón. Este verano estaré ahí con toda mi familia. Y sé que Benjamín también va a estar corriendo a mi lado”.

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