Paco Molina: El ídolo chileno de Atlético de Madrid, el líder español

El ex goleador de la "Roja" fue emblema "colchonero" y cuenta cómo la dictadura de Franco lo obligó a retornar. Además, detalla su emotivo estreno por la Selección en 1953.

“Yo no era un goleador nato. Era un volante que remataba desde lejos con ambas piernas. Yo sabía que destacaba por eso y una vez me atreví a pedirle a un técnico -que ya ni recuerdo cómo se llamaba- que me ubicara más adelante. Pero me señaló que no. Me dijo que si aceptaba, el equipo no iba a aprovechar mis precisos pases en profundidad. Después de ese consejo, sólo me dediqué a perfeccionarme como un ‘cerebro’. Y ahí me quedé. Como un jugador que asistía de todas las maneras y que, cuando tenía la oportunidad y el espacio, le daba con todo al arco”.

Con 84 años, Francisco Molina Simón se describe como futbolista. Y es necesario. Poco se sabe de este español radicado en Antofagasta, quien fue goleador de la selección chilena e ídolo del Atlético de Madrid (1953-1957), el mejor equipo de la península en la actualidad (es líder del torneo local y en la Liga de Campeones de Europa es semifinalista). “Estoy  contento por el ‘Aleti’. Nosotros siempre mandamos junto al Barça y al Real Madrid. Me siento muy bien con el nivel que han mostrado, porque la institución ha vuelto a estar donde alguna vez la dejamos”, cuenta “Paco”, quien se inició como deportista en el club Roberto Parra, del cerro Mariposa de Valparaíso, y quien luego defendió a Santiago Wanderers (1949-1950), Universidad Católica (1951-1952 y 1960), Audax Italiano (1957-1958), Unión Española (1960) y Coquimbo Unido (1963-1964).

Molina nació en Suria, localidad catalana, pero a los nueve años llegó con su familia a Chile con el Winnipeg, barco que arribó a Valparaíso el 3 de septiembre de 1939. Sus padres fueron parte de esos 2.200 exiliados que escaparon de la Guerra Civil Española, desde el puerto francés de Trompeloup, gracias a la ayuda de Pablo Neruda.

En el cerro, Molina demostró ser uno de los mejores para el fútbol, cualidad que más tarde lo llevó a destacar con los “caturros” y a ser artillero de la “Roja”, a pesar de ser hispano, en la Copa América de Perú de 1953. “Para mí ir a la escuela ya me hacía sentir chileno. Cuando me puse la camiseta de Chile por primera vez se me hizo un nudo en la garganta. Se me cayeron las lágrimas, pues necesitaba sentir que era parte de una patria. A mis 84 años todavía no puedo explicar lo que me pasó. Al parecer, los que hemos defendido a Chile alguna vez estamos dispuestos a dar mucho más de los que se tiene”, afirma.

“Paco”, en ese torneo, no sólo fue el hombre gol de la Selección, sino que también del certamen, con siete. “Quise agradecerle así a Chile por todo el apoyo que me brindó, por la ayuda que nos dieron para salir de una dictadura y de una guerra que gestó un imbécil, como Franco, que quiso manejar el país, pero que sólo llevó a la gente a las puertas del infierno”, agrega. 

España y el retorno a Chile 

Su actuación en ese Sudamericano tentó a varios equipos europeos, pero al final fichó por los albirrojos. “Firmé un contrato de tres años con el Atlético, dónde siempre fueron halagadores conmigo. Allí viví cosas que nadie ha vivido, era realmente un ídolo para ellos y no me dejaban en paz (ríe). En la prensa, incluso, una vez me hicieron una producción fotográfica donde me vistieron de frac y llevaba una bandeja con un balón, haciendo una analogía de mis pases gol”, dice.

Molina debutó con los “colchoneros” el 13 de septiembre de 1953, en la caída 3-1 ante Espanyol y alcanzó a defenderlos en 58 partidos. En ellos marcó 33 goles, pero la dictadura volvió a cambiar su vida. Y así lo recuerda: “Cuando terminó el primer vínculo, cerramos otro por escrito, con una cláusula especial: que mi padre volviera a España, a reunirse con mi madre y mi hermana, quienes habían podido acompañarme en Madrid. De esa forma, aseguraba un contrato de tres años más y podría reunirme de nuevo con mi familia. Sin embargo, no se pudo dar esa opción. Mi papá no regresó, quizás Franco pensó que él era un ladrón, un revoltoso o algo como eso, y ni siquiera sabía de política… Entonces, tuve que volver”.

De vuelta en Chile, colaboró en el último título de Audax Italiano (1957) y en el de 1961 de la UC. Se retiró a los 30 años, pues sufría de amebiasis, un mal parasitario que invade el intestino. Luego fue DT y tuvo relativo éxito con O’Higgins, dónde llegó a las semifinales de la Libertadores 1980. “Me acuerdo que una vez, jugando en Bilbao, tuve que ir a vomitar. Ahí empezó ese lío del estómago, el cual siguió acá y terminó con mi retiro. Fui técnico, pero en realidad no era lo mío, preferí el comercio”, confiesa.

Hoy, Molina es el más contento en el país con el nivel del Atlético. En el norte, sigue mirando fútbol por televisión y reconoce que “Jorge Valdivia es un espectáculo, aunque con lagunas importantes”, que “al chico Alexis Sánchez le sobran algunos driblings” y que “Arturo Vidal será uno de los mejores de la historia”. El paladar futbolístico no se pierde con los años. Y el Atlético, además, tiene a su hincha más lejano. Para él, no es una moda.

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