Paula Saffie: "Soy numeraria"

“Tenía una familia buena y cariñosa, estudiaba lo que quería, tenía un auto, viajaba y era feliz, pero ya me había dado cuenta de que me faltaba algo”.

Mi vida está marcada por el encuentro con personas. Ha sido así siempre. Tengo 30 años, soy la menor de tres hermanos, los dos ingenieros comerciales, y soy médico, neuróloga, especialista en trastornos del movimiento, sobre todo en una enfermedad que se llama ataxia, que es la falta de coordinación en distintos grados. Trabajo en el Cetram, un centro en Independencia que atiende de manera integral a personas con estos problemas y en la Clínica de la Universidad Los Andes.

Cuando estaba en séptimo básico mi papá me cambió al Colegio Apoquindo. Dijo “son tres hijos y vamos a invertir en uno”. Yo era la menor y única mujer, así es que fui yo, bien poco machista. Pasé de un colegio de formación inglesa y mixto a uno ligado a los Legionarios de Cristo, con hombres y mujeres separados y gente con un nivel socioeconómico más alto que el mío, pero terminé con muchas amigas y en cuarto medio salí mejor compañera. Mi familia era católica, pero de misa en los domingos, no más, así es que mi formación espiritual creció ahí.

Al salir el puntaje no me dio para medicina en la UC pero sí para la U. de Chile, pero mi mamá, que es dermatóloga de ahí, me dijo que me iba a pasar en paro –esto era en 2004- y comentó que estaban saliendo buenos médicos de la U. de los Andes. Yo no la conocía pero le hice caso.

No me costó mucho hacer amigos, entre ellos, la Estefi: ella venía del Colegio Los Andes, de familia de supernumerarios e iba a Círculo, que significa que recibía formación católica a una casa del Opus Dei. Conocerla me cambió la cabeza. Me llamó la atención esta amiga que estudiaba conmigo, iba a fiestas, era muy normal, pero que además rezaba, vivía su fe en el día a día y no sólo cuando iba a misa. Para mí, la gente que rezaba o era sacerdote o estaba en un convento o era fome.

Me fui a trabajos de invierno con ella y con un grupo del Opus Dei, todas mujeres, y me di cuenta de que estaba lleno de Estefis. Ellas me enseñaron a rezar y una se ofreció a darme charlas de fe y así empecé a ir a Círculo donde me hablaban de la religión no desde la teoría, sino que de aplicarla en tu vida concreta, de cómo encontrar a Dios en los cuadernos, en los libros de medicina. Fue otra revolución: Yo antes estudiaba para ser la mejor, no más. Ahí aprendí que uno puede estudiar y ofrecerlo a Dios. Es una especie de trueque, de negocio –y como yo vengo de familia árabe por los dos lados, me gustan los negocios- porque me esfuerzo al máximo no sólo para ser la mejor, sino que se lo ofrezco a Dios y con ello ayudo a los demás. Eso es santificarse en el trabajo.

Me involucré cada vez más y otra vez, hubo una persona clave. La Estefi tenía una amiga, que era la taquillera, la top, que se hizo numeraria. Me movió el piso, como que me acercó la posibilidad. Yo tenía una familia buena y cariñosa, estudiaba lo que quería, tenía un auto, viajaba y era feliz, pero ya me había dado cuenta de que me faltaba algo. Empecé a rezar, meditar, preguntarme. No soy capaz de explicar el proceso interior, es una cosa muy íntima. Aunque suene cursi, me hice amiga de Jesús y él me llamó. Y en un minuto, hace 10 años, dije sí, parece que me pide todo, quiero ser numeraria.

¿Qué significa eso? Tener una relación con Dios intensa que te lleva a buscarlo en tu vida cotidiana, en mi caso, en mi trabajo de neuróloga, en el Cetram. Allí trabaja gente muy distinta entre sí, busco a Dios en cada uno de ellos, en los pacientes y en todas mis actividades. También significa tratar de acercar a las personas a Él. Que otros vean en mí lo que yo vi en la Estefi. Te comprometes a ser santa y a hacer apostolado, pero no haces votos, yo no soy monja, sigo siendo laica.

La mayoría de las numerarias vivimos en casas del Opus Dei. Eso también implica estar disponible para lo que la Obra te pida, que en mi caso en este momento es ser directora de la residencia Araucaria, para universitarias de regiones, donde ahora vivimos 27 personas.

Escoger esta vida significó elegir a Dios por sobre los hombres y la maternidad, ser célibe. Me gustan los hombres y antes tuve varios pinches, pero ninguna relación formal. Me imaginaba casada y con hijos, pero cambié una vida por otra. A mi papá al principio no le gustó nada y mi mamá me decía que lo pensara, pero nunca se opusieron, es sólo que no estaba en sus planes, nadie de mi familia había tenido que ver nunca con el Opus Dei.

Las numerarias nos comprometemos a sacar adelante la Obra y para eso se necesita plata, y por eso yo le entrego mi sueldo completo y pido un monto semanal, que yo me autoasigno cada vez de acuerdo a lo que tengo que hacer. Si voy a ir a un restaurant a celebrar a mi amiga que se tituló necesito plata, y también tengo que tener lo necesario para hacer mi trabajo. Aquí, por ejemplo, tengo mi Ipad, no pasa nada, pero tengo el uno, no necesito el último.
No me ando presentando como numeraria a la primera, como tampoco la gente te saluda con un “hola, soy casada”. Es una conversación que se da en la medida en que te conoces. Muchas personas se sorprenden, a veces incluso les produce algo de resquemor. Una vez alguien me dijo, “no te preocupes, aquí somos muy abiertos y te vamos a tolerar”. ¡Tolerar! Si no hay nada que tolerar. Pero lo entiendo, a mi también me pasó, y por eso tengo que explicar un poco mi vida, tal como ahora.

Mis papás están contentos, se les nota y es porque yo estoy feliz y tranquila. El Opus Dei ha sacado lo mejor de mí, me ha pulido. Yo era muy mimada. Decía quiero jugar fútbol y llegaban los arcos y pasé de mi pieza sola a compartir una con otras cinco, achiqué el clóset, dejé mi auto. Todo eso me ha hecho bien. Soy más libre y menos caprichosa que hace 10 años. Es mejor la Paula con menos cosas que la que tenía más, la veo mejor y más entregada a los demás.

*Paula Saffie Awad, médico especialista en neurología, parte del equipo del Cetram. 

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