Se cumplen 60 años de la llegada del primer ser vivo al espacio

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Aunque fue un viaje sin retorno, el 3 de noviembre de 1957, Laika se transformó en el primer pasajero celestial, trazando la ruta para el arribo del hombre al espacio.




El 7 de noviembre de 1957, la revolución bolchevique cumpliría 40 años, por lo que el líder soviético de entonces, Nikita Kruschev, pidió a su agencia espacial acelerar los planes de enviar el primer ser vivo al espacio.

El itinerario original de la agencia espacial rusa preveía esta hazaña para 1958, pero en plena Guerra Fría, Kruschev quería sellar una nueva marca en la hasta ahí veloz carrera espacial soviético, iniciada con el éxito del Sputnik 1, el primer satélite en llegar al espacio.

La solicitud, se estima, fue hecha entre el 10 o 12 de octubre de 1957, por lo que los ingenieros rusos sólo tuvieron cuatro semanas para preparar una nave que completara la hazaña.

"El satélite se creó sin ningún diseño preliminar", escribiría más tarde en sus memorias Boris Chertok, uno de los ingenieros que participó de la construcción de la nave.

Junto con diseñar el módulo espacial, los ingenieros se dieron a la tarea de buscar un perro que se adecuara a este inédito viaje. Sus teorías apuntaban a que el mejor "astronauta" sería un perro callejero, pues suponían que estaban mejor adaptados a las inclemencias climáticas de la gélida Moscú.

Tres perros sortearon el casting soviético: Albina, Mushka y Laika, aunque sería esta última la que finalmente se quedaría con la butaca del Sputnik 2.

Viaje sin regreso

Hasta su lanzamiento, se ignoraba si los seres humanos podrían sobrevivir a las condiciones de ingravidez. Por ello, y para mejorar su supervivencia, la sonda fue equipada con un generador de oxígeno y un ventilador, diseñado para activarse cuando la temperatura de la cabina superara los 15°C, para así mantener la temperatura del animal.

El viaje fue previsto con una duración de siete días. Laika tendría suficiente comida (en forma de gel) para una semana y su habitáculo, si bien no le posibilitaba darse vuelta, sí le permitía pararse, sentarse y acostarse.

Para monitorear sus signos vitales, la nave estaba equipada con un electrocardiograma para revisar la frecuencia cardíaca, además de la frecuencia respiratoria, la presión arterial y los movimientos de la perra.

Pero este primer vuelo no contemplaba el regreso de la nave. Aún no se había diseñado la tecnología capaz de traerla de regreso.

Hasta el año 2002, la versión oficial de los rusos fue que la nave permaneció en órbita por una semana, lapso al cabo del cual se quedó sin oxígeno, pero que el perro fue sometido a una eutanasia, para evitarle mayor sufrimiento. Pero ese año, Dimitri Malashenkov, director del Instituto de Problemas Biológicos de Moscú, transparentó que el animal murió calcinado apenas seis horas después del lanzamiento, y luego de dar tres vueltas a la Tierra, pues la nave carecía de un adecuado escudo térmico.

Además, confidenció el científico ruso, el animal sufrió una taquicardia, producto del estrés al que fue sometido.

Pese a ello, dice a La Tercera David Southwood, ex director de Ciencia y Exploración Robótica en la Agencia Espacial Europea (ESA), "Laika mostró que un ser vivo podía alcanzar el espacio y que los sistemas de soporte de vida podían funcionar".

Dice que el sacrificio fue necesario, como en el caso de los monos de prueba que utilizó Estados Unidos. "Esto fue un precursor necesario para la llegada del hombre al espacio. Tristemente, no lograron aterrizar de regreso exitosamente. Hubiera requerido mucho más trabajo el demostrar un descenso y aterrizaje seguro para los humanos", señala el ahora experto del King's College de Londres.

Como el destino de Laika estaba trazado antes de su partida, Vladimir Yazdovsky, uno de los ingenieros a cargo del proyecto, reconocería años más tarde en un libro que llevó a Laika a su casa para que jugase con sus hijos poco antes de iniciar su fatídico viaje. "Quería hacer algo bueno por ella: le quedaba tan poco tiempo de vida".

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