Que vuelvan los lentos

En tiempos donde reinan las plataformas para conocer gente, muchos se cansaron de la dictadura del online. ¿Las razones? La saturación provocada por el exceso de citas o una secuencia de malas experiencias ha llevado a varias a apostar por proyectos inspirados en la vieja escuela: juntarse a conversar y conocerse. Como antes.

En agosto la escritora británica Lucy Vine escribió en el diario Daily Mail un artículo titulado “Por qué todos tenemos agotamiento de Tinder”: una escritora revela sus razones para buscar el amor en el mundo real. Ahí contaba cómo tras un año sin Tinder volvió a la red social para encontrar pareja con una sugestiva biografía: “Buscando a alguien con quien hablar de cuánto odio a Tinder”.

Vine, autora del libro Hot Mess, cuenta en el artículo que en los últimos cinco años ha estado en más de 100 citas concertadas en la red social con resultados nefastos provocados -según su tesis- por el intenso trabajo que dan las aplicaciones de citas. Un fenómeno que en Europa y Estados Unidos llaman “Tinder Burnout” (o saturación de Tinder) y que va de la mano del impresionante crecimiento de esta red social, que en septiembre se transformó en la plataforma pagada más descargada en Apple Store en Estados Unidos alcanzando los 50 millones de usuarios en el mundo. “Lentamente Tinder comenzó a sentirse como un deber y, lo que es peor, como la única opción para conocer a alguien. Un recordatorio agotador y omnipotente de que debería estar haciendo algo acerca de mi soltería”, dice la escritora.

Pero no todo está perdido. Hoy los disidentes de la tecnología están promoviendo volver a las opciones offline para conocerse. Se trata de encuentros presenciales organizados por productoras que seleccionan y filtran a los asistentes, ejerciendo un rol parecido a sus competidores tecnológicos, pero a la antigua: las personas deben acercarse y conversar cara a cara en lugares especialmente elegidos para esto.

Y en Chile -sí, acá- hay ejemplos de cómo el offline está retornando.

Los Tinder humanos

En su columna del Daily Mail, Vine cuenta que no siempre tuvo una mala opinión de Tinder. Recuerda que cuando recién se lanzó, en 2012, era un paraíso: una apacible forma de encontrar medias naranjas, pero que a partir de su explosión en 2014 -cuando generó 12 millones de matches (cuando dos personas se gustan mutuamente) al día- eso se perdió y hoy es tan sencillo conseguir una cita que nadie las valora y si hasta el más mínimo detalle sale mal las conversaciones por chat se acaban súbitamente. “Perdí la cuenta de las veces en que los hombres desaparecieron, a menudo a mitad de una conversación, después de semanas de hablar”, escribió Vine.

Gonzalo Badal (43) es un ingeniero civil que hace dos años decidió incursionar en el mundo de Tinder. “Al principio a uno le sube harto el ego porque aparecen mujeres bastante estupendas”, parte explicando, pero al rato matiza su opinión y recuerda los aspectos que lo hicieron borrar su perfil después de sólo tres meses. “Me aburrí, al ser tan inmediato en los contactos, hace que las citas sean absolutamente desechables. Con varias personas conversé por el chat y se mostraban con ganas de juntarse y la verdad es que después de la invitación desaparecían”, se queja Badal.

Para sobreponerse a su decepción online el ingeniero empezó a participar en las actividades de Mesa Ciega, productora creada hace cinco años y que hace comidas para que 12 asistentes -seis hombres y mujeres seleccionados por criterios de edad y profesión-, para que se conozcan a la antigua: compartiendo en una mesa.

“Los que llegan acá son en su mayoría gente que ya está medio traumada por el tema virtual. Te dicen que están aburridos de ir a tantas citas”, dice Poly Ferreira, la directora de Mesa Ciega, y comienza a enumerar los relatos que ha escuchado: hombres que se quejan de que les sale muy caro pagar tres o cuatro invitaciones semanales a comer, bailar, al pub o cafés. Mujeres que alegan que ellos asumen que cuando les pagan la cuenta se tienen que ir juntos a pasar la noche. O usuarios que protestan de que al momento del encuentro presencial se dan cuenta que de la persona con la que chatearon por semanas no era la de la foto.

Dominique es doctora, tiene 34 años y, también, malos recuerdos de su paso por la aplicación. “Tinder se transformó en algo donde la otra persona es completamente despachable, cambiable y reciclable. Eso me cargó. Si alguien no te interesa dices chao, hay 10 mil más”, opina.

Aunque pareciera algo bueno, tanta alternativa se puede transforman en exceso. En la sicología, donde se conoce como la paradoja de la elección, tesis del sicólogo de la Universidad de Pensilvania Barry Schwartz, que dice básicamente que cuando tenemos muchas opciones nunca quedamos completamente satisfechos con la que tomamos porque sentimos que podría haber una mejor. Algo que en el mundo de las citas en línea es llamada la ilusión del pool infinito de gente: alguien puede conocer al hombre o la mujer de sus sueños, pero lo más probable es que piense “es increíble, pero quizás el próximo/a…”.

Ferreira dice que desde que entró a este negocio ha probado todas las aplicaciones y páginas de citas. Es más, agrega que con su pareja estuvieron un año saliendo con otras personas para saber qué tipo de experiencias tienen sus usuarios. “La falla de estas redes sociales es que llega un punto en que saturan y se vuelven excesivas”, diagnostica la directora de Mesa Ciega.
Para Daniel Halpern, académico de la Facultad de Comunicaciones de la UC y director de Tren Digital, esta sensación de saturación es entendible. “Si te llegan 100 o 150 solicitudes en el día, porque pusiste una buena foto o tienes buena pinta, y todo eso lo tienes que filtrar, es comprensible que alguien se maree”, analiza.

Dominique -la doctora de 34 años con pésima opinión de las app de citas- va a Cónclave, otra alternativa de encuentros offline que desde enero ha reunido a más de 100 personas en comidas o encuentros de entre 10 y 20 asistentes en restoranes, cerros o azoteas de edificios.

“Yo tengo el control de la gente que viene a cada reunión y como hay una cantidad limitada de personas, no está la locura de las cientos de alternativas”, dice Verónica Watt, la sicóloga detrás de Cónclave, proyecto que explica que no está sólo enfocado en encontrar pareja sino que también nuevos amigos.

Para ir a estos encuentros los interesados tienen que inscribirse en su página web tras lo que reciben un correo con dos links. Uno con un test de personalidad desarrollado por la antropóloga estadounidense Helen Fisher y el otro, con un cuestionario de preferencias personales. En base a esto se selecciona a los participantes de cada encuentro de tal modo de tratar de que sean personas con intereses y pasatiempos en común. Por eso, la sola inscripción -que es gratuita- no garantiza que a uno lo llamen a alguna actividad por la que hay que pagar 30 mil pesos.

El formato de Mesa Ciega es similar: los interesados llenan una ficha en la página, el equipo de Poly Ferreira corrobora los datos y hace minientrevistas con sicológos para finalmente seleccionar a los invitados a las comidas, que se hacen en casonas o departamentos de Providencia y cuestan 40 mil pesos.

“Los usuarios pueden detallar qué buscan. Desde una mujer independiente, dependiente, profesional o dueña de casa hasta una extranjera, con o sin hijos, que viva sola o no, o que sea viajera”, explica Ferreira sobre los cuestionarios que permiten elecciones también de preferencia sexual -heterosexuales, homosexuales o bisexuales-, étnica, religiosa y que además considera aspectos físicos como que tenga o no tatuajes y piercings o sean rubios, flacos, gordos, altos.

Este tipo de organizaciones también permiten crear redes de contactos para el trabajo. Así han surgido los cheese and wine, anglicismo para referirse a encuentros en que ejecutivos y profesionales se reúnen con vino y quesos a conocerse y conversar. En la consultora Pleasant Work Chile los organizan hace cinco años en el coworking Conectas, en Providencia.

“Nos dimos cuenta, que las personas necesitaban mejorar las redes de contacto, que antes eran sólo virtuales vía Linkedin o correo”, dice Eduardo Zamora, director de Pleasant Work Chile. A cada reunión van entre 40 y 50 profesionales de 35 a 45 años que tienen que cumplir tres requisitos: ser seleccionados e invitados por la consultora, llevar una botella de vino y cambiar de interlocutor cada vez que se les acaba la copa.

Para Zamora, en Chile -país donde estima que el 80 por ciento de los empleos se consiguen a través de redes de contactos- este tipo de instancias son más importantes aún. “Si yo le mando un mensaje a través de Linkedin a alguien que no conozco, por idiosincrasia lo más probable es que esa persona no me va a recibir. En Estados Unidos, sí. Pero acá no funciona así, tienes que ser referido por un conocido”, explica el consultor.

Mucho ruido y pocas nueces

Otro de los asistentes a Cónclave es Álvaro (37), quien en un living con otros participantes cuenta que hace un año tiene perfil en Tinder, que no se queja, que a veces salen “cosas entretenidas”, pero que la repetición cansa y ya ha descrito muchas veces la misma secuencia: ingeniero comercial, separado, dos hijos. “Igual me pasa que cuando ya cuentas la misma historia muchas veces es una lata. Tinder es super demandante, tienes que estar ahí todo el día métale mensajes y dedicarle tiempo”, explica.

Se trata de una opinión que se repite. “Muchas amigas me han dicho que de mil y una cita con suerte media vale la pena y es alguien con quien en verdad puedes seguir conversando después”, dice Dominique, que está sentada al frente de Álvaro.

Esta lentitud del amor en línea ha sido documentada. El famoso profesor en sicología del comportamiento de la Universidad de Duke, Dan Ariely, ha calculado que cada cita que se logra concertar online demanda un promedio de seis horas de trabajo entre encontrar a una persona y coordinarse, una experiencia que define como “increíblemente insatisfactoria”.

Tanta cháchara virtual sustenta el negocio de la red social: los datos de sus usuarios. La periodista Judith Duportail pidió, bajo la ley de protección de datos de la Unión Europea, a Tinder que le enviara toda la información recopilada sobre ella. Recibió 800 páginas con todos sus “me gusta” en Facebook, la cantidad de amigos que tiene en esa red, los enlaces donde habrían estado sus fotos en Instagram, sus datos de educación, el rango de edad de los hombres que le interesaban y cuándo y dónde había conversado en línea con sus matches de Tinder entre otros datos.
En resumen, ahí estaba todo su comportamiento las 920 veces en que ocupó Tinder e hizo 870 matches distintos. “Recuerdo muy bien a algunos de ellos: los que se convirtieron en amantes, amigos o primeras citas terribles. Me olvidé de todos los demás. Pero Tinder no”, escribió la periodista en el medio británico The Guardian donde publicó un artículo al respecto en septiembre.
Álvaro dice que el tedio que le producen estas largas e inciertas conversaciones virtuales lo ha hecho revalorizar la clásica salida a bailar. “En Tinder puedes pasar dos semanas chateando, mientras que en la discotheque vas, bailas y si te gusta le das un beso y si quieres seguir más, te vas para su casa. No tienes que hacer esta inversión hasta que logras saber qué quiere la otra persona. A mí me pasa eso, cuando alguien estira y estira el tiempo no tengo paciencia”, proclama el ingeniero comercial.

Aunque -y acá viene otra de las paradojas de la tecnología- las habilidades sociales para lograr esa performance en la disco disminuyen en la medida que se ocupan plataformas de citas. “Hoy las personas, principalmente por el uso de tecnología, tienen menos habilidades sociales y menor tolerancia a la frustración, por lo tanto que te digan que no duele más que antes”, opina Halpern.

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