Alejandro San Francisco

Alejandro San Francisco

Académico UC, Universidad San Sebastián y Director de Formación Instituto Res Pública

Opinión

El 18 de septiembre y el patriotismo


La declaración de la Independencia de 1818 señaló “la revolución del 18 de septiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile para cumplir esos altos destinos a que lo llamaba el tiempo y la naturaleza”, es decir, para terminar con “la violenta sumisión” y “proclamar su independencia a la faz del mundo”. Aunque la Primera Junta de Gobierno había sido un acto de fidelidad a la monarquía, el proceso que siguió después tomó su propio curso y se dirigió al autogobierno, que se consolidaría como república.

En las primeras décadas del siglo XIX, el país celebraba el 12 de febrero, el 5 de abril y el 18 de septiembre, fecha que quedó como la fiesta nacional exclusiva en la década de 1830, donde se mezclaban celebraciones oficiales y fiestas populares. El proceso de fondo que vivía el país era el fortalecimiento de la nacionalidad, que no se dio de inmediato en los sectores populares, sino que requirió múltiples elementos que fueron facilitando el desarrollo del patriotismo y la conciencia nacional.

Entre ellos se pueden destacar las victorias militares obtenidas por Chile; la creación de los símbolos nacionales; la música, que incluye el himno patrio y el popular himno de Yungay; la enseñanza y los ritos patrióticos; la exploración y representación del territorio; los discursos patrióticos del clero; incluso la formación de instituciones y la autocomprensión de gozar de un sistema de gobierno, que en ocasiones se concebía como “excepcional” en el concierto sudamericano.

Entre todos esos aspectos es necesario incorporar la fiesta nacional, “el 18”, con sus pampillas, chinganas o ramadas, que servían como lugares de encuentro, en los que el pueblo expresaba su alegría y despertaba su fervor nacional; no estuvo exento de críticas, por sus excesos y borracheras, aunque finalmente eran tolerados por la finalidad nacional que representaban.

La tarea se cumplió a la larga, al punto que Pedro Balmaceda Toro, poeta muerto prematuramente, llegó a decir que el país tenía “la furia del patriotismo, que es una de las tantas enfermedades heroicas que sufren los pueblos jóvenes”, mientras el representante británico en Chile aseguraba en 1891 que “los chilenos profesan un casi exagerado sentimiento de amor por su país y de orgullo por sus fuerzas navales y militares”. La guerra civil de ese año, sin duda, contribuyó a matizar el creciente optimismo y percepción de superioridad.

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