No sabemos qué respiramos

El ministro de Obras Publicas supervisa en terreno las obras de la COP25

Sebastián Beltrán/ AgenciaUno



*Esta columna fue escrita junto a Dominique Hervé, Facultad de Derecho UDP.

Lo que se hizo patente durante los últimos años en la zona industrial de Puchuncaví-Quintero es un problema sistémico a lo largo del país: no podemos estar seguros sobre qué respiramos. Esa ignorancia es en sí un problema para el derecho a la salud y se ve acentuada actualmente en algunos sectores, dadas las emisiones por incendios y barricadas y el uso masivo de gases lacrimógenos en las últimas semanas.

En chile, la información ambiental sobre calidad de aire a pesar de existir un sistema que la regula– no cumple con los estándares de derechos humanos aplicables tanto para el acceso a la información, como para la calidad y contenido de la misma.

El Informe Anual sobre Derechos Humanos de la UDP de 2019, publicado en noviembre, reveló que los datos con los que contamos sobre los contaminantes en nuestras ciudades y pueblos son incompletos, por no abarcar todos los principales contaminantes nocivos para la salud y por no ser debidamente accesibles. Solo la información sobre material particulado grueso (PM10) se encuentra sistemáticamente disponible para la población.

Uno de los mayores problemas identificados por el informe es la falta de calidad de los datos que se usan para tomar decisiones de políticas públicas, tales como la adopción de planes de descontaminación. Así, existen errores de medición, ubicación no representativa de estaciones de monitoreo, baja frecuencia de mediciones y la ausencia de un laboratorio de referencia y un mecanismo de verificación de la calidad de la información sobre contaminación del aire. Otro aspecto del problema es que Chile no ha definido las concentraciones de contaminantes según los estándares de la Organización Mundial de la Salud (nuestro país es más permisivo) y, peor aún, no ha abarcado contaminantes tan riesgosos como el carbono negro, o el arsénico y benceno que forman parte del PM10 y PM2.5.

Con ello, sabemos el tamaño de los contaminantes que respiramos, pero no su toxicidad; por lo tanto, no podemos tomar acciones individuales ni colectivas informadas para proteger nuestra salud.

La calidad del aire está íntimamente relacionada con el cambio climático, pero necesitamos datos distintos para hacer frente a cada uno: mientras para el último interesa reducir la cantidad de emisiones (y, por lo tanto, se miden éstas), la calidad de aire requiere además información sobre la concentración de los contaminantes en lugares habitados. Sin ella, no sabremos qué respiramos. Es preocupante que, justamente en el año de la COP25 del cambio climático, el informe revele que la cantidad de fiscalizaciones de calidad de aire por parte de la Superintendencia de Medioambiente ha bajado drásticamente.

En definitiva, es urgente avanzar para establecer las condiciones para un sistema independiente y transparente de verificación de la calidad de los datos sobre la contaminación del aire en el país.

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