A un año del 18-O




Han pasado muchas cosas en este último año y creo que vale la pena hacer algunas reflexiones al respecto.

El estallido social no fue un evento pacífico. Creo que se encuentra en la misma categoría de otras revoluciones que ha vivido la historia de la humanidad. Revoluciones a veces grandes y violentas, como la francesa, y otras menos violentas han existido en países que hoy día nos parece difícil imaginar, incluso en algunos países nórdicos. Lamentablemente, hoy en pleno siglo 21, hay autoridades políticas a cargo que no ven la realidad hasta que ya es demasiado tarde. Vale la pena preguntarse por la mejor manera de evitar esa miopía de quienes están en puestos de poder.

El proceso constituyente es darnos otra oportunidad de convivencia, como sociedad, pero sobre todo es una oportunidad para la elite económica y política. La Tabla 79 del Informe del PNUD (2015) era clara en mostrar la distancia entre las preferencias de la ciudadanía y las elites. Por ejemplo, a la pregunta de si el Estado debe hacerse cargo del sistema de pensiones, 80% de la ciudadanía se manifiesta a favor, mientras solo el 3% de la elite económica y el 27% de la elite política lo hace. Lo mismo en educación, salud, entre otros.

Más que proceso constituyente, plebiscito y nueva Constitución, lo que creo que hay que comprender es que hace años el país está viviendo un momento constituyente. Un momento histórico en el cual la sociedad se cuestiona a sí misma sus reglas, la forma en la cual está tomando sus decisiones y los principios en los cuales está basando esas decisiones. Este momento constituyente no va terminar por decreto ni con una nueva Constitución, sino en la medida que las reglas, formas y principios realmente cambien las políticas públicas. Queda mucho camino que recorrer.

La pandemia nos ha mostrado muchos de nuestros desafíos. Por una parte, el mal manejo de la crisis sanitaria que nos tiene en los primeros lugares a nivel mundial de contagios y muertes, autoridades que no escucharon a los expertos y tomas de decisiones poco inclusivas nos muestran la relevancia de los tipos de liderazgo en tiempos de crisis. También se hicieron evidentes las fallas en la lógica de focalización de la política social y lo necesario de la seguridad social en estas circunstancias. Y cada vez son más patentes las consecuencias de las desigualdades en múltiples ámbitos más allá del contagio, acceso a tecnología, educación, hábitos, salud mental, calidad de la vivienda, entre otros.

A un año del estallido social, es necesario entender que el momento histórico que vivimos no parte ni termina ahí, venía de antes y es probable que permanezca en la memoria como motor de cambios en las próximas décadas. Pero para hacer que el camino sea positivo necesitamos liderazgos que estén dispuestos a trabajar por los cambios, dispuestos a renunciar a privilegios, y dispuestos a escuchar y respetar las diferencias.

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