José Antonio Viera-Gallo

José Antonio Viera-Gallo

Abogado

Opinión

El abanico de las transiciones


La crisis venezolana ha puesto de nuevo en el tapete la discusión sobre las diversas modalidades que puede asumir el paso de una dictadura a una democracia.

Una hipótesis se produce cuando la dictadura ha cumplido su ciclo hasta volverse inconveniente para el progreso de la sociedad. Así ocurrió en España luego de la muerte de Franco y en Portugal donde las FF.AA. reaccionaron frente a las guerras coloniales poniendo fin al régimen de Oliveira Salazar. Otra situación ocurre cuando el régimen dictatorial sufre una derrota militar, como sucedió en Grecia con el régimen de los coroneles y en Argentina con Las Malvinas.

El caso más frecuente es una presión social creciente hasta producir un quiebre en el régimen que aísle al núcleo gobernante. En este caso puede haber ocasiones en que el cambio sea claro y definitivo, como ocurrió con el triunfo del movimiento obrero en Polonia o con la primavera árabe en Túnez y Egipto, cuando la gente o bien ocupó las fabricas y paralizó el país o bien copó los lugares públicos.

A veces esa presión tiene efectos parciales. En Brasil el movimiento por la elección directa del Presidente fue el detonante de un cambio gradual, y en Chile las protestas abrieron el camino para que se dieran las condiciones de un plebiscito legítimo.

Las victorias armadas contra las dictaduras son escasas. Tenemos los ejemplos de Cuba y Nicaragua. En El Salvador, después de duros enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército, hubo acuerdos de paz que permitieron el restablecimiento de la democracia.
Cada país presenta un tipo singular de transición. Hay, sin embargo, dos características comunes a este tipo de procesos: lo fundamental, el punto de partida es una derrota significativa del régimen, luego de la cual se abren los caminos del diálogo para hacer posible los cambios democráticos. No antes.

La otra lección es que el factor decisivo, el motor del cambio, es el movimiento de las fuerzas sociales y políticas internas, no la presión internacional. El aislamiento político de una dictadura puede ser importante, pero no puede sustituir la acción de la gente. Incluso cuando se bloquea la economía de un país: Franco resistó el embargo después de la guerra y Cuba lleva 60 años pese al bloqueo de los EE.UU.

La intervención militar extranjera es siempre contraproducente, aunque triunfe derrocando al dictador. El gobierno que lo sucede será visto como impuesto por las tropas de ocupación y la gente con el tiempo repudiará el costo humano de esa invasión. Puede suceder, incluso, que el país se vuelva ingobernable como ha acontecido en Irak o Libia.

Cada cual debe encontrar su camino. La experiencia de otros países puede servir de brújula en momentos que, por ser decisivos, siempre aparecen cargados de incertidumbre.

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