Adiós, general

Como ciudadano, yo no pido mucho. A cambio de mis impuestos y mi compromiso cívico, lo único que quiero es ejercer mi derecho a caminar o transitar libremente por cualquier parte del país, incluyendo la Plaza Italia; que las estaciones de Metro funcionen siempre hasta la misma hora y no cierren antes por “manifestaciones en el exterior”; que no tenga que salir de mi trabajo antes, para evitar ser atacado en la Alameda, y que los carabineros, en vez de estar protegiéndome de otros delitos, no se enfrasquen viernes a viernes en disputas de orden público con un conjunto de desadaptados.



Por Cristián Valenzuela, abogado

“Yo espero que todos cumplan con su deber. Somos chilenos: el amor a Chile nos señala el camino hacia la victoria. ¡Adiós, compañeros! ¡Hasta mañana después de la batalla!” clamaba el general Manuel Baquedano en 1881, antes de una jornada decisiva para la Guerra del Pacífico. Algo similar debió estar pensando su estatua emplazada en la Plaza Italia, sabiendo que su futuro se juagaba -no en Lima- sino en Santiago.

La estatua del general Baquedano tenía los días contados: o la retiraba el gobierno o la derribaban los bárbaros el próximo viernes. Cualquiera fuese el camino, uno de los símbolos de la resistencia estatal al vandalismo, pillaje y la violencia que se inició el 18 de octubre, ya no estará más en el centro de una de las plazas más importantes de Chile. Probablemente, una vez que se vaya, será reemplazada por el Perro Matapacos o la Virgen de las Barricadas.

“Antichilenos” fue el calificativo que utilizó el Ejercito para condenar a quienes realizan estos actos de profanación histórica. Pero no son antichilenos porque atentan contra el patrimonio nacional, sino que porque en cada acto de vandalismo que se materializa cada viernes, están dañando al país, a los carabineros y a millones de chilenos que estamos cansados de que nuestras vidas se vean vulneradas por la juerga constante de esta tropa de antisociales.

Como ciudadano, yo no pido mucho. A cambio de mis impuestos y mi compromiso cívico, lo único que quiero es ejercer mi derecho a caminar o transitar libremente por cualquier parte del país, incluyendo la Plaza Italia; que las estaciones de Metro funcionen siempre hasta la misma hora y no cierren antes por “manifestaciones en el exterior”; que no tenga que salir de mi trabajo antes, para evitar ser atacado en la Alameda; y que los carabineros, en vez de estar protegiéndome de otros delitos, no se enfrasquen viernes a viernes en disputas de orden público con un conjunto de desadaptados.

Al igual que el general Baquedano, yo espero que todos cumplan su deber. La inmensa mayoría de los chilenos no estamos de acuerdo con la violencia ni con este estado de rebelión permanente que tiene tomadas las ciudades, barrios y lugares más emblemáticos del país.

Aunque parecía inevitable, la decisión que tomó el gobierno fue la peor de todas: el resquicio administrativo. Por amor a Chile, lejos de escudarse en la reparación de la estatua, debió haber hecho todos los esfuerzos no solo por honrar su historia pasada, sino que fundamentalmente, por recuperar la autoridad y el respeto perdidos. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Repararla y volver a colocarla de nuevo?

No habrá futuro cívico ni menos solución constitucional si el Estado en su conjunto -gobierno, oficialismo y oposición- no son capaces de reimponer el orden público extraviado en la Plaza Italia y de someter a todos sus ciudadanos, bárbaros o no, al cumplimiento total y absoluto de la Constitución y las leyes. Lo que se tiene que terminar no es el general Baquedano, sino el carnaval de violencia e impunidad.

Parafraseando a Sol y Lluvia, no puedo creer la cosa que veo en las calles de Santiago. Veo violencia, veo impunidad, veo un monumento derribado por bárbaros y los guardianes del orden público en retirada. Adiós general, bienvenido carnaval de violencia.

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