Araña

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Ya en la primera escena, la película se autorretrata. Un demente, Gerardo, que resulta ser exmiembro de Patria y Libertad, persigue a un carterista y lo ajusticia incrustándolo con su destartalado auto en un muro de un callejón sin salida. El vecindario choreado con la violencia lo aplaude. El mensaje, al que se vuelve también al final, cuando el mismo desequilibrado mata a una congregación de inmigrantes haitianos, no podría ser más obvio: cuidado, hay chiflados de derecha de los años 70 todavía dando vueltas que pueden repetir la historia, mientras sus mandamases, viviendo cómodamente en Santiago Oriente, siguen enriqueciéndose con total impunidad.

A su manera, la película hace también "justicia". El maniqueísmo sociológico en que funda su principal suposición -los malos siguen siendo los mismos- es un cazabobos. Que Patria y Libertad haya sido un movimiento de psicópatas no da cuenta del precario dominio de la historia de Andrés Wood, su director. No que importe: el público general, con tal que le hablen a su nivel, se traga cualquier cosa. Emprenderlas contra Patria y Libertad, hoy, sale además gratis. Aplauso seguro, igual que con Gerardo estampando al ratero, cual Banksy en el muro aquel.

La lógica tampoco admite análisis. Creer que porque los "Gerardos" de ese entonces eran nacionalistas van ahora a matar a inmigrantes traídos a Chile (¿por los mandamases de siempre de Santa María de Manquehue y La Dehesa?) es tan peregrino como pretender que los nazi-punk (como la nueva "musa asesina" con que anda metido Gerardo ahora último) son iguales a los nazis responsables de Auschwitz. A no ser que se meta susto y se obtenga pingües réditos de taquilla (Wood, antes de ser director de cine, estudió ingeniería comercial).

Ahora bien, siempre existe la posibilidad de sacarse los balazos alegando que esto es ficción. Pero, vamos, andar diciendo que "no queríamos caer en los detalles historicistas, pues aún hay mucha confusión" e "intentar moverme hacia la estructura de un thriller me permitió liberarme de ciertos prejuicios", no despeja las confusiones ni prejuicios del director.

Germán Marín ha escrito dos obras de ficción -un cuento (Mi primo Miguel, 1999) y una novela (La segunda mano, 2009)- sobre este primo hermano suyo, Miguel Sessa, alto dirigente de la Araña, y comparen: verán qué es eso de dar rienda suelta a la imaginación, pero sin caricaturas, sensacionalismos o fomentando odios.

¿La ficción lo excusa todo? Podríamos hacer una película sobre un director y elenco que montan un film en que se escenifica una historia disparatada para echarles la culpa a momios prescindibles y salvar así a "cuicos" más cerebrales, cayendo bien en círculos progresistas, con apoyo del Ministerio de Cultura de un gobierno de derecha. Después de todo, sería tan solo ficción.

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