Venancio Coñuepan

Venancio Coñuepan

Opinión

Araucanía: un acuerdo hecho trizas


Se cumple un año de Gobierno de Sebastián Piñera y, en materia indígena, lo único claro es su falta de compromiso con el llamado Acuerdo Nacional por el Desarrollo y la Paz en La Araucanía, con un 0% de cumplimiento de las promesas legislativas en este respecto.  Dicho acuerdo ya no parece ser más  más  que una declaración unilateral, acompañada   por el lanzamiento con bombos y platillos del comando jungla, la nula responsabilidad política por el asesinato de Camilo Catrillanca, la seguidilla de mentiras y encubrimientos por parte de Carabineros, la renuncia del director nacional de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena, la militarización de La Araucanía con la excusa de los incendios forestales y, por si fuera poco, con el propio Presidente siendo cómplice pasivo de lo que a todas luces parece ser un fraude de tierras indígenas por parte de al menos uno de sus Subsecretarios.

El Acuerdo Nacional de 2018 ya era insuficiente.  Sus propuestas son, en su mayoría, un copy-paste de tantas otras propuestas incumplidas desde el Acuerdo de Nueva Imperial de 1989.  Sin embargo, el de Piñera daba un paso hacia atrás y dos hacia delante, diciendo, el propio presidente, que “no es el día final, recién el comienzo (…) La Araucanía ha tenido una larga historia, que muchas veces ha significado desencuentros y desconfianzas entre el Estado de Chile y nuestros pueblos originarios. Conozco bien esa historia y sé muy bien que, a partir de mediados del siglo XIX, el Estado de Chile inició una política de ocupación de tierras que hasta entonces eran tierra que pertenecían a nuestros pueblos originarios. Y eso ha significado mucho dolor, mucha frustración y mucha desconfianza”.

Construir la paz es más difícil que conseguirla, se requiere romper prejuicios para ello. En este sentido, el presidente Piñera estaba dando un primer paso al reconocer que, a partir del siglo XIX, el Estado de Chile expolió territorios que hasta ese entonces eran mapuche. No obstante, las mentiras no suelen durar mucho, mucho menos si se basan en meras arengas para cautivar a las masas con vanas promesas. La falta de compromiso de Piñera con iniciar un nuevo proceso de diálogo con el pueblo mapuche terminó con su Acuerdo hecho trizas.

Lo cierto es que la única política indígena del Gobierno de Sebastián Piñera es el ministro Alfredo Moreno: gran parte de lo demás es desprecio, negación y populismo. Quizás por descender de José Miguel Carrera, el ministro Moreno tiene cierta decencia que es bien escasa en la clase política chilena (a veces la estirpe obliga). A título personal, puedo dar fe de que el ministro Moreno se ha reunido con los unos y los otros, que asume errores cuando se equivoca y que enmienda el camino. Si hasta a pata pelada lo he visto bailar purrun bajo el sol. Sin embargo, como dijo el rector Peña, no basta con su “buenismo”. Hoy los peores enemigos del ministro Moreno son la tozudez, el negacionismo y la prepotencia del ministro y subsecretario del Interior, junto a los que borran a punta de declaraciones incendiarias, tanquetas, querellas y usurpaciones de tierras indígenas todo lo que se construye y podría construir desde la cartera de Desarrollo Social.

Bachelet dijo que cada día puede ser peor y tenía razón. Piñera dijo que lo maravillo del futuro es que todavía no está escrito y también tiene razón. El futuro depende de nosotros, del pueblo mapuche y del pueblo chileno, no de un par de gerentes y directores de empresas que ven al país como si fuese una mera inversión. La paz requiere un compromiso genuino con la verdad y la justicia, requiere mucho más que retirar el comando jungla o que no existan más atentados incendiarios. Requiere tiempo, requiere esfuerzos conjuntos, para cambiar sentimientos, prejuicios y formas de pensar. Requiere que todos, chilenos y mapuche, nos involucremos, que conozcamos al vecino, que conversemos, que compartamos, que cuidemos nuestro territorio, que aprendamos a vivir juntos con nuestras diferencias, con nuestros dolores y alegrías. Para lograrlo debemos dejar de despotricar contra todos, aquí no hay mapuche buenos y otros mapuche malos, aquí sufre tanto Víctor Ancalaf como Héctor Llaitul, tanto Aniceto Norin como los weichan de las ORT, aquí se sufre tanto en Santiago como Ercilla.

Hoy la paz se ve cada vez más lejana, mucho más cuando pareciera que a los parlamentarios de Chile Vamos, las autoridades del Ministerio de Interior y al presidente de la República no les interesa el proceso de paz, tan solo dicen lo que Cadem les dice que queremos escuchar y su política, su relato, es irse por el centro y no tomar ninguna decisión de fondo. En el peor de los casos culpar a los demás. Mientras tanto, en varias regiones el país se incendia. No será fácil, yo mismo estuve meses intentando escribir esta columna sin éxito, leía un diario y me deprimía la indolencia de los políticos. Pero soy optimista, ácrata, pero optimista. Si con los españoles logramos la paz incluso cuando los mapuche destruyeron siete ciudades y ellos nos asesinaron por miles, podemos y debemos alcanzar la paz.

El primer paso para romper el status quo, es ir más allá de las instituciones públicas como CONADI que se han creado para fomentar la dependencia y administración de la continuidad de la pobreza de los pueblos indígenas, el camino es el respeto e implementación de los derechos de los pueblos indígenas ratificados por Chile (como el Convenio 169 de la OIT), reconocer y recuperar la larga tradición de Tratados o Koyang firmados entre chilenos y mapuche, poner fin a las decisiones unilaterales de los gobiernos y apoyar los enfoques que determinen libremente los pueblos indígenas y en particular el pueblo mapuche. Pero principalmente, que todos nos involucremos en un proceso de reconciliación, de abordar las causas y no las consecuencias de los focos de conflicto, de leer un libro como los del peñi Cayuqueo para entender que paso con los mapuche o educar a los gerentes y trabajadores de una empresa sobre la historia y derechos en juego en el territorio mapuche en el que se van a adentrar. ¿Va a ser difícil? Claro que sí. Pero si queremos legar un futuro a nuestros hijos, es el camino que debemos hacer.

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