"Auto-marginales"

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La bancada de diputados del Partido Comunista. FOTO: CÁMARA DE DIPUTADOS



Pocas veces la historia da una segunda oportunidad, sobre todo en desafíos trascendentes. Chile afronta en este tiempo uno de ellos: un momento constituyente, viabilizado por la crisis social y política más compleja de los últimos treinta años. En rigor, hasta el 17 de octubre nadie habría imaginado que la UDI y RN estarían disponibles para escribir una nueva Constitución a partir de una "hoja en blanco", con un plebiscito de entrada y otro ratificatorio, con una convención constitucional escogida íntegramente por los ciudadanos, entre sus alternativas. Con más o menos convicción, con o sin real entusiasmo, ese es hoy el escenario, el de la materialización de una de las aspiraciones históricas de la centroizquierda desde el retorno a la democracia. Y los comunistas decidieron quedarse fuera.

Aunque resulte difícil de creer, cuando la derecha accedió a firmar un acuerdo para dar lugar a un proceso constituyente junto a la mayoría de los partidos de oposición, incluido varios del Frente Amplio, el PC decidió no firmar. Se restaron de un momento decisivo, plasmado en un retrato de voluntad transversal de entendimiento que quedará en los libros de historia. Esta semana, cuando todos los firmantes de ese acuerdo lo ratificaron aprobando la reforma constitucional que lo materializó, la bancada comunista en pleno votó también en contra de la idea de legislar. Luego, y en la que debe ser una de las escenas más esquizofrénicas del último tiempo, las jóvenes diputadas del PC celebraban la paridad y los escaños reservados de una convención constituyente que ellas formalmente rechazaron.

¿Cómo se explica esta decisión de automarginarse del proceso que terminará de enterrar los últimos resabios de la Constitución impuesta por la dictadura en 1980? Difícil saberlo a ciencia cierta, pero es muy probable que el fanatismo ideológico, el rictus maniqueo y la obsesión maximalista, hayan impedido entender la trascendencia de lo que se ha producido en Chile en estos dos meses. Insistir en que la "asamblea constituyente" aún no se ha conseguido porque no lleva ese nombre es ya casi un síntoma psiquiátrico. Creer que un proceso que ha contado con el respaldo y los votos de la derecha no puede ser -por principio- algo positivo para el país, es de una miopía y de un sectarismo verdaderamente absurdo. Al final del día, con todas sus dudas, sus vacilaciones y miedos legítimos, la UDI, el partido de Jaime Guzmán, tuvo en las actuales circunstancias el pragmatismo suficiente para dar curso a este proceso constituyente, firmando el acuerdo y votándolo a favor en el Congreso. El PC, no.

No hay vuelta: "Zeus ciega a quienes quiere perder", y en este trance histórico, los comunistas chilenos decidieron quedarse ciegos en la otra vereda. Podrán poner ahora todos los argumentos que quieran sobre la mesa, inventar todas las piruetas retóricas y dialécticas posibles para explicar que están a favor de la paridad y los escaños reservados, de un proceso constituyente del cual rechazaron la idea de legislar, pero al final día lo que quedará es eso: su decisión histórica de no concurrir al acuerdo y de votarlo en contra en la instancia decisiva.

Irremediablemente perdidos, extraviados en el tiempo y el espacio, marginados por decisión propia de una de las circunstancias más trascendentales de la historia reciente; en síntesis, los comunistas han vuelto a ratificar el daño que pueden autoinferirse los que nunca logran desprenderse de sus propias caricaturas y reduccionismos. Esta vez, frente a un proceso constituyente que materializaba buena parte de sus aspiraciones históricas, el PC decidió mantener vivo el espíritu original de la Constitución de 1980, autoaplicándose el tristemente célebre artículo octavo, que en una época los excluyó de todas las decisiones políticas relevantes.

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