Pablo Valderrama

Pablo Valderrama

Director Ejecutivo IdeaPaís

Opinión

Bolsonaro: elites y pueblo

Foto: AP

El ruido comunicacional que ha rodeado las elecciones en Brasil impide hacer una reflexión acuciosa sobre lo que allí está ocurriendo. En general, la preocupación se ha centrado en las etiquetas que buscan encasillar a quien parece el caballo ganador. “Racista”, “homofóbico”, “populista”, “ultraderechista” y tantas más, intentan ser el muro de contención de una avanzada electoral que pareciera no detenerse.

Por su parte, Bolsonaro corre tranquilo. Pareciera estar consciente de que mientras más etiquetas haya, más aumenta su probabilidad de éxito. Con todo, ¿por qué un candidato con tantos rótulos está a centímetros de ser presidente de un país como Brasil, uno de los bastiones de la izquierda latinoamericana?

Twitter no sabe. La masa crítica mayoritaria tampoco. Se encuentra perpleja. No comprende cómo es posible que se cuestionen ciertos “valores” que parecían zanjados hace tiempo. No entiende que después de años y años velando por el progreso y celebrando convenciones internacionales de derechos humanos –algo así como manuales cosmopolitas de buenas prácticas– sean puestos en entredicho por un supuesto outsider. En una respuesta casi instintiva, se torna más fácil caricaturizar al adversario con todo tipo de motes para intentar hacer ilegítima su pretensión.

Sin embargo, hay quienes creemos que existe una explicación razonable para este fenómeno. No para intentar, claro está, justificar cada una de las posiciones políticas de Bolsonaro –que, sin lugar a dudas, muchas de ellas son repudiables– sino para atribuir responsabilidad de su surgimiento a ese mismo grupo que hoy no entiende lo que sucede. Para entenderlo, basta pensar en la distancia entre las elites –ya sea políticas, económicas o culturales– respecto de aquellos que podríamos denominar el pueblo.

Dicha distancia ha generado distintas realidades, preocupaciones y lenguajes que van minando la posibilidad de las elites de empalmar con el pueblo que mira con recelo la política formal. Peor aún, muchos caen en la tentación de denostar a todo aquel que no pertenece a ese subgrupo –fachos pobres, por ejemplo–. En tal sentido, la arremetida de Bolsonaro se explica, en buena medida, porque viene a romper con dicha distancia, acercando a la gente con el sistema político asociado a la elite.

Con todo, lo anterior no significa que el candidato de la derecha entienda de mejor manera los problemas de las personas ni que las suyas sean las mejores soluciones, sino que, muy probablemente, fue el único que escuchó el llamado de atención del pueblo que nos recuerda que no es sano construir esas distancias, y que, por el contrario, unos y otros viajamos en un mismo barco dirigiéndonos a un mismo destino.

Por lo mismo, lo interesante de este debate, más allá de la elección misma, consiste en preguntarnos con seriedad si nuestro sistema político es capaz de canalizar las preocupaciones sociales latentes en dicho pueblo, de manera tal que candidatos como estos no se transformen en su voz en la política formal; o bien, si la política será un espacio para que un grupo reducido discuta aquellos asuntos de su exclusivo interés.

Como fuere, Chile no está lejos de la realidad que está ocurriendo en Brasil. De hecho, ya van surgiendo síntomas que confirman aquello. En efecto, la posibilidad de anticiparse a un clima de polarización como el que experimentan los brasileños, aumenta en la medida de que la acción política siga más preocupada de su ombligo, que de comprender los problemas que emanan de la realidad específica de la pobreza y precariedad de los más débiles.

#Tags


Seguir leyendo