Cacofonía, incertidumbre y horizonte



Camino al plebiscito de abril el debate político se ha tornado en un mundo donde, a ratos, la cacofonía y la estridencia, tienden a ganarle la mano a veces a los discursos sensatos que lo que buscan es establecer un camino de certidumbre en medio de la polarización. No es extraño, sabemos que en momentos como estos los países, donde se juegan los lineamientos de un nuevo pacto social, las alternativas de futuro tienden a dividirse como si se tratara de un juego de buenos y malos o la promesa del paraíso o el abismo.

Iniciada la campaña hace algunos días, dicho escenario ha tendido a profundizarse. Hemos visto como varios actores políticos, auto posicionados especialmente en los extremos del espectro, han hecho uso de un recurso conocido, como el miedo, para instalar la idea que la eventual aprobación del cambio constitucional, sería sinónimo de caos y violencia. Contrario sensu, hay quienes desde el otro extremo instalan la idea que derrotar la hegemonía de sectores poderosos, creando un nuevo orden social donde estos sectores debieran, per se, estar excluidos. Y en medio de esto, la gran mayoría de los ciudadanos, aquellos demócratas escépticos de acuerdo a la Auditoría de la Democracia del PNUD, aún bajo la crisis institucional que significa la instalación de la desconfianza, siguen creyendo que el camino institucional dado por una nueva Constitución y por reformas sustantivas en materia social debieran en el corto, mediano y largo plazo, ayudarnos a encontrar una salida donde la democracia le gane al caos y la anomia.

Todo este cuadro genera una incertidumbre aún mayor, cuando es el propio Ejecutivo y, también en alguna medida, el Parlamento, los que no han logrado aún poner horizonte a una agenda que permita devolver a los ciudadanos la confianza en que el camino institucional es el que vale la pena recorrer. Si los ciudadanos hoy confían en la posibilidad de devolver la esperanza, más allá del acuerdo del pasado 15 de noviembre, es porque han reencontrado la posibilidad de volver a creer a partir de la fuerza adquirida por la movilización social. Ese fue, en alguna medida, el gran triunfo de esta semana a partir de la aprobación de la paridad. Con todo en contra, discursos del miedo de por medio, y aún a riesgo de fracasar, la instalación de una verdad tan contundente como la necesidad de generar igualdad en la participación de hombres y mujeres en la convención constitucional, dio un nuevo aire de legitimidad al proceso que ya se instaló. Lo que estaba en juego no era simplemente una fórmula electoral, sino que cautelar un principio básico como la igualdad de género para una instancia tan excepcional y definitiva como un órgano constitucional.

Lo sucedido nos plantea también un desafío, porque en un escenario como el que vivimos, la incertidumbre respecto al futuro requiere imperiosamente liderazgos que, más que alimentar el miedo, se orienten a dotar a los ciudadanos de la confianza suficiente sobre el horizonte de llegada en el que todos debiéramos volcar los esfuerzos para superar la crisis. No hay otra forma de hacer esto que ordenar la agenda de futuro, poner en perspectiva no sólo el que (cambio constitucional, reformas sociales, integridad pública, respeto irrestricto a los derechos humanos) sino que el cómo, planteando la posibilidad de orientar la meta a partir de hitos relevantes que se debieran ir cumpliendo en el camino.

En la perspectiva del miedo, la promesa es sin duda el caos, pero un país como el nuestro está para más que esto. Si logramos ir configurando un camino que tras el malestar que devino en movilización, se logre encausar el debate hacia la construcción de un futuro juntos, entonces lo que corresponde es que los actores políticos estén a la altura y sean capaces de volver a recuperar la esperanza.



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