Chile: Retomar el crecimiento de largo plazo

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El último Reporte sobre las perspectivas Económicas Mundiales (WEO en inglés) del Fondo Monetario Internacional (FMI) entregó buenas noticias, ya que tanto economías emergentes como avanzadas crecieron en 2017 por encima de lo proyectado previamente. Las buenas expectativas sobre la reciente reforma tributaria de Estados Unidos, junto con favorables condiciones financieras producto de las bajas tasas de interés, han dado un fuerte impulso a la economía mundial. El organismo internacional consideró a esto como el aumento del crecimiento sincronizado más grande desde 2010.

 Chile se ha visto beneficiado de este impulso, puesto que sus proyecciones de crecimiento se elevaron en 0,9% y 0,5% para 2018 y 2019, respectivamente. Según las estimaciones del FMI, el país crecería hasta 2020 por encima del 3%, lo que le permitiría recuperar el terreno perdido en los últimos cuatro años en donde la tasa de crecimiento anual promedio fue inferior al 2%.

En caso de cumplirse las proyecciones de la institución, el PIB per cápita de Chile superaría en 2022 la barrera de los 30.000 dólares medidos en paridad de poder de compra. No obstante, seguiría detrás de las naciones desarrolladas que en algún momento se propuso alcanzar tales como Grecia, España y Portugal. Diferente es el caso de Panamá, que además de superar actualmente a Chile, será el primero en alcanzar a una nación desarrollada como Grecia ya que ambos alcanzarán un producto per cápita de 35 mil dólares en 2023.

Chile debe implementar una serie de reformas si quiere alcanzar un crecimiento de largo plazo mayor y sostenido, especialmente, en un contexto donde el crecimiento a nivel mundial no está asegurado más allá de 2020. Las tensiones comerciales entre las dos más grandes economías mundiales, el escenario político en Latinoamérica y los riesgos geopolíticos de Medio Oriente, son factores poco amigables para el crecimiento en el mediano plazo. Más aún, la baja productividad y el envejecimiento poblacional de las economías avanzadas son otro problema de magnitud considerable y del cual nuestro país tampoco está ajeno.

Ciertamente los factores externos no pueden controlarse, pero sí es importante que al menos se fortalezcan los factores internos vinculados al crecimiento económico tales como la productividad. El espectro de políticas que pueden adoptarse a tal fin es bastante amplio, tales como la flexibilización del mercado laboral, el estímulo a actividades de investigación y desarrollo, el aprovechamiento de las tecnologías y del creciente mundo digital, entre otras. Dichas medidas, aunque de diversa índole, deben estar apuntadas a aumentar el rendimiento productivo de los recursos de la economía.

 Un ejemplo de lo anterior son los avances desarrollados en la robótica y en el mundo digital, que permiten automatizar ciertas actividades laborales y reducir los costos de producción. La desventaja de esto es que tiende a reemplazar el trabajo humano, aunque las ganancias por productividad son más que suficientes para expandir la demanda agregada y posibilitar la creación de nuevos empleos que compensen los perdidos (McKinsey, 2017).  La adopción de un marco regulatorio adecuado, el desarrollo de tales tecnologías y la aceptación social son de fundamental importancia para facilitar la adopción y el desarrollo tecnológico.

La economía se está embarcando en un contexto de crecimiento que durará algunos años pero que, por supuesto, no será para siempre. Por lo tanto, de no implementar reformas que favorezcan un crecimiento sostenido en el largo plazo, el país corre el riesgo de volver a una senda de crecimiento lento en el futuro próximo.

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