China y el dilema del Covid Cero

FILE - A protester resist as he is taken away by policemen from a street in Shanghai, China on Nov. 27, 2022. What started as an unplanned vigil last weekend in Shanghai by fewer than a dozen people grew hours later into a rowdy crowd of hundreds. The protesters expressed anger over China's harsh COVID-19 policies that they believed played a role in the deadly fire on Nov. 24 in a city in the far west. (AP Photo, File)

Las manifestaciones de los últimos días enfrentan a Xi Jinping a una compleja ecuación, esto es, cómo liberar las restricciones sin causar altas tasas de mortalidad en una población con baja inmunidad.



“¿Está ganando China?”, se preguntaba en abril de 2020 la revista británica The Economist al analizar los alcances de la crisis desatada por el Covid-19 en el mundo. El virus se había originado en ese país, pero a cuatro meses de conocerse oficialmente el primer caso, China comenzaba a liberar las estrictas cuarentenas y las empresas empezaban a reabrirse. Las cifras de casos y de víctimas fatales parecían estabilizarse, mientras en el resto del planeta las estadísticas se disparaban. El país se convertía, además, en el principal abastecedor de insumos médicos en el mundo para hacer frente a la emergencia, reforzando su influencia en África, América Latina e incluso algunas naciones europeas. Todo parecía sugerir que efectivamente Beijing sería finalmente el gran ganador de la mayor crisis sanitaria de la que se tuviera registro desde la gripe española.

Las protestas desatadas hace poco más de una semana demostraron, sin embargo, que lo que hace dos años parecía un triunfo para el gigante asiático puede convertirse en su mayor derrota. Si bien no es inusual que durante los últimos dos años y medio haya habido en China manifestaciones contra las restricciones que se han mantenido para contener la pandemia, fueron siempre protestas locales y contenidas. Esta vez, en cambio, las manifestaciones se repitieron en más de una decena de ciudades, incluidas Beijing y Shanghai, en las que no solo se responsabilizó a la política de Covid Cero por la muerte de 10 personas en un incendio en la ciudad de Urumqi, en la provincia noroccidental de Xinjiang -que lleva desde agosto en lockdown-, sino que se cuestionó incluso al propio Xi Jinping. “No queremos gobernantes de por vida, no queremos un emperador”, gritaban algunos manifestantes.

La política de Covid Cero -que implica el estricto cierre de barrios o ciudades cuando se detectan casos- ha permitido al país tener tasas de mortalidad muy por debajo de las registradas en el resto del mundo. En total Beijing ha informado de 5.233 muertes desde el inicio de la emergencia, mientras en Estados Unidos las víctimas fatales superan el millón. Por ello, las autoridades chinas han defendido su estrategia como un éxito y Xi Jinping la destacó en el reciente Congreso del Partido Comunista chino donde fue reelegido como su líder. Pero la política ha implicado un severo costo económico. El país no logrará cumplir este año su meta de crecer al 5% y lo hará por debajo del promedio de los países asiáticos. A ello se suma un desempleo juvenil que llega al 20%.

Pero terminar con las restricciones impuestas para enfrentar la emergencia es probablemente el más complejo desafío que enfrenta Xi Jinping. China no solo tiene una tasa de vacunación de mayores de 60 años muy por debajo de otras naciones -más de un 40% de los mayores de ochenta no tiene tercera dosis- y solo ha inoculado a su población con vacunas propias, cuya efectividad decae más rápido. Por ello, liberar la política de Covid Cero podría desatar altas tasas de mortalidad entre la población mayor, que es el principal grupo de riesgo. Sin embargo, no avanzar hacia una pronta liberación de las restricciones seguirá minando la economía y favoreciendo el éxodo de capitales y empresas. La capacidad de Xi Jinping para cuadrar esa ecuación será clave no solo para la recuperación de la economía mundial, podría serlo también para su propia subsistencia en el poder.

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