Chispeza



Por Gabriel Zaliasnik, profesor de Derecho Penal, Facultad de Derecho Universidad de Chile

La última semana quedo retratada en una sola y elocuente imagen, la del presidente del Colegio de Profesores vacunándose presuroso a los 55 años de edad, mientras en forma casi simultánea declaraba que los profesores no retomarían las clases presenciales “con o sin vacuna”.

Dicho momento condensó varios de los males que aquejan a nuestro país y que sistemáticamente nos negamos a admitir, e hizo recordar aquella expresión de un futbolista chileno -Gary Medel- que apelaba a la “chispeza” criolla. ¿Cómo sino entender que por un lado el representante gremial del profesorado se niegue a avanzar en fórmulas que permitan a los estudiantes gravemente afectados en su proceso de formación, recuperar el tiempo perdido y retomar el ciclo educativo, y, a la vez, amparado en el privilegio de su aparente rol docente que se niega a ejercer, sea inoculado cuando por su edad ello era improcedente? Ciertamente, él es solo uno de muchos chilenos que se saltaron la fila y que ante la ocasión de acceder a la vacuna priorizaron su situación personal en lugar de respetar el orden definido por la autoridad sanitaria. De hecho, lo mismo ocurrió con un joven senador del FA de 42 años que goza de muy buena salud pero escasa presencia legislativa.

Es verdad que nuestra “chispeza” no se compara con el “Vacunagate” peruano ni el “Vacunatorio VIP” del destituido ministro de Salud de Argentina, pero revela toda la miseria que hay en nuestra alma nacional. Son los mismos que adelantan por la berma en carretera, eluden pagos del transporte público, o justifican saltarse torniquetes como si se tratara de una ingeniosa metáfora literaria. Son quienes invocando superioridad moral repudian privilegios pero no dudan en usarlos.

El ejemplar proceso de vacunación no se verá empañado por estos casos excepcionales, pero servirá para desenmascarar nuevamente la hipocresía nacional de la cual algunos hacen gala. Si bien en palabras de la escritora Janet Malcolm, “la hipocresía es el lubricante que permite que la sociedad siga funcionando en forma agradable”, en el caso de Chile es esta hipocresía la que tensiona a nuestra sociedad. Hablamos de corrupción cuando se trata de grandes empresarios, pero ignoramos aquella que es masiva, pícara, como una especie de robo hormiga. Obviamos esa trampa sutil, esa vacunación inoportuna, que posee un grave efecto acumulativo y da cuenta del deterioro valórico del país. Ese mismo doble estándar que explica la pasividad del Ministerio Público ante los miles de funcionarios públicos que defraudaron al Estado accediendo al subsidio de clase media, y que contrasta con su celo para perseguir infracciones sanitarias generalmente menores. Vemos la paja en el ojo ajeno, ojalá en la de aquel que proclamamos poderoso, pero no en el ojo propio o de quien creemos débil. La trampa, el pequeño ardid, la vacuna mal aplicada, la obtención ilegal de recursos públicos, no es nada en una sociedad en que la anomia parece imponerse y celebrarse la “chispeza”.

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