Columna de Ascanio Cavallo: Alguien cantó

Gabriel Boric



El proceloso remolino de la izquierda chilena no cesa de acelerarse. A ratos pareciera que se puede detener, en aras de la prudencia o la conveniencia, pero rápidamente adquiere nueva velocidad. De paso, también se va desnudando. Veamos.

Esta semana, después de las cavilaciones y negociaciones enrevesadas que son de estilo, entró a la liza presidencial Gabriel Boric, en nombre del Frente Amplio. Boric es, más allá de los juicios de ocasión, la figura de mayor densidad intelectual del Frente Amplio, con mayor inquietud y espíritu crítico y, acaso por lo mismo, con menor capacidad de adaptación a los vaivenes de su sector. Por eso ha tenido que romper con un partido y formar otro antes de que su coalición cumpla cuatro años. En fin: las interpretaciones posibles son muchas y no es bueno confundir la psicología con la política. Taxativamente se define de izquierda y participa sin sombra de duda de la oposición.

El hecho es que Boric entró a una cancha que ya está bastante poblada. Ayuda memoria: por la actual Unidad Constituyente (ex Concertación) compiten Ximena Rincón (PDC), Heraldo Muñoz (PPD), Paula Narváez (PS) y Carlos Maldonado (PR); por la alianza de izquierda están Daniel Jadue (PC), Marcelo Díaz (Unir) y Jaime Mulet (FRSV); todavía sin definición permanecen Marco Enríquez-Ominami (PRO) y Pamela Jiles (PH). Nueve antes de Boric. Ahora 10.

La entrada de Boric podría haberlo instalado como un gozne entre los diversos enfoques opositores, dado que su postura insistente ha sido la de propiciar la unidad de la oposición, lo que no es tan fácil de hacer si antes se ha sido oposición de los mismos que ahora también están en la oposición. Claro, es verdad que todos dicen lo mismo, aunque casi todos piensan, sin decirlo, que esa unidad sólo es viable si los demás se allanan a aceptar el liderazgo y el programa de uno, por no decir cosas más grandes, como el manejo del Estado o el modelo de sociedad.

Quien sí lo dice, y con bastante claridad, es el alcalde Jadue, que ha sido igualmente insistente en exigir definiciones de izquierda verdaderas, es decir, tal como él las entiende. Antes de que pasaran 24 horas del anuncio de Boric, Jadue emplazó a los demás candidatos opositores a arrepentirse por haber participado en gobiernos neoliberales, es decir, a todos los de los últimos 30 años. Detrás de esto está su interpretación del 18-O: que fue una disrupción en contra del curso que ha llevado el país desde 1990 (y quizás, si lo apuran, desde 1973). La izquierda verdadera debería concordar con el eslogan: “No son 30 pesos, son 30 años”.

Desde luego, Jadue no ignora que cinco de los otros precandidatos opositores fueron ministros de esos gobiernos y uno, jefe de campaña de una candidata. El arrepentimiento que solicita es, necesariamente, la aceptación de una hegemonía, que no puede ser otra que la que el mismo Jadue representa. Por supuesto, es un planteamiento para polarizar, una manera de separarse tajantemente de la llamada “centroizquierda” y, más sutilmente, de la propia conducción del PC y del sector del partido al que reiteradamente ha acusado de “conservador”.

Diríase, en breve: una provocación. Por si alguien canta.

Y, en efecto, sorpresivamente, alguien ha cantado: nada menos que Paula Narváez, que después de declarar su desacuerdo, como si le doliera, se lanzó en un denodado y algo retortijado esfuerzo por aclarar que el gobierno de la Nueva Mayoría -donde ella fue ministra- sí fue distinto al resto, un gobierno donde participó el tipo de PC que a Jadue le disgusta, un gobierno presidido por una persona que era la misma, pero no era la misma que presidió un gobierno anterior. De Michelle Bachelet 1, entonces, habría que arrepentirse, pero a Michelle Bachelet 2 es preciso exceptuarla. Es una manera bastante rara de contarse la historia.

Para contarla completa sería necesario decir que entre el 2006 y el 2010 en verdad no gobernó Michelle Bachelet, sino otra fuerza. En algunos círculos de la izquierda nuevamayorista esa fuerza tiene el nombre de una persona -Andrés Velasco-, un grupo -Expansiva- o un ideario político -el neoliberalismo, el concepto más vago y la palabra más arrojadiza en la política del siglo XXI.

Pero esto no pasa de ser una interpretación fantásticamente excesiva: es útil recordar que Michelle Bachelet terminó ese gobierno con una aprobación por las nubes, cosa que no ocurrió en el segundo. ¿Cómo saldrá Narváez de esa ciénaga?

Tal como están planteadas las cosas, parece posible que varios de los precandidatos caigan en este tipo de cazabobos incluso antes de llegar a elecciones primarias. Pero, intelectualmente hablando, su esfuerzo representa a esa parte del PS (y también del PPD) que ya no soporta participar en algo que se llame centroizquierda. Ignacio Walker ha recordado en uno de sus libros que Osvaldo Andrade prefería sustituir la descripción de la coalición por la de “el centro y la izquierda”, y hay otros socialistas que cuando el partido se ha movido un poco hacia el centro han denunciado su “pepedeización”. Peor será ahora, que es justamente el PPD el que se resiste a una operación anticentroizquierdista, como son las preprimarias, que a todas luces tienen por objeto único impedir que la nominación la obtenga Ximena Rincón.

¿Significa esto que está amenazada la integridad del PS? Por cierto. Y también la del PPD e incluso de la DC. Si estuvieran más robustos, ya se habrían dividido.

Pero todos ellos, socialistas blandos y duros, pepedés guatones o chascones, decés aylwinistas, zaldivaristas, chahinistas o rinconistas, todos ellos, sin excepción relevante, caerían dentro del estado de pecado político del que Jadue invita a arrepentirse.

De modo que el papel que podría haber desempeñado Boric, el de articulador de la unidad de la oposición, ha quedado perforado a la entrada. Desde luego que eso no mata su candidatura; quizás, al revés, la fortalece. Es su identidad propia, como se dice cuando las cosas no salen bien.

Claro que ese camino es diferente. Lo cual conduce a la conclusión siguiente, que es que Jadue tiene razón: no hay unidad sin una hegemonía. Aceptada, concordada, impuesta o rendida, cualquiera sea la fórmula, la hegemonía reconoce la fuerza directriz y el ritmo que seguirá una coalición política. Sin hegemonía no hay candidatura ni programa. Pero en democracia, la hegemonía no se gana con declaraciones, sino con votos.

Y con esto se vuelve al origen del desorden actual: la hegemonía, que algunos suponen que existe en el imaginario social, a partir de sus propias interpretaciones del 18-O, ninguna de las cuales ha sido confirmada, sólo empezará a ponerse a prueba en las elecciones de alcaldes y gobernadores. Recién en ese momento se puede tener una idea de quiénes se han de arrepentir. Y para qué.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.