Columna de Ascanio Cavallo: Doce precandidatos

15.06.2019 FACHADA DE LA MONEDA DESDE LA PLAZA DE LA CONSTITUCION FOTO: RUDY MUÑOZ / LA TERCERA



¿Cómo será la persona que ocupe la Presidencia de la República a partir de marzo del 2022? ¿De dónde vendrá? ¿Quiénes lo respaldarán? ¿Será mujer, para que continúe la alternancia de género? ¿Será de centroizquierda o izquierda, para que continúe la alternancia ideológica? ¿O ambas cosas, como en los últimos 16 años?

Desde Ricardo Lagos, nadie ha traspasado el poder a alguien de su misma coalición. Pero “nadie” es mucho decir, porque se trata de las mismas dos personas. Esa rotativa ha llegado a su fin y los que finalmente sean candidatos enfrentarán la campaña más corta desde el retorno de la democracia: con suerte, tres meses.

Lo que es más evidente es que de los 12 precandidatos hoy en vitrina, ninguno ha ofrecido un panorama que signifique una interpretación de la sociedad, filtrada por el 18-O, la pandemia y la catástrofe económica. Puede ser otro exceso decir que se trata de una nueva sociedad, pero cuando menos es una zarandeada por fenómenos disruptivos de gran escala, que ya no tiene las expectativas del 2017. ¿Cómo sale el país de este atolladero? Nadie lo ha dicho en la forma en que lo necesita una campaña presidencial.

Esta puede ser una explicación para que nadie figure en las encuestas con una ventaja elocuente y que haya casi una muchedumbre entre el 1% y el 10%.

El único que se ha acercado a una definición de ese tipo es Joaquín Lavín, pero de una forma todavía muy genérica y un poco raspada por los 20 años de ocurrencias del alcalde de Las Condes. El activismo de Daniel Jadue parece partir de la base de que hay potencial presidencial en una alcaldía, una tesis que estuvo de moda a fines de los 90, cuando Lavín manejaba Las Condes como un experimento social. El “lavinismo rojo” de Jadue sólo se diferencia en que es agresivo en lugar de victimizador.

En todo el resto se divisa lo mismo: un temor cerval por los desbordes callejeros del último trimestre del 2019, un temor correspondiente con su incertidumbre: ¿Se trata de un fenómeno que se terminó con las cuarentenas o sólo se ha producido un paréntesis tras el cual regresará el estado de ingobernabilidad? ¿Alguien lo puede manejar o más bien se mueve con su propia dinámica? ¿Se expresa en votos o sólo tiene existencia en la barricada?

En la filosofía moral, el temor de no entender está asociado con el temor a no ser entendido. Los precandidatos ocultan sus ideas, evitan compromisos y viven atenazados por lo que de ellos dicen las redes digitales. Peor aún, por estos días se encuentran en la fase más desagradable, la de idear cuentos del tío para asegurar su posición.

El PPD y el PS, por ejemplo, firmaron un compromiso para realizar pre-primarias entre sí antes de confrontarse con sus otros socios de Unidad Constituyente, la DC, el PR, el PRO y Ciudadanos. Esta idea no surgió mágicamente, sino del resultado de las primarias para gobernadores y alcaldes de noviembre pasado, donde la DC obtuvo resultados notables; el PPD y el PS llegaron a la conclusión de que ello se debió a que postularon separados, una conclusión completamente innecesaria si se entiende que son partidos diferentes. Además de ser inaceptables para sus socios, es evidente que esas pre-primarias, que no son otra cosa que un mecanismo para no perder, perjudicarían la legitimidad de los dos contendores actuales, el elegido Heraldo Muñoz y la ungida Paula Narváez. Lo lógico es que sean ellos los interesados en que ese acuerdo sea misericordiosamente olvidado.

En la derecha ocurre algo similar entre Lavín y Evelyn Matthei, aunque en este caso se trata del mismo partido. Fiel a su cultura, la UDI preferiría un acuerdo entre ambos, pero incluso hasta una pre-primaria, antes de llegar con los dos compitiendo con los tres o cuatro restantes. La disyuntiva de la UDI es algo más virtuosa que la del PPD y el PS en cuanto no es un arreglo para vencer a otros, pero, a la postre, puede tener el mismo aire de jugarreta si no encuentra una salida presentable.

Los partidos comparten el estado de inseguridad. Ninguno sabe si debe aparecer mucho o más bien borrarse del mapa. Ninguno ha producido una reflexión contundente, compleja o siquiera interesante respecto del país posterior al 18-O. Nada, digamos, que sobrepase la receta ideológica. Nada que sugiera un gran proyecto para el futuro. Parece como si la flaqueza intelectual fuera a ser el signo de las elecciones: un festival de emociones y exaltaciones.

Así como la izquierda carga con el agón de haber perdido por paliza la última elección, la derecha carga con la cruz de haberla ganado. El resultado del gobierno de Piñera podría mejorar mirado a la distancia, pero desde el 2019 todo lo que ha ocurrido es como la pesadilla de la derecha, con ese momento central en que “negoció su permanencia a cambio de la Constitución”, según la amarga expresión de un dirigente de Chile Vamos.

La campaña y las elecciones de octubre, ya se sabe, quedarán cruzadas por los debates de la convención constituyente. Lo que esta vez hace más compleja la contienda presidencial es justamente ese hecho, pero una de las maldiciones de la política es que cuanto más difícil es el cargo, más son los que lo codician. Para ser candidato, a fin de cuentas, sólo se necesita un grupo de amigos que gasten parte de su día elogiando tus atributos, todos ellos tan evidentes, que sólo los miopes no los ven. Es más tarde que los miopes dan su veredicto.

El hecho de que se haya abierto la discusión presidencial cuando aún no se terminan de clarificar las candidaturas para la convención constituyente muestra la eminencia que tiene ese cargo en la cultura política chilena. La debilidad de los precandidatos muestra también que ninguno de ellos da todavía con la talla.

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