Columna de Ascanio Cavallo: Fríos polares

Los candidatos Gabriel Boric y José Antonio Kast durante la votación del domingo pasado.



Chile camina hacia la segunda elección presidencial más estrecha en 30 años. La primera fue la de Lagos-Lavín, con dos diferencias sustanciales: ambos candidatos rasguñaban el 50% y los dos disponían de toda la flexibilidad política para buscar al centro en la segunda vuelta. En la del próximo domingo 19 de diciembre, en cambio, postulan dos aspirantes que no llegaron ni siquiera al 30% y ambos se ubican en posiciones tan distantes, que parecería difícil que puedan disputar porciones parecidas del electorado.

Y, sin embargo, están obligados a hacerlo. De otro modo su posibilidad de alcanzar la Presidencia se muere de muerte natural. La paradoja es que el principal problema para dirigir ese esfuerzo son los propios candidatos. Gabriel Boric y José Antonio Kast no se han caracterizado por su moderación ni por su disposición a entenderse con sus contrarios. Quizás no sean “ultras” como los define a menudo la prensa internacional, pero la identidad izquierdista de Boric es tan vehemente como la derechista de Kast. Ambos emergieron para desafiar y desplazar a otros dirigentes de sus espacios ideológicos, precisamente porque los consideraban poco ortodoxos, o poco decididos, o poco corajudos, lo que sea. Ambos encabezan la sustitución de las alianzas hegemónicas de la transición. Kast vino a corretear al lavinismo y Boric, al laguismo-bacheletismo.

Y con esas fuertes identidades sedujeron, entre ambos, a la mitad de los votantes del domingo pasado, que a la vez son menos de la mitad de los votantes habilitados. La cuestión de la abstención amerita una pequeña ojeada. Ninguna convocatoria electoral, de ningún tipo, ha podido elevarse a las viejas cifras superiores al 80% de participación desde por lo menos el 2009. El tránsito del voto obligatorio al voluntario no produjo ningún cambio positivo en esa tendencia. Dados estos dos hechos, quizás se deba aceptar que una mitad (fluctuante) de los habilitados simplemente no tiene interés en participar mediante el voto. Queda por saber si su forma de participación es otra o sencillamente no es ninguna. La libertad del desinterés es parte de las condiciones de la democracia.

El caso es que los dos candidatos a la segunda vuelta son minoritarios en el sentido estricto y deben salir a cazar algo así como dos millones de votos adicionales. Su situación polarizada, en las puntas del espectro, no es la que tiene la mayor parte de la población, pero esta se verá obligada a elegir en esa zona helada. En la élite y en las redes digitales se libra una feroz guerra de adhesiones, pero nada sugiere que esto apasione al elector cuyo voto anterior fue derrotado, ni al que permanece en la duda. Quizás hay una razón inexpresada: ni Boric ni Kast se ven preparados para gobernar. En el subsuelo de sus apariciones late lo que Elías Canetti llamó el miedo a mandar.

El mismo Canetti escribió: “Nunca he oído hablar de un hombre que atacara al poder sin desearlo para sí”. Esto parece contradictorio con el miedo, pero en realidad es parte de una misma dialéctica. Boric y Kast se han dedicado, en efecto, a atacar a los poderes gobernantes de los últimos años y abruptamente, sin mediar más de cinco meses, están ante la aporía de sustituirlos. Su propia sorpresa puede explicar la morosidad con que han actuado para reacomodarse, la demora en cambiar los comandos, las vacilaciones para modificar programas y discursos. (Esto es más visible en Boric, en parte por la sensación de derrota del domingo, en parte por la total ausencia de un plan alternativo).

Ambos se ven ante un cuadro político sustantivamente nuevo, cuya radicalidad sugiere dos opciones intelectivas: o el momento del clima de “revuelta” (como lo llama un libro reciente) iniciado el 18 de octubre del 2019 terminó, o la interpretación de ese momento estuvo siempre equivocada, acaso distorsionada por ciertos eslóganes de golpe fácil. Mientras falte información fidedigna, cualquiera de esas dos tesis tiene validez similar. Aceptarlas supone dejar a un lado las otras, las que se confirman y se admiran a sí mismas, para entender la naturaleza profunda del cambio que atraviesa Chile. Por desgracia, la política rara vez deja espacio a ese tipo de reflexión, y todavía es más rara la vez en que hay personal para realizarla.

Parte de este nuevo cuadro ya se ha instalado: un Congreso fresco está elegido, con unas representaciones que confrontan las lógicas imperantes tras la elección de la Convención Constitucional; ya se han los gobernadores instalado, con unos consejos regionales altamente discrepantes; los alcaldes se están acomodando a sus concejos municipales, y así por delante.

Debería ser un alivio para Boric y Kast saber que lo dramático de su competencia del domingo 19 está hasta cierto punto acolchado por poderes ya elegidos, pero también es otra fuente de tensión para un cuatrienio que enfrentará un panorama económico difícil. Si hay alguna diferencia resonante entre este nuevo gobierno y los anteriores, es que no asumirá con los bolsillos llenos, como ocurrió en los 16 años de Bachelet y Piñera.

Se puede dar por seguro que una gran parte de los votantes de diciembre se expresará contra algo, que habrá muchos votos por el mal menor y otros tantos por huir de fantasmas arcanos. Nadie está ofreciendo un nuevo país, aunque lo digan sus consignas. Más bien, los candidatos están representando la salvación de un desastre imaginario, la conjura de unos males más soñados que vistos, el terror a los cuatro jinetes. Chile se las tiene que arreglar por su cuenta.

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