Columna de Ascanio Cavallo: ¿Quién dijo gobernabilidad?

Debate presidencial Enade 2021.



Si sólo se tratara de medir la temperatura de las elecciones del próximo domingo por los discursos de los candidatos presidenciales en la Enade, casi se diría que el desacuerdo en Chile es apenas una cosa de énfasis y grados. Las gentiles presentaciones se hicieron en el espacio de los empresarios, una categoría que la mayoría matemática de los candidatos suele denostar, y el espectador se podía preguntar si esto ocurría precisamente por encontrarse en territorio extraño o acaso por influjo de la inspirada imbricación de arquitectura y paisaje conseguida en el último edificio de la Universidad Adolfo Ibáñez. Y, por lo tanto, parecería que el próximo gobierno no se encontrará ante un espacio político muy áspero.

Pero no es así. Todo el debate público anterior -y quizás el posterior, el de mañana lunes- ha girado en torno a proposiciones radicales frente al estado de las cosas, recordando esa advertencia de Rawls acerca de que “los requisitos de la perfección anulan las fuertes exigencias de la libertad”.

Rawls distinguía entre el perfeccionismo estricto (para él, Nietzsche) y el moderado. El primero ha dominado las campañas de esta contienda electoral. El segundo sólo vino a aparecer en la Enade. Y el resultado de esta deriva -quizás indeseada, pero incesante- es que el favoritismo aparente lo tienen dos candidatos a quienes los mismos electores ubican en los polos del espectro ideológico. El segundo resultado es que la pregunta del momento es la gobernabilidad futura.

Se trata de una interrogación desagradable después de un proceso de exaltación de las masas. Cuando se habla del tránsito hacia un momento de “contraestallido”, tal vez se quiere decir exactamente esto: el paso desde la exaltación ingobernable hacia la ingobernabilidad como un problema en sí mismo. Es una hipótesis que se formula con cautela, casi a modo de ensayo, igual que las decenas que circulan acerca del “estallido”.

Pregunta uno: ¿Cómo será el Congreso próximo, igual de chúcaro y protagónico que el que termina su mandato? Pregunta dos: ¿La Convención Constitucional se dejará influir por el resultado de esta elección para decidir, por ejemplo, sobre el sistema político? Pregunta tres: ¿Tendrá el nuevo gobierno a una oposición que buscará todas las vías disponibles para hacerle la vida imposible? Pregunta cuatro: ¿Qué certezas podrán tener los distintos actores sociales respecto de sus derechos y sus libertades para exigirlas?

Esta no es una ficción: es el repertorio real de preguntas que desde hace un par de meses se repiten a los analistas políticos. Un par de meses: el momento en que las preferencias comenzaron a moverse hacia los polos, todavía no se sabe muy bien por qué. La teoría podría decir que una elección polarizada conduce naturalmente al problema de la gobernabilidad. Por algo el primer libro de Bob Woodward sobre el triunfo de Donald Trump se llamó Miedo y el de Ece Temelkuran sobre Erdogan, Cómo perder una democracia.

El hecho es que el eje de gobernabilidad-ingobernabilidad, concomitante pero no igual que el de seguridad-inseguridad, tiene cierta neutralidad evaluativa: puede depender tanto de la coherencia de un programa como de la percepción sobre las mayorías que lo respalden.

Pero es posible que gobernabilidad ya no tenga su significado clásico: el alineamiento de las instituciones detrás de unas reglas y un propósito compartido o “un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía”, como dice el diccionario. Es posible que esta definición esté en curso de obsolescencia, no en Chile, sino en todo el mundo. La disputa local tiene un costado global, a pesar del aire parroquial con que se libran las polémicas públicas.

Un “perfeccionismo moderado” (Rawls, de nuevo) en el mundo de hoy podría significar un arbitraje que considere la alta fragmentación del sistema de partidos, la prevalencia de la afirmación identitaria por sobre la ideológica, la preponderancia de los cuidados ecoambientales y la incorporación de las demandas territoriales, además de las formas políticas fusionadas con la tecnología. En otras palabras, una ampliación cualitativa del concepto de democracia, no ya su simple sustitución por mecánicas asambleístas o plebiscitarias.

Nadie ha descubierto la rueda para esto. Países más desarrollados, más poderosos o más grandes atraviesan hoy por las mismas disyuntivas, incluyendo cosas como las fugas de capitales, las controversias de inversiones, los efectos del Covid-19, la disrupción de las cadenas de intercambio y, en fin, el regreso terrible, devorador, de la inflación.

Acaso sin quererlo, una vez más el debate chileno se ha puesto en sintonía con los problemas del mundo.

Y quizás por eso se ha polarizado.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.