Columna de Ascanio Cavallo: Quo vadis?

Los festejos de la Lista del Pueblo en Plaza Italia. Foto: AGENCIAUNO.

No hay que apurarse. En el total de esa elección, los independientes reunieron el 43% de los votos. Sin embargo, sus postulantes eran el 68% del total de candidatos. Ambos números expresan una rebelión contra el estado de los partidos, sus dirigencias, sus figuras, sus protagonistas, pero en términos de rendimiento electoral, está lejos de ser óptimo. Si un partido hubiera tenido esas cifras, su directiva estaría destituida.



Las elecciones del 15 y 16 de mayo siguen dando cuerda, y lo harán por un rato largo. En cualquier ambiente razonable, la complejidad de los resultados amerita un análisis desapasionado, riguroso y, hasta donde se pueda, objetivo. Justo lo que no está ocurriendo en los partidos, donde se han echado a andar dos dispositivos psíquicos: el calculismo atolondrado y el pánico suicida. Esto no se debe a la falta de inteligencia -que tampoco sobra-, sino sobre todo a un calendario diabólicamente corto: una elección en 14 días más, otras cuatro dentro de seis meses, otra en siete meses y una última en algún momento del 2022. Un decatlón.

El primer dato impactante ha llegado del Servel: en el plebiscito de octubre pasado, un millón 270 mil personas votaron por primera vez. Este es un incremento extraordinario -cerca de un 9% del padrón-, el más grande que se haya producido desde la restauración democrática. Es razonable presumir que esa oleada de votos nuevos fue a parar al Apruebo. Y de allí se sigue, también razonablemente, que luego se fue hacia los candidatos no tradicionales; es probable que allí se encuentre gran parte del 17% que consiguió la Lista del Pueblo en la elección de constituyentes.

La tercera cosa razonable es que, junto con estos votos nuevos, una oleada de votos antiguos no concurrió a las urnas en mayo. De otro modo no se explica el 8% de diferencia entre el plebiscito de octubre y la elección reciente, que fue la segunda más mala en participación después del de las municipales 2016. Aquí puede residir gran parte del varapalo que sufrieron los partidos: la ausencia sancionatoria de sus antiguos votantes, en proporción parecida a los nuevos.

Alfredo Joignant piensa que Chile puede estar siendo -otra vez- un laboratorio mundial, donde se está expresando otra manera de definir el orden político. Lo ha escrito en un artículo para la revista digital AOC, titulado (en francés) La fin des militants. Se trata de una tesis provocativa; y si es así, si estamos en el inicio de un experimento, entonces no hay que buscar referencias en ninguna de las excentricidades del mundo, sino mirar qué hacen y para dónde van los que fueron elegidos -ungidos, sería mejor- por esta sustitución en la masa de votantes: nuevos por antiguos, jóvenes por viejos.

No hay que apurarse. En el total de esa elección, los independientes reunieron el 43% de los votos. Sin embargo, sus postulantes eran el 68% del total de candidatos. Ambos números expresan una rebelión contra el estado de los partidos, sus dirigencias, sus figuras, sus protagonistas, pero en términos de rendimiento electoral, está lejos de ser óptimo. Si un partido hubiera tenido esas cifras, su directiva estaría destituida.

Todo esto ocurrió en la elección constituyente. Como el mismo Joignant hace notar, en las otras tres, y sobre todo en la de concejales comunales, los partidos mostraron que al menos uno de sus costados no está paralizado y hasta goza de cierta salud. Unidad Constituyente, la vieja Concertación, obtuvo allí un 33,45%, mucho más que el magro 14,45% que tuvo en constituyentes, y siguió exhibiendo la primera fuerza nacional. Le siguió, a poca distancia (33,1%), Chile Vamos, que confirmó que su desaparición era imposible a sólo tres años de haber ganado el gobierno. En tercer lugar quedó la alianza comunista-Frente Amplio, con un 21,66%, que se reparte muy desigualmente.

¿Qué significa todo esto? Aunque conviene resistir la tentación de aplicar las teorías del consumidor, racional según la doctrina clásica, caprichoso según tesis más nuevas, es un hecho que los electores actuaron de diferente manera en la constituyente que en las municipales. En la primera, aureoleada por los intereses nacionales, castigaron a los partidos y a las figuras históricas, incluyendo la devastación de la Mesa de Unidad Social que tanto protagonismo tuvo tras el 18-O. Bárbara Figueroa, Luis Mesina, Mario Aguilar fueron excluidos igual que Carlos Ominami, René Cortázar o Mariana Aylwin.

En las municipales, en cambio, donde se materializan los intereses locales y comunitarios, los partidos fueron favorecidos. Esta vez el sufragio cruzado no fue entre la derecha y la izquierda, sino entre la naturaleza de cada institución.

Es algo extraordinario: los partidos fueron golpeados con una mano y advertidos por la otra. Se les dijo con claridad que están senescentes, repetidos y enfermos; que ofrecen poco futuro, aunque cumplen mucho en el barrio; que no sólo renguean, sino que tropiezan con las mismas piedras; en tres palabras: que deben renovarse.

El antipartidismo es la moda del momento. Los independientes humillaron a los partidos en la constituyente, incluyendo a aquellos que, por asegurarse, se inscribieron en listas dentro de los partidos y más temprano que tarde declararán que no les deben ni el saludo. Algunos partidos creen más en la partenogénesis que en la política. Otros dormitan en su gloriosa historia. Los que se alegran por este estado de cosas, imaginando que combaten una lacra, son los que ignoran (o saben demasiado bien) lo que la historia ha confirmado demasiadas veces: que la destrucción de los partidos conduce, sin excepción alguna, a una sola cosa.

Al partido único.

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